- En sus escasamente 24 horas en el poder, Pedro Carmona cometió errores tan descomunales que se autodestronó
- Los acontecimientos del jueves 11 de abril, hasta la madrugada del domingo, fueron un torbellino, algo que ni los analistas pudieron predecir
Rafael Del Naranco EL MUNDO
CARACAS.- Fueron 48 horas de euforia, amargura y desaciertos, sentimientos repartidos a partes iguales entre todos los componentes de un país dividido.
A la oposición unida para derrotar a Chávez le faltó coherencia y decisión. Erraron los dardos. Algunos de ellos, como la organización de protestas multitudinarias, dieron en el blanco, pero la mayoría se perdieron, salieron fuera del círculo. Estaban eufóricos, ciegos. No funcionó en ningún momento la sapiencia política, la estrategia, y la cúpula para derrotar a Hugo Chávez, era una medusa de muchas cabezas, sobre la que había una variopinta gama de toldas políticas y organizaciones de los más diversos matices.
Desde comunistas a socialcristianos, pasando por grupos de la sociedad civil, organizaciones no gubernamentales, empresarios y sindicalistas de viejo cuño, medios de comunicación, algunos prelados de la Iglesia, intelectuales, deportistas y prácticamente la clase media del país, unidos con el único fin de sacar del poder a la Revolución Bolivariana.
Las naciones, como los individuos se arropan de esperanzas, y en el país de Simón Bolívar, durante más de 40 años, las frustraciones del 80 por ciento de la población eran un mal endémico.
La llegada del teniente coronel fue como la luz al final del túnel, y en él se apoyaban prácticamente cada uno de los estamentos de la sociedad, es decir, que Chávez aglutinó todas y cada una de las destemplanzas de un pueblo sin distinción de clases sociales. Jamás en la historia democrática de Venezuela una persona sola tuvo tanto poder.
CHÁVEZ CEGADO
Hugo Chávez actuó más en estos tres años de gobierno como líder de una tolda política que como un verdadero jefe de Estado.
La consecuencia de esto fue una nación fracturada, dividida en medio de una guerra de clases. Y de aquellos lodos, llegaron los presentes barros vividos durante la semana.
Pedro Carmona Estanga, presidente de la poderosa patronal empresarial, que supo manejar con tino una huelga general, la ocurrida el 10 de diciembre, donde llegó a tener a su lado hasta los sindicatos de obreros y empleados, erró al pensar en la debilidad de Chávez y por ello se jugó la gran carta en la manifestación del jueves 11 de abril, la cual irresponsablemente unos líderes políticos lo convencieron para llevarla hasta las mismas puertas del Palacio de Miraflores.
Ahí, aunque triunfó sobre 16 cadáveres dejados por el enfrentamiento con los grupos bolivarianos, encontró su propia derrota. Gobernó cerca de 24 horas. Saboreó la miel del poder y tuvo sus 10 minutos de gloria, pero fueron tan descomunales sus errores que se destronó por su propio peso, y los mismos militares que lo auparon lo dejaron caer.
Carmona asumió todos los poderes. Disolvió la Asamblea Nacional, cambió el nombre de la República, destituyó a gobernadores, alcaldes y concejales, removió a los magistrados del Tribunal Supremo, Fiscal General, Defensor del Pueblo y anuló leyes.
OLAS DE SIMPATIZANTES
El río interminable de personas de los barrios más paupérrimos de Caracas bajando en desbandada a tomar la casa de gobierno y pedir el regreso del hombre que encarna sus esperanzas, demostró cómo el chavismo es una fuerza, no una quimera.
Venezuela, desde la madrugada de ayer domingo, es otra, y la Revolución Bolivariana triunfó para quedarse por mucho tiempo. La lección sirve por igual para los analistas de los medios de comunicación. Tienen una idea caduca y trasnochada de la realidad actual de Venezuela. Deberían vivirla una buena temporada.
Lo sucedido aquí no tiene parangón, aunque parezca y en cierta forma lo es una especie de locura. Pero también una esperanza para millones de personas. ¿Por qué falló el golpe?