¿Demasiado entusiasmo?

Edgard Rodríguez C. [email protected] Dice Jorge Valdano que cuando el corazón está puesto en un lado, las ideas pueden esperar… Y es cierto. Sin embargo, nuestro entusiasmo hacia Vicente Padilla y también por Marvin Benard, tiene que ver con algo más que una simple simpatía o una identificación nacionalista. En primer lugar se trata de […]

Edgard Rodríguez C. [email protected]

Dice Jorge Valdano que cuando el corazón está puesto en un lado, las ideas pueden esperar… Y es cierto. Sin embargo, nuestro entusiasmo hacia Vicente Padilla y también por Marvin Benard, tiene que ver con algo más que una simple simpatía o una identificación nacionalista.

En primer lugar se trata de nuestros mejores valores en el béisbol. En segundo lugar han llegado a las Grandes Ligas con toda la legitimidad del caso. Y tercero, son los únicos que tenemos. Por tanto, mal haríamos si no les damos el espacio que les corresponde.

No obstante, nuestro entusiasmo tiene que ver también con otro elemento, desde mi perspectiva clave en nuestra sociedad. Padilla y Benard, son un ejemplo de cómo salir de las limitaciones a base trabajo honrado, entrega absoluta y diligencia en el desempeño de sus funciones.

Por lo menos a mí me resulta difícil no inclinar mi admiración hacia ellos, cuando lo que a diario recibimos aquí son malos ejemplos de funcionarios y políticos deshonestos que han convertido el estado en un botín, llevando al extremo la crisis de valores que golpea violentamente.

Ahora, es probable que a veces no excitemos demasiado y que nuestro entusiasmo se desborde. Pero les aseguro que es preferible admirar un scone de Vicente o un doblete de Benard, que todo el saqueo que hacen de nuestro país los que tienen el poder, y que hay que denunciarlos.

Cómo no valorar el esfuerzo de nuestros big leaguers, que aún sin llegar a niveles de estrellato, son capaces de emocionarnos aún en medio de la aflicción que nos produce la situación del país.

Un país al que apreciamos y que ojalá un día pueda librarse de tanta corrupción.

Hace cinco años, Padilla aún trabajaba en las fincas bananeras en Chinandega. Ahora puede tener su propia finca y de manera honrada. A Marvin le apenaba llevar sus amigos a su casa porque las sillas eran demasiado humildes. Ahora vive en una mansión y la ha adquirido legalmente.

Y no es que el éxito tiene que ser medido a través del aspecto económico. Hablo más bien de la realización personal de esforzados muchachos que a base de trabajo honesto se han acercado a la vida. Y eso es admirable.  

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