No todo lo que parece es

Jorge [email protected]

A principios de la semana pasada concluyeron simultáneamente dos foros de relevancia planetaria: el Foro Económico Mundial, en Nueva York, y el Foro Social Mundial, en Porto Alegre, Brasil. El primero se celebra desde hace 31 años en Davos, Suiza. (Este año, por circunstancias especiales, se efectuó en Nueva York). El segundo es más reciente; empezó apenas el año pasado.

El Foro Económico Mundial se creó en 1971 con la intención de reunir cada año a grandes empresarios y académicos para intercambiar ideas. Pero desde entonces, las cosas han cambiado muchísimo. A la primera cita en Davos, asistieron 400 personas. En cambio, el foro de este año en Nueva York atrajo a 3,000 almas, e incluyó no sólo a empresarios y académicos, sino a rockeros, periodistas, religiosos, sindicalistas, políticos, y cientos de representantes de ONG.

Una visión simplista de los dos foros podría hacernos creer que el de Davos-Nueva York representa sólo a quienes están a favor del capitalismo y la globalización, y que el de Porto Alegre representa a quienes están en contra. Lo último es totalmente cierto. Lo primero no.

Es verdad que entre la multitud de Porto Alegre no había una sola persona que no tuviera su carnet de globalifóbico y anticapitalista certificado. Como orgullosamente señala Luis Hernández Navarro, enviado especial del izquierdista diario mexicano, La Jornada, “En Porto Alegre el socialismo se atrevió a decir nuevamente su nombre sin vergüenza ni camuflaje”. Utópicos y soñadores en su vasta mayoría —mucho corazón y nada de cabeza—, están unidos por el odio al “neoliberalismo”, pero carecen de propuestas alternativas. Veamos lo que Hernández Navarro reporta: “La joven representante del Movimiento de Resistencia Global de Cataluña toma la palabra en el Auditorio Araujo Vianna… [y dice:] ‘No sabemos qué mundo queremos, pero lo construiremos desde abajo’. Los asistentes responden con cerrada ovación”. ¡Qué tal!

En Nueva York, en cambio, había de todo, y dentro de ese todo, pululaba un buen número de globalifóbicos y anticapitalistas. Y no me refiero a los energúmenos que escenifican violentas protestas callejeras tipo Seattle —que también los hubo—, sino que me refiero a los de saco y corbata que estaban dentro del lujoso Hotel Waldorf Astoria donde se realizó el famoso foro. Ejemplos: el cantante de rock, Bono; el arzobispo anglicano de Sudáfrica, Desmond Tutu; el Nobel de la paz, Elie Weisel; el presidente de la poderosa central obrera estadounidense, AFL-CIO, John Sweeney —todos ellos destacados participantes del foro— ¿podría alguien considerarlos defensores del capitalismo y de la globalización? ¡Pero ni en broma!

No hay que cometer tampoco el error de creer que todo empresario exitoso tiene necesariamente que entender de economía. Los negocios y la economía son dos disciplinas muy diferentes. Veamos, por ejemplo, lo que dijo Bill Gates, el genial y multibillonario creador y dueño de Microsoft: “Necesitamos una discusión sobre si el mundo rico está regresando lo que debiera al mundo en desarrollo. Creo que hay una pregunta legítima sobre si lo estamos haciendo”. Gates sugiere, por lo visto, que el mundo rico está saqueando al “Tercer Mundo”. Con esa tonta frase, el genial Gates habría hecho saltar de alegría a los de Porto Alegre.

Pero el trofeo de la insensatez, a mi juicio, se lo llevó el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, quien dijo que él no cree que la globalización sea la responsable de todos los males del mundo, pero puso en manos de los empresarios la responsabilidad de demostrarlo, y les pidió tomar “acciones que se traduzcan en resultados concretos para los oprimidos, explotados y excluidos”. ¿Y cómo sugiere don Kofi que los empresarios hagan eso? Pues nada menos que trabajando con las distintas agencias de las Naciones Unidas, como el PNUD. Su propuesta se reduce, entonces, a más de lo mismo, redistribución de riqueza, porque, hasta donde yo conozco, el PNUD está muy lejos de ser un defensor del libre comercio y de la economía de mercado.

La verdad es que existen muchas más similitudes entre las posturas de los participantes de los dos foros de lo que a simple vista parece. En el fondo, como bien dice Brink Lindsey, del Instituto Cato, en Washington, sigue vigente la vieja contienda entre la mano invisible de Adam Smith y la mano muerta de la planificación central. Y junto con Lindsey, también creo que, tarde o temprano, triunfará el liberalismo económico, ya que los globalifóbicos, abiertos o solapados, no tienen absolutamente nada que ofrecer.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.  

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