Alberto Rivera Monzón
“El padre”, así le decíamos sus feligreses. El Padre Odorico D’Andrea, nacido en Montorio, Al Vómano, Téramo, Italia, el cinco de marzo de 1916, vino a San Rafael del Norte, mi pueblo natal, el veinte de febrero de 1954, el mero día de mi cumpleaños número nueve. Él iba a cumplir treinta y ocho.
A los pocos días los chavalos de entonces nos peleábamos por las pequeñas sotanas para servirle de monaguillos y ayudarle en su incipiente español.
Comités de ciudadanos con voluntad de servicio comunal, se organizaron para brindarle apoyo. Desde muy viejos tiempos se hablaba de que un día vendría un sacerdote que transformaría la realidad de este pueblo montañés.
Sin pérdida de tiempo el nuevo cura inició su admirable labor pastoral, transformando espíritus y materias, construyendo con su palabra y con su ejemplo la imagen que hoy tenemos de él: la de un santo de la Iglesia Católica, forjado en tiempos modernos, con mayores obstáculos para alcanzar la santidad.
36 años de continuo trabajo sin horario, también transformaron al robusto y rosado joven sacerdote europeo en un venerable anciano Padre de todos.
Nunca guardó cama por enfermedades, y cuando se le trasladó a Matagalpa en busca de atención médica aquel jueves veintidós de marzo de 1990, su corazón dejó de palpitar. Eran las doce y cinco minutos del mediodía cuando Dios lo llamó. Sus hermanos frailes franciscanos lo acompañaron en sus agonizantes últimos minutos en la Iglesia San José. El viejo reloj de ese templo, mudo desde tiempos atrás por descompuesto, rompió su silencio e hizo sonar su campana, despidiendo al Santo que había expirado.
Acompañado por miles de devotos, regresó a su pueblo de San Rafael a las cuatro de la tarde del viernes veintitrés.
De pie sobre el muro del cementerio, a la entrada de la ciudad, le brindé el último discurso de bienvenida. Los otros se los expresé en sus retornos de su amada Italia, también en apoteósicos recibimientos. La diferencia, ahora, era la profunda tristeza que me inundaba. Por momentos pensé que no podría.
Estaba recibiendo y despidiendo al autor de la más grande y noble obra, al incansable líder de la lucha por la paz, al más sublime promotor del amor y del respeto a la vida y a los derechos de todos, en especial, de los más humildes. Me estaba refiriendo al ser más querido por todo aquel mar de campesinos, estudiantes, productores, transportistas, niños, mujeres, hombres, políticos, pobladores en general.
Sustentaba mis palabras también con el testimonio de su obra material: escuelas, dispensarios médicos, carreteras, puentes, nuevas calles, un hospital, puestos de salud, preescolar, bellos y majestuosos templos, ermitas… me refería al “paño de lágrimas” del pueblo. Al unánimemente respetado por “moros y cristianos”, por “compas” y por “contras”, por jóvenes y por viejos, por ricos y pobres, por débiles y por fuertes… por “Raimundo y todo mundo”, por todos.
Las calles de San Rafael lucían como ríos crecidos de gente. Allá en la colina quedó como un eterno vigilante, como una estrella de luz propia y permanente, como guía sempiterno, como faro de su pueblo. Si nos perdemos, será por nuestra propia culpa, él nos muestra el camino.
Por eso, miles y miles para esta fecha visitan “El Tepeyac”. ¡Alabado sea Dios, Padre Odorico!
El autor es periodista.