Emilio Álvarez Montalván
Siempre interesó conocer para corregirlo, el origen del atraso de estos países del tercer mundo, existiendo al respecto una gama de suposiciones. La más conocida, culpa al clima tropical de esos países, con su cálida y monótona temperatura, la supuesta renuencia al trabajo sostenido y la inclinación a la molicie. Otra hipótesis sostiene que las etnias mestizas cargan genes marcados con déficit intelectual, origen de su escaso rendimiento. A su vez el sociólogo Weber mantuvo que la religión adoptada influye en el desarrollo. Puso como ejemplo al calvinismo, que otorga al empresario exitoso la categoría de “predestinado” estimulando así la sobriedad, el trabajo y el ahorro, fundamentos del capitalismo innovador. En cambio, aseguraba Weber, el catolicismo en su versión latina, desconfía de la acumulación de riquezas, indispensable para la inversión. Mencionemos finalmente la responsabilidad atribuida a los “injustos términos del intercambio comercial” con las naciones industrializadas, el determinante de un irremediable empobrecimiento.
Tales conjeturas fueron descartadas al carecer de hechos probatorios. Ahí está la cultura Maya que en plena jungla consiguió un desarrollo superior a la de sus contemporáneos europeos. Por otra parte, algunas naciones de Asia suroriental, situadas como nosotros en el mismo cinturón de la Tierra y además poliétnicos y con religiones quietistas como el budismo y que negocian con economías avanzadas, consiguieron no obstante, en los últimos 30 años, sextuplicar su PIB.
Fue Franck Harrison (1950) quien propuso como fuente del subdesarrollo la mente, con sus errados o acertados juicios de valor, integrantes de la cultura adoptada por la mayoría del pueblo y utilizados para enfrentarse a los desafíos cotidianos: como el significado de la vida, el uso del poder, el trabajo, la muerte, el trato con los semejantes, el más allá, la ley, las relaciones con extranjeros etc. en otras palabras los criterios que aplica la psiquis colectiva a una situación determinada, hacen la diferencia entre acierto y fracaso.
A ese respecto Salvador de Maradiaga aseguraba que la motivación central de los franceses, es “le droit” (la ley), mientras los ingleses prefieren el “fair play” (juego limpio), y los españoles el “prestigio”. Últimamente Carlos da Silva afirmó que los norteamericanos se rigen por una mezcla de puritanismo, individualismo y pragmatismo en proporciones y oportunidades que sólo ellos manejan. Los alemanes prefiere “alles in ordnung” (el orden sobre todo) y para los japoneses los mas importante es kiritsu (disciplina)
En el caso de los nicaragüenses, el común denominador parece ser en nuestra cultura el “compadrazgo” que da y busca protección a cualquier precio, produciendo lo que el nuevo gobernante Enrique Bolaños llama los vicios históricos del caudillismo, corrupción y perversión en el uso del poder. Se trata de fallas estructurales del tejido social que salvo excepciones, están presentes no sólo en las élites políticas, sino también en las sindicales, confesionales, empresariales y en todos los estamentos sociales, pues todos permanecemos inmersos en el mismo caldo de cultivo.
Lo nuevo y estimulante, es que el presidente Bolaños promete luchar para que toda esas ineficiencias, incluido el cortoplacismo, argollismo, patrimonialismo, faccionalismo, fachadismo y el sentido mágico de la vida con que actuamos, cambien fundamentalmente. Si bien se intenta con ello una mutación provocará resistencias y aún rechazos, porque nos privará de mañas arraigadas, que tradicionalmente mueven las transacciones sociales de un universo sólidamente articulado.
Por eso es lógico que se enfoque como una tarea de todos y se acompañe simultáneamente y necesariamente de un mejoramiento del nivel de vida de los sectores desposeídos, lo mismo que la producción, la educación, salud y al sistema judicial.
En todo caso los nicaragüenses tenemos rasgos culturales positivos que ayudarían, como la solidaridad familiar, la fácil comunicación, el aguante de dificultades, hospitalidad, capacidad de rectificar guiados por el buen ejemplo, la casi nula discriminación racial y sobre todo el orgullo que somos capaces de progresar.
El autor es analista político y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.