Felipe Pérez Pineda*
¿Qué tan importante es la agricultura en Centroamérica? ¿Hay posibilidades de mejorar la competitividad de nuestros países compitiendo con productos agropecuarios? La llamada agricultura primaria contribuye con aproximadamente entre el 8 al 11 por ciento del PIB de América Latina en su conjunto, pero considerándola ampliada, es decir, incluyendo los encadenamientos con la industria esta contribución puede llegar a representar hasta un 25 por ciento a un 38 por ciento del valor total de la economía. Su aporte económico es por tanto todavía innegable para nuestros países.
A pesar de que en los últimos años han crecido las exportaciones agrícolas (la región latinoamericana es la mayor exportadora de alimentos en el ámbito mundial), paradójicamente la balanza comercial se ha contrarrestado por el pago a la creciente importación de alimentos, siendo para muchos países esta balanza negativa. Sin embargo estas cifras animan a pocos de los que hacen políticas. En efecto muchos argumentan que apostarle a la agricultura no vale la pena dado que es la industria más distorsionada en el ámbito mundial debido al decidido proteccionismo que países de la Unión Europea (EU) y los mismos Estados Unidos otorgan a sus productores agrícolas. Sumado a esto, los riesgos que la actividad conlleva no siempre son compensados por tasas de retornos que brinden un premio por estos riesgos que son asumidos por los inversionistas agrícolas. Se argumenta además que la productividad de los factores de la producción en el sector agrícola es muy baja y que por tanto hay que desplazar capital, mano de obra, tierra y capacidad gerencial a otras áreas de la economía en donde el retorno por factor invertido sea mucho más jugoso.
La realidad de las cosas es que esto no siempre ocurre, y cuando se da es precisamente por falta de inversión de capital que por su carácter complementario en muchos casos, no permiten mejorar la productividad de la mano de obra. Por lo que dado el “status quo” el argumento que la mano de obra se encuentra en cantidades excesivas en el área rural tiene bastante razón. En efecto, la baja inversión de capital en la región puede deducirse basados en estimaciones del CLACDS1 para el año 1998. En este año, el número de tractores por cada 1000 trabajadores agrícolas fluctuaba entre 2 para el caso de Guatemala hasta 23 en el caso de Costa Rica. Estas cifras para la región centroamericana contrastan con las de Chile con 44 y los Estados Unidos y Canadá con 1,452 y 1,683 tractores por cada 1,000 habitantes respectivamente.
En los últimos 10 años la estructura de las economías de nuestros países han también sufrido cambios dramáticos en el lado de los ingresos. Por ejemplo, las remesas familiares desde los Estados Unidos a Latinoamérica y el Caribe superaron por primera vez los $20,000 millones (BID, Latin Trade Agosto 2001) y se calcula que podrían llegar a alcanzar los $300,000 millones en un lapso de 10 años. En el caso de El Salvador por ejemplo, es el país que ocupa el cuarto lugar en Latinoamérica en valor absoluto de las remesas ($1,580 millones), estando sólo por debajo de México, Brasil y República Dominicana. Ocupa también el tercer lugar (después de Haití y Nicaragua) de remesas como porcentaje del PIB (aproximadamente 13.5 por ciento). Estos ingresos están por arriba del PIB agrícola (12 por ciento del PIB total) y son generados principalmente por mano de obra que ha emigrado básicamente de las zonas rurales del país a los Estados Unidos. Independientemente de que tan sostenibles sean estos ingresos en el tiempo y el que éstos se originan de una situación de pobreza aguda; hoy por hoy representan en valor monetario nada más y nada menos que el ingreso anual equivalente a 2.43 canales de Panamá. Por otra parte la sobreoferta de “commodities” por la entrada de nuevos participantes en los mercados mundiales así como los aumentos en productividad han causado que en mercados relevantes para nuestros productos como el del café, los precios han caído estrepitosamente, estimándose que permanecerán bajos durante un período de al menos dos años si no pasa nada extraordinario.
En términos generales la producción agroalimentaria mundial se duplicó durante el período 1967-1997. En este período la producción per-cápita de alimentos creció en un 35 por ciento y los precios reales de estos productos cayeron aproximadamente un 50 por ciento. Más aún a pesar de que la agricultura (producción primaria) en su aporte al PIB ha venido perdiendo importancia (en promedio y según datos del CLACDS el aporte del PIBA al PIB en la región es del orden del 17 por ciento) el empleo agrícola como porcentaje del empleo total es muy importante, variando desde un 30 por ciento en el caso de Panamá hasta un 64 por ciento aproximadamente en el caso de Guatemala. Respecto a la estructura de nuestras exportaciones, según datos del mismo CLACDS, en 1998 aproximadamente el 57 por ciento de dichas exportaciones a nivel de región fueron de productos agrícolas y forestales primarios.
Con respecto a la tecnología agrícola, esperanza para mejorar la productividad y agregarle valor a la producción mediante la transformación de los productos primarios, la organización formal de la investigación agrícola de la región ha arrastrado inercias que desdichadamente todavía perduran en la institucionalidad existente. Quizá la más importante es la falta de vinculación entre lo que se produce y lo que el mercado demanda. Personalmente me ha tocado visitar en los últimos seis meses dos proyectos de frutales en dos países centroamericanos que representan en conjunto inversiones del orden de varios cientos de miles de dólares. En ambos casos los propietarios se están preguntando ahora que ven cercano el momento de obtener las primeras cosechas comerciales, qué es lo que van a hacer con toda esa producción. Otras de estas inercias que mantienen postrada a nuestra agricultura se refieren al marcado énfasis en la producción agrícola primaria perdiendo la oportunidad de integrarse verticalmente hacia adelante con la producción agroindustrial y agregando valor a lo que tradicionalmente se produce.
Hoy día el reto lo constituyen las oportunidades mismas derivadas del proceso de globalización. Hay que reconocer el valor estratégico de la tecnología (el capital que hace falta invertir en el agro) para aprovechar retos y oportunidades en el marco actual de la hipercompetitividad de la producción agrícola y el comercio internacional. Hasta la fecha el sistema institucional no ha sido exitoso en promover una inversión mínima de capital privado en investigación agrícola que garantice una agricultura competitiva, conservacionista y con impacto en la reducción de la pobreza rural. Es decir nos hace falta reinventar la nueva agricultura; la agricultura del desarrollo sostenible. Pienso que todavía en nuestro medio la rentabilidad privada de las inversiones en investigación para generar o adaptar tecnología es aún muy elevada, lo que podría constituir un indicador de la sub-inversión actual a la que me he referido anteriormente. La agricultura todavía puede ser una importante fuente no sólo de crecimiento económico, sino de buenas oportunidades para atraer la tan necesitada inversión en nuestra región.
Hay nuevas áreas en las que se puede competir exitosamente y afortunadamente tenemos las condiciones agro-climáticas y sociales para hacerlo. Sin pretender ser exhaustivo ni mucho menos, creo que algunas de ellas son la producción, consumo y exportación de productos orgánicos, de plantas medicinales (cuya demanda en Canadá creció 81 por ciento en el año 2001), agroindustrias de frutas tropicales y hortalizas y lo que se conoce actualmente como proyectos de agro-turismo2 y de agro-eco-turismo3. Tendencias que no solamente están de moda en algunos países de la Unión Europea como el caso de Francia, sino que agroindustrias centroamericanas como Café “Britt” en Costa Rica y “Selva Negra” en Nicaragua han adoptado con bastante éxito. Otro tipo de productos podrían ser los llamados alimentos funcionales con altos contenidos de fibra y aminoácidos esenciales y los alimentos nutraceúticos4 (plantas y animales que tienen efectos tanto nutricionales, así como medicinales). Éstas podrían ser algunas de las oportunidades cuya demanda está creciendo y desarrollándose en mercados de países industrializados y que inexplicablemente son temas ignorados en la mayoría de nuestras instituciones de investigación y promoción de exportaciones. Cambiemos nuestra forma de pensar y tratemos de conocer las preferencias de nuestros consumidores actuales y potenciales. Acerquémonos a ellos. Estos sin duda alguna van a ser factores importantes a considerar no solamente para reorientar la investigación y desarrollo, sino para verdaderamente adaptar productos y procesos a las necesidades de nuestros clientes. Esta es el camino que nos permitirá tener una agricultura moderna, amigable con el ambiente y altamente productiva.
1 Centro Latinoamericano para la Competitividad y el Desarrollo Sostenible
2 Por ejemplo la que se da en Francia con la industria vinícola en donde se organizan tours para ver cómo y dónde se produce el vino. Algo similar ocurre en el caso de café Britt de Costa Rica
3 Por ejemplo la producción de té en plantaciones en Kenya e India que el consorcio anglo-británico Unilever ha venido introduciendo y en donde se deja en pie bosque nativo, dado que a través de investigación y desarrollo se ha llegado a establecer que no es económicamente rentable destruir el bosque ya que es hospedero de predadores de algunas de las principales plagas del té. El bosque genera además otro tipo de valor ecoturístico per-se.
4 Se estima que este mercado puede llegar a alcanzar los US$500 billones en el año 2010
* Profesor del INCAE