Fui descalza desde que nací.
Vine al mundo desnuda,
de piel morena clara
y el cráneo redondo como luna
emplacentada.
Los poros de mi piel sin vellos
estaban crispados por el frío,
deseando no salir del nido
que me guardaba y alimentaba
con gran placer.
Un fuego lacerante
cruzó mi garganta al expedir
el primer grito a la vida,
buscando el agua que me hacía vivir;
y comprendí en ese instante
que mi espíritu había llegado
con sorpresa y con dolor.
Fui descalza desde que nací.
Aprendí a caminar en la tierra
con pasos inseguros,
que al tiempo fueron ágiles
y hermosos a mi alrededor.
La vida fue sabia matriz,
y mis pies vivieron el deleite
de hundirse en la arena
entre guijarros crujientes,
como “palomitas de maíz”.
Palpé el miedo, sentí el frío
en mis dedos,
pegajosos de verde limo
cuando cruzaba ríos
de forma cautelosa.
Caminé entre puntiagudas zarzas
de hirientes espinas
que rasgaron mi piel,
y la sangre que vertí
formó una costra de acero
de firme carácter y amor a la vida
sin fin.
Nací desnuda y así volveré a renacer,
sin vestiduras.
Con libre albedrío
para guardar agua en mis ojos
cuando haga falta llorar;
risa en mis labios
para la vida gozar,
y encanto suficiente en el alma
para saber vivir y amar.