Joaquín Absalón Pastora
Poco después del terremoto de diciembre de setenta y dos, un poeta lloraba sobre los pedazos de la capital desflorada. Le clavó a su tumba una definición implacable: “Aquí fue Managua”.
Entonces en nombre de qué Managua se prendieron ciento cincuenta candelas en un pastel citadino que no existe, salvo en los entusiasmos de la fantasía.
Otra cosa hubiese sido que la festejada hubiera seguido el curso normal de una ciudad ininterrumpida en su desarrollo, que no ha sufrido tantos “traspiés”, que fuese la novia estable de un lago que por cierto ha disminuido en su intensidad decorativa e higiénica, razón por la cual están inválidos los suspiros en el malecón.
Está bien que se haya premiado a los autóctonos ilustres de la capital decapitada. Ellos están de pie, son hacedores de cultura y testigos del dolor. Pero no que haya cohetes donde no se justifican los impulsos por ponerlos en el aire.
Cierto es que hubo un decreto obligado por la rivalidad entre León y Granada firmado por el Director interino de la época, don Fulgencio Vega, el cual ha cumplido el siglo y medio. Sin embargo, del papel a la realidad puede notarse una considerable e histórica distancia. Lo que debería celebrarse, y con modestia, es la espesa efemérides del documento.
Hay una nueva versión de la capital que crece sin ninguna previsión urbana y humana, sin vías peatonales, sin centro convergente donde decirse adiós, sin acera donde darle hospedaje a la silla, son los parques del alma.
Lo más visible en la falta de requisitos para completar la humanización merecida por el poblador, es lo “diametralmente opuesto”: la mugre en parte por la displicencia edilicia y en parte por la culpa de la sociedad. Convergen varios factores. Lo cierto es que la novia tiene mal olor, pareciera que lo reinante es el festival de la basura, festival no ocasional sino permanente.
Puntualizamos: un factor trascendente en el desarrollo de la colectividad es el grado de conciencia de cada individuo. Lastimosamente la hemos perdido. Para cada actividad se requiere la nobleza participativa. Si falla ese aporte fidedigno se atraviesa la corriente de la anarquía, del seno inmóvil (diría Neruda) “donde ha nacido un río que pasa por las cumbres y entra a la ciudad”.
Managua ya tiene esas aguas (su lago) pero al milagro se le metió la contaminación.
El destino geográfico cubrió a Managua de belleza. Pero se ha convertido en un camión estático lleno de basura.
“El basural” nos retrata. No intuimos que cuando la echamos a la calle, a las alcobas frágiles o a los campos descubiertos donde ella cabe, ponemos “un grano de arena” criminal para entrar a la ante-sala de las epidemias.
En el basurero capitalino ya no se perdonan parques, monumentos, iglesias, altares mayores y menores.
La nueva versión de la capital, que no se sabe hacia dónde va —su modelo de desarrollo no lo conoce ni su alcalde— es el reflector por donde se ve mucho el espectro de la podredumbre, y poco, desgraciadamente poco, el volumen de la claridad.
El autor es periodista.