“Gobernar para servir”

Migdonio Blandón B.

El genuino sistema democrático de gobierno, su fundamento básico debe ser la libertad, definida y enmarcada en leyes constituidas, señalando derechos y deberes ciudadanos, que medidos con el rasero de la justicia, sin excepciones específicas, de manera ordenada y asumiendo la debida responsabilidad, alcance a todos por igual, pues la libertad sin orden es arbitrariedad y caos.

El gobierno, que por mayoría ciudadana en votación popular ha sido designado como representante del pueblo para la administración pública del Estado por un período constitucional determinado, desde el momento que asume dicha responsabilidad representativa, debe gobernar con equidad y justicia; y como servidor del pueblo en general, no tener preferencias personales ni partidarias.

Es cierto que para subir los peldaños que le han llevado a la honorífica representación del pueblo, ha sido preciso su militancia en determinado sector político que hizo su promoción a ser electo, pero al asumir el cargo a que ha sido postulado de hecho queda obligado a optar y trabajar como representante de los intereses generales de sus representados, desvinculándose de todo lo sectario.

No es nada ético en ningún funcionario público que desde su cargo utilice poder, tiempo y posición, en beneficio personal, sectorial o partidario, ya que de forma voluntaria, sin menoscabo a su libre albedrío y con la debida remuneración, se ha comprometido al servicio del Estado y así en cualquier nivel administrativo, quienes caigan en tales faltas deben ser sancionados y quizá destituidos.

Con mi ideología de la democracia, no pretendo hacer señalamientos de las fallas que por diferentes causas desde la independencia a la fecha se han dado en nuestro sufrido país y mucho menos acuso a nadie en particular. Pero, en lo personal me ha parecido que el fanatismo partidario ha sido una de las principales causas de tales desafueros, que tiene sus raíces en la egolatría y la idolatría.

En la egolatría, porque en su enfermiza autoestima solamente le interesa su bienestar sin que nada de lo que esté fuera de su reducida órbita le interese; así en el caso del funcionario corrupto, sólo superficialmente ve lo que no le deja algún beneficio y su desmedida ambición que su pequeñez no alcanza, le lleva sumisamente a idolatrar con fanatismo a quien supone podría beneficiarle.

La frase enunciada por don Enrique: “Quien no gobierna para servir, no sirve para gobernar”, debiera ser la brújula que oriente a todo el que tenga alguna responsabilidad pública en cualquier nivel. Aún sin ningún cargo público y teniendo presente nuestros derechos y deberes, ser conscientes de la obligación de prepararnos para saber cumplir y trabajar, no siendo carga del Estado. Así unidos podremos restaurar a nuestra patria de la postración en que fallas y flojeras le han dejado. Con la ayuda de Dios y la intersección de María, haremos la Patria grande que con nuestro gran Darío, Pedro Joaquín, Pablo Antonio y tantos más hemos soñado.

El autor es miembro de Eduquemos.  

Editorial
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