Eduardo Enrí[email protected]
A poco más de un mes de haberse estrenado en el gobierno, don Enrique Bolaños y su gente tienen un balance positivo de su gestión. El mayor de sus logros, creo, es haber cambiado el aire putrefacto que se respiraba en la administración del Ejecutivo anterior, donde todo olía a coima, abuso y despilfarro, avalado por “El Hombre”, que además era quien daba el mal ejemplo. Ahora al menos se sabe que esa política no está bien vista.
Sin embargo, no podemos negar que nos han metido un par de goles. El más claro fue la idea de presentar los salarios una vez deducidos los impuestos. La jugada fue magistral, hay que reconocerlo, pues dio la impresión que aunque los salarios eran altos, en realidad eran aceptables. Pero eso también tuvo su lado positivo. Al menos ya sabemos que eso es lo que los altos funcionarios se llevan a sus casas, ni un centavo más, según el ministro de Hacienda.
En otras cosas se han enredado. Las dietas, por ejemplo, era una cuestión moral y por vergüenza, o falta de ella, ni siquiera quisieron aceptarle el cheque al Contralor Argüello Poessy. Ninguna ley prohíbe que le acepten ese dinero. La aceptación de ese cheque, sin embargo, iba a “chimar” a mucha gente de don Enrique —y a él mismo— que hubieran tenido la obligación moral de regresar las de ellos. La verdad es que a pesar de que devengan un salario muy, pero muy, competente, decidieron hacerse los gatos bravos y no bolsearse. Todo se habría solucionado con un “arreglo de pago”.
Aún así, ése no es el peor de los casos. Los nicaragüenses, acostumbrados a que nuestros gobiernos hagan todo mal, podemos al menos decir que ya las tales dietas no las van a seguir recibiendo.
Lo que sí ha dejado un muy mal sabor de boca es la capitulación que hizo este gobierno sobre el tema del asilo. O sea, es perfectamente entendible que la Primera Dama, doña Lila T. Abaunza, haya preferido dejar que se llevaran el proyecto quienes sin el menor rubor lo reclamaban para sí, en lugar de verse envuelta en “dimes y diretes”, pero el Estado tenía la obligación de reclamarlo.
A mí me resulta difícil pensar que doña María Fernanda hubiera sido capaz de lograr lo que logró de no haber sido la Primera Dama. O sea, imagínense ustedes a la señorita María Fernanda Flores Lanzas bajándose de un avión procedente de Miami, donde era profesora y diciendo que va a formar una Fundación para hacer un asilo. ¿Creen ustedes que en un año tendría una donación de cinco manzanas en la zona residencial más cara de Managua y casi un millón de dólares?
Si no es casualidad que en los certificados de reconocimiento a las donaciones agradecía “en nombre del pueblo y gobierno de Nicaragua”. La pobre gente (y la gente rica) que dio plata para el asilo lo hacía porque era una obra del gobierno, jamás se supo que la plata la estuviera recibiendo ninguna fundación. Los terrenos, la Alcaldía los donó a la Primera Dama por lo que representaba.
El otro día escuché un comentario que ilustra esto a la perfección: Que doña María Fernanda se haya adueñado del asilo es como que doña Hope Portocarrero se hubiera adueñado del Teatro Nacional, que también fue obra de una Primera Dama. Así de absurdo es haber cedido el asilo. Don Enrique va bien, pero es que a veces como que se le aflojan los pantalones.