Juan José Martínez
Leí en LA PRENSA que la Policía emplea aparatos sofisticados y carros para detectar el grado de concentración alcohólica de los conductores. No obstante, a través de la TV observé los trucos de los examinados para evitar el registro exacto del nivel etílico de sus espiraciones.
Quiero señalar dos recursos que nuestra cultura popular practica y que son más simples y baratos para descubrir a los intoxicados. Consiste el primero en ordenarle al sospechoso “soplame el ojo” mientras el examinador recibe en sus narices, el inconfundible y fuerte olor a níspero en el aliento del examinado.
Con experiencia se puede distinguir la cantidad de alcohol ingerido, desde la cerveza a una media de ron. La diferencia depende del grado de impregnación alcohólica que exhala el chofer.
La otra prueba es mandar al conductor que se sostenga en un pie, haciendo el piche, maniobra imposible de realizar, pues no guarda el equilibrio cuando el auriga anda a media asta.
Los resultados de esas dos pruebas no admiten duda, aunque al final del día los asoleados policías terminan con un terrible olor a guaro absorbido por su camisa.