Ayudar antes que rechazar

Douglas [email protected]

BARCELONA.— las actitudes xenófobas pueden ser más peligrosas que la misma inmigración para España, una nación que necesita fuerza laboral en sectores primarios como la producción agrícola.

Dos noticias preocuparon mucho a los españoles la semana pasada y fueron relacionadas a la llegada constante de emigrantes latinoamericanos y africanos: el aumento de la delincuencia y el incremento del desempleo.

El gobierno dijo que la mayor delincuencia se debe al aumento de la inmigración irregular y que “por primera vez” en España existen inmigrantes con permisos de residencia y trabajo que carecen de una oferta de empleo, indicando que ya no hay plazas para tanta gente.

De 400 mil inmigrantes que han recibido permisos desde el año 2000, unos 84 mil buscan trabajo sin hallarlo, dijo el secretario de Estado para la Inmigración, Enrique Fernández.

El número de desocupados aumentó en unas 40 mil personas durante los últimos tres meses del 2001 y en consecuencia la tasa de desempleo de España cerró en 12.96 por ciento y se le considera la más alta entre los quince países de la Unión Europea.

El desempleo permite a los españoles un ingreso fijo sin trabajar por un tiempo, porque tras seis meses continuos de labores pueden cobrar hasta 18 meses de pensión por desocupación, recibiendo un promedio del 70 por ciento de su ingreso anterior.

Por eso quienes aspiran a mejores puestos se van al desempleo o son despedidos y empiezan a cobrar la pensión del paro, mientras sus antiguos patronos contratan inmigrantes pagándoles salarios inferiores.

Al gobierno y a la sociedad les preocupa la integración de los inmigrantes y han empezado a discutir qué conviene más, si rechazarlos o ayudarlos a que convivan en mejores condiciones.

Las restricciones de fronteras nunca pararán la inmigración y es mejor “crear políticas de codesarrollo entre los estados desarrollados y los países de donde llegan los inmigrantes”, dice Eduard Rojo, catedrático de derecho de la Universidad de Girona.

La inmigración también pone a prueba la democracia europea. Ferran Requejo, experto en el tema, cree que la diversidad cultural que traen los inmigrantes puede permitir a los españoles “pluralizar mejor nuestras propias convicciones éticas” y convencerlos de que frente a los dilemas morales cotidianos “no existe una única respuesta correcta”.

Cuanto más crece la pobreza en Latinoamérica y Africa, más inmigrantes entran a Europa por España y la tolerancia aquí parece flaquear, porque como señala Requejo “muchas veces es más difícil ser liberal en el plano de la ética que en el de la política”.

Las autoridades españolas tienen que hacer algo más que una ley de inmigración restrictiva, porque necesitan prevenir el racismo y convencer a sus ciudadanos de que es necesaria la convivencia multicultural, mientras extienden la mano a los países pobres para que se levanten.  

Editorial
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