La muerte del servilismo

Xavier Argüello [email protected]

Cuando el presidente enrique bolaños llegó a Miami para participar en un acto político en su honor, el 17 de febrero pasado, el mandatario informó a los nicas de la Florida su visión de gobierno, sus aspiraciones para el país y las posibilidades de lograrlo. Explicó lo difícil que es reconstruir el país, cuando tomó tan corto tiempo destruirlo. Al terminar su discurso, el presidente Bolaños se dirigió a las mesas para saludar a la concurrencia. Una gran diferencia con el desorden y la aglomeración de los actos políticos del pasado, en que un Somoza García, un Tacho o un Chigüín o, incluso, la versión más vulgar de los Somoza, el ex presidente Alemán Lacayo, se movilizaban en medio de un enjambre de adláteres y aduladores.

Y es que la corrupción es lo que siempre ha generado servilismo en Nicaragua. Los gobernantes se han aprovechado de las debilidades de la clase empresarial y las necesidades de la clase pobre para promover la adulación y, de esa manera, ejercer un mayor control.

Son Don Corleone, El Padrino, que otorga, regala y protege a cambio de lealtad. Ellos han creado una aureola de dádivas y favoritismo que ha sido como néctar al que se sienten atraídas sobre todo las clases educadas. Los Somoza acostumbraban en sus actos públicos a dejar de una manera paternalista que las masas llegaran a saludarlos y para obtener un favor, un cargo o una exoneración había que pedírselas personalmente. Nada se movía sin la autorización del sátrapa. Los cauces oficiales no existían. La burocracia estatal vivía paralizada por el miedo.

Ortega, en cambio, despertaba a su paso odio o rencor o la incondicionalidad absoluta de sus militantes. No había nada que pedir porque todo era de la nomenclatura. Doña Violeta era enemiga de la empalagosa y sumisa adulación de los cepillos. La ex presidenta sabía ser dura y despectiva cuando las circunstancias lo exigían.

El servilismo no crece cuando los gobernantes dejan de promoverlo. Cuando las reglas del juego están escritas; cuando las gestiones tienen un proceso oficial, los cargos públicos se llenan por oposición y los contratos se conceden por licitación, la necesidad de ser servil desaparece.

La honestidad administrativa que este gobierno promueve está en vías de enseñarnos la forma correcta de solicitar y obtener los servicios y la atención a los que tenemos derecho como ciudadanos y, de paso, devolvernos nuestra dignidad como pueblo.

En aquel acto en honor del Presidente Bolaños, que fue sobrio y sencillo, no faltaron los consabidos anuncios de interés público sobre llaves perdidas y carros mal parqueados, que si no los movían se los llevaba la grúa. Un poco antes de finalizar, un grupo de ex guardias nacionales se levantó al micrófono a hacer una solicitud pública. Envalentonados tal vez por las cervezas, el ex oficial que parecía líder solicitó al presidente reconocimiento a sus prestaciones sociales, como parte que habían sido de un gobierno nacional, mientras que a los sandinistas se les tomaba en cuenta. Un grupo de unos 20 ex soldados en distintos grados de barriga y diferentes niveles de calvicie asentía su alrededor, desconociendo tal vez que sus contrapartes sandinistas en Nicaragua tampoco las tienen todas consigo y que, como ellos, sus jefes son los únicos que han quedado con dinero en el bolsillo. El local se vació rápidamente. Alguien anunció por el micrófono que uno de los oficiales de la guardia se había perdido y que si alguien lo encontraba, que lo llevara a la puerta principal donde lo esperaban el resto de sus compañeros. A las cuatro y media los meseros tenían preparado el local para una boda que se celebraba en la noche.

El autor es abogado y ex diplomático.  

Editorial
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