Luis Sánchez [email protected]
El presidente de la escuela diplomática de Nicaragua, don Armando Luna Silva, informa en un artículo que aparece hoy en esta misma sección de Opinión, que don Enrique Bolaños decidió suprimir el tratamiento de “Excelencia” para el Presidente de la República, y que a él y demás funcionarios del Estado se les debe llamar, simplemente, señora o señor.
Así mismo, el presidente Bolaños indicó que a las instituciones (Asamblea Nacional, Corte Suprema de Justicia, Contraloría General de la República, etc.), se les debe llamar “honorables”, “porque según el pensamiento de don Enrique los hombres no han de ser exaltados, pero sí las instituciones de la República”.
Me parece una excelente decisión de don Enrique, la de suprimir el anacrónico título de “excelencia” para los altos cargos públicos nicaragüenses, y que estableciera como tratamiento oficial el de “señor presidente”, o “señora ministra”, a secas. A decir verdad, esto es lo que corresponde a un sistema democrático de gobierno y de vida, que se debe caracterizar por la sobriedad de los gobernantes, la confianza en sus relaciones con los gobernados, y la sencillez en el tratamiento a los representantes de la autoridad.
Sin embargo, me parece que no cabe llamar “honorables” a las instituciones, como lo recomienda el presidente Bolaños. Honorable es una cualidad humana, personal, y las instituciones son impersonales. El Estado es una ficción jurídica, e igual sus instituciones. Las entidades estatales no existen materialmente. Existe la persona que ejerce la función pública y dirige las instituciones, pero a nadie se le puede llamar honorable por el sólo hecho de ejercer un cargo oficial, a menos que realmente, por su honradez reconocida y verificada, merezca ese reconocimiento de los ciudadanos.
Honorable deriva de honor, o sea, la cualidad moral de quien lleva al más severo cumplimiento sus deberes con el prójimo, los ciudadanos y él mismo, según lo define cualquier diccionario.
Igual que “excelencia” y “primera dama”, el tratamiento de “honorable” que se da inapropiadamente a funcionarios de alto rango por el sólo hecho de ser funcionarios, viene de la antigua Roma. Fue el emperador romano Marco Aurelio (121-181 después de Cristo), quien concedió el rango social de “honestiores” (honorables) a los équites (nobles, caballeros), que formaban un grupo social intermedio entre las personas libres, patricios y plebeyos. Y entre los ciudadanos honestiores distinguió tres grados: “varones eminentísimos”, “varones perfectísimos” y “varones egregios”.
Tiempo después, en el llamado “bajo imperio”, o sea en la última etapa de la Roma imperial, el título de honestiores (honorables) se extendió a los funcionarios públicos superiores, sobre todo a senadores y a decuriones (jefes en las colonias romanas cuyas atribuciones eran similares a las de los senadores en Roma).
Ahora bien ¿merecen los diputados, magistrados o contralores nicaragüenses el título de honestiores (honorables), o sea eminentísimo, perfectísimo y egregio?
En realidad, es posible que haya personas honorables en esas instituciones (como, por ejemplo, el diputado conservador quien dijo que para dignificar la institución y la función legislativa más bien hay que bajar la remuneración de los diputados).
Sin embargo, si a don Enrique Bolaños, quien sin dudas es una persona honorable, se le debe dar el sencillo tratamiento de “señor presidente”, con mucha mayor razón hay que llamar sólo así —y eso que a lo sumo— a los diputados, magistrados y contralores. Digo yo.