Vivamos en paz

Álvaro Antonio Cano Lindo Nuestro Señor Jesucristo, rey de paz, dijo estas palabras: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Pero el hombre, desobediente por excelencia, ha violado tan sublime mandato. Los gobernantes de este mundo han cometido injusticias inimaginables que han herido profundamente […]

Álvaro Antonio Cano Lindo

Nuestro Señor Jesucristo, rey de paz, dijo estas palabras: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Pero el hombre, desobediente por excelencia, ha violado tan sublime mandato.

Los gobernantes de este mundo han cometido injusticias inimaginables que han herido profundamente a la humanidad; incluso a los hombres que han proclamado el Evangelio de la paz, en China, Medio Oriente, África y otros países, los han destrozado violentamente, queriendo silenciar la voz de Dios que, habla de justicia, amor y santidad.

Nuestra sociedad está enferma de odio, egoísmo, ambición, lujuria y tibieza; el único que puede sanarla es Jesús de Nazaret.

Hay que vivir en paz, hasta que Nuestro Señor Jesucristo habite en nuestro corazón. ¿Cómo lograrlo? Mirémonos en el espejo de nuestras conciencias, y al vernos tal cual somos, tener que cambiar, habiendo aceptado nuestros errores, arrepintámonos con sinceridad y, oremos intensamente para que el Espíritu Santo nos convierta en hombres nuevos.

Cristo se hizo esclavo para hacer libre al hombre de toda atadura de pecado. Que Cristo se hizo pobre para hacerte rico en misericordia y trataramos con bondad a nuestro hermano. Y aceptó la muerte de cruz, para darnos vida y resucitarnos de entre los muertos.

A los hombres de buena voluntad los exhorto a proclamar el Evangelio de la vida, con valor, aunque derrames tu sangre, dijo Jesús: “No teman a los que matan el cuerpo sino el alma”. A los que persiguen a la Iglesia les recuerdo lo que dice Jesús en su Santa Palabra:

“Tú eres Pedro (o sea piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán convencer”.

Cristo ayer, Cristo hoy, Cristo siempre.  

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