Y casualmente problemas de rivalidad es lo que han enfrentado por 29 años los gemelos Juan Alberto y Carlos Alberto Hernández. Compartir las cosas no ha sido nada grato para ambos.
“Creo que el problema ha sido porque somos gemelos. Buscábamos cómo pelear por cualquier cosa, babosadas, como… ¿por qué te me pusiste mis zapatos?, preguntaba yo. ¡Y vos ya pasaste todo el día con mi bicicleta!, respondía mi hermano. ¡Un momento!, mi bicicleta es poca gente, nuestra bicicleta, por favor, acordate arribista que los dos pusimos dinero para comprarla!, alegaba yo”, recuerda Juan Alberto, quien afirma que lo hacían únicamente para ver quién llamaba más la atención.
Sin embargo, los hermanos no sólo tenían que compartir la bicicleta, sino también el cuarto, la cama, amistades y en una ocasión hasta una yegua, ya que comprar a medias era una costumbre familiar.
“En ocasiones tuvimos cosas que las compartimos, sin embargo él (Carlos Alberto), siempre quiso ser el único dueño de lo que nos pertenecía a ambos”, relata Juan Alberto, al momento que recuerda haber compartido con su hermano una cama de dos pisos, sólo que ambos reñían por dormir en la parte de arriba desde el primer día.
Después de tanto tiempo no han superado sus confrontaciones a pesar que la yegua, la bicicleta y la cama hace tiempo les dijeron ¡adiós!
Ahora el detalle radica en su hermana, con quien actualmente conviven. “Mi hermano Carlos Alberto tiene un Doberman, a mí me gusta sacarlo a pasear, y se han presentado ocasiones en que se enoja y me dice que no le toque el perro. Además, él ha querido ponerme en mal con mi hermana, de manera que han sido capaces de cambiar las cerraduras del portón para que me quede a dormir en la calle. Por situaciones como éstas hemos llegado a agredirnos físicamente”, relata el joven.
Final feliz
Pleitos por propiedad, celos y resentimientos, eran las actitudes que llevaban a Aymi y Wendy Chávez, de 20 y 18 años, respectivamente, al vivir en constantes discordias, actitudes de las que hoy sólo tienen un mal recuerdo, ya que han logrado superar sus diferencias.
“Sentía que ya no la aguantaba, porque todo el tiempo estaba tomando mis cosas sin pedirme consentimiento”, recuerda Aymi.
En cambio su hermana Wendy dice: “Ella también tomaba mis cosas sin permiso. ¡Nunca me decía: ‘Mirá, Wendy, voy a tomar esto o lo otro, ¿me lo permitís?’”, recalca la joven, mientras con mucha satisfacción repite una y otra vez que eso es cosa del pasado.
Aymi cuenta que cuando nació su hermana sintió que su reinado había terminado, porque pensó que ya no sería el centro de atracción en su familia, y que con el tiempo notó que sus abuelos tenían preferencias con Wendy, y eso generaba muchos celos, por lo que casi siempre buscaba motivos para discutir. “Mis abuelitos eran más apegados a ella”.
Ahora ambas hermanas han llegado a comprenderse mejor, luego de un lapso de ocho meses sin cruzarse una palabra… todo por un cuaderno que Wendy tomó en pago de un dinero que Aymi le había pedido prestado días atrás. Pero, ¿cómo armonizaron la relación? Aymi asegura que durante el tiempo que estuvo alejada de su hermana recapacitó, y llegó a la conclusión de que no valía la pena pelear con ella por tonterías, y se propuso demostrarse a sí misma y a su familia que podía ser una mejor hermana.
Por su parte, Wendy afirma que la comunicación fue la clave para llegar a mutuo acuerdo, aprender a compartir y a sentirse tan querida como su hermana.
Al borde de la locura
Beatriz Medrano es una de las muchas madres que llegan al borde de la locura cada vez que entre sus hijos se arman “bochinches”, pues dice que le dan ganas de salir en carrera y perderse de su hogar.
Pero hay algo que la detiene, el amor por sus hijos y la necesidad de comprender sus diferencias.
“Ellos no son iguales. María Jesús es temperamental, peleona y reclamona porque dice que yo quiero más a Evert que a ella. Evert, en cambio, es apacible, llevadero y poco reclama. El problema es que a María le gusta pelear por cualquier cosa”.
Aunque para Medrano cada situación que se presenta entre sus hijos le trae malos ratos e incomodidad, no se inmiscuye en sus desacuerdos, ya que “es mejor dejarlos madurar por sí solos, que aprendan a reparar sus errores por su cuenta, para que no lleguen a creer que me inclino más por uno o por el otro”, finalizó.
La infancia, factor determinante
De acuerdo con el diccionario Larousse, la rivalidad significa competencia entre dos personas que aspiran a una misma cosa.
La licenciada Ledia Gutiérrez, especialista en Psicología, explica que la rivalidad entre hermanos se genera a partir de los primeros años de infancia, cuando el primogénito llega a desarrollar temor de perder su lugar como centro de atracción dentro del seno de la familia y así sucesivamente hasta que nace el último.
“Generalmente el hermano mayor que ocupa la silla, tiene su estatus, su gobierno, y tiene alrededor a todo el mundo, pero una vez que llega un nuevo hermano, siente que su primogenitura le está siendo arrebatada, desviando la atención, la admiración y la mirada de los adultos”, sostiene la psicóloga.
Según dice, son los padres quienes crean las pautas para que se presente este tipo de situación, pues cometen el error de hacer mofa de la situación: “Tu hermanito te botó de la cuna”.
Por otra parte “cada familia dispone de cierta cantidad de recursos”, dicta un párrafo del libro “Lo que los Jóvenes preguntan”, de F.W. Franz, recursos que bien pueden ser emocionales y otros materiales. Añade: “por lo general, la pelea de debe a que compiten por esos recursos, que abarcan desde el amor de los padres hasta el dinero y la ropa”.
También pueden surgir problemas por la cuestión de compartir privilegios y responsabilidades en la casa. “Los hijos mayores quizás se resientan por tener que hacer mayor parte de las tareas domésticas, y a los pequeños tal vez les disguste que un hermano mayor les dé órdenes, o quizás los envidien porque éstos reciben privilegios que ellos desean”.
Sin embargo ciertos jóvenes piensan que sus padres llegan a establecer preferencias, algo que Gutiérrez no niega, pues dice que deliberadamente o por desconocimientos los padres empiezan a comparar, generando en los afectados una autoestima baja e incubación de resentimientos.
“Comparan actitudes, virtudes y defectos, y poco a poca van marcando las bases de malestar”.
Soluciones al problema
Si tristemente atraviesas una situación similar, la especialista señala que el problema tiene solución, siempre y cuando estés dispuesto a entender lo hermoso que puede ser llegar a tener hermanos.
Tu hermano no es un invasor, es fruto del amor entre tus padres. Sin embargo, si notas que hay cierta preferencia, es porque es imposible que un padre ame a todos los hijos de la misma manera, pues son seres humanos diferentes que inevitablemente provocan reacciones diferentes en sus progenitores.
El estigma de que “mis padres te prefieren más a ti”, es psicológico, pues la discordia se debe a conflictos de personalidad, lo que indica que muchas veces por ser diferentes chocan, los seres humanos no son iguales. Vos sos único.
Hay que evitar los desacuerdos. “Conversa sobre el tema. Comunicarte en cuanto a ello es tratar de llegar a un acuerdo antes de que estalle una confrontación”.
Si comparten espacios, organicen su horario. “El cuarto es para mí durante tales días u horas, y para vos tales días y tales horas”.
Respeta los derechos compartidos. “En vez de buscar riña por tus propios derechos, muestra disposición a compartir tus cosas”, agrega la especialista.
Datos curiosos
Las diferencias entre hermanos se han dado a través de la historia. A continuación algunos ejemplos.
A la muerte del Rey de Egipto, la corona quedó en manos de sus hijos: Ptolomeo y Cleopatra, la joven deseaba conquistar el poder, por lo que inició una serie de maniobras para acabar con la vida de su hermano.
Eduardo IV es coronado Rey de Inglaterra, y desde ese mismo momento su hermano Ricardo Gloucester pone en marcha un plan para usurpar el trono. Tras su logro es coronado Rey Ricardo III en 1483.
El controversial Sergio Andrade tenía mucha rivalidad con su hermano por ser también extremadamente inteligente y su madre siempre se lo hacía notar y los hacía competir.