Martha Cecilia [email protected]
El miércoles pasado un jurado de conciencia en Somoto declaró inocente a Manuel de Jesús López Rivera, reo confeso del delito de violación en perjuicio de su hijastra de 11 años. Además de la confesión del sujeto de “haberle hecho el amor” a la niña, las pruebas recabadas por la Policía y la declaración de la víctima dejan más que clara la culpabilidad de López Rivera, sin embargo una vez más los jurados de conciencia actuaron con el sesgo, la doble moral y los prejuicios que en general tiene nuestra sociedad sobre la violencia intrafamiliar y sexual.
La misma jueza que llevaba el caso se manifestó molesta en declaraciones a LA PRENSA por la decisión del jurado de conciencia que “olímpicamente” absolvió al reo a pesar de haber quedado demostrado el cuerpo del delito.
No obstante, este caso no es una excepción: hace apenas unos días otro jurado de conciencia en Tipitapa dejó en libertad a dos sujetos que supuestamente violaron y dejaron en estado vegetal a una mujer. Y no nos sorprendamos si un día de éstos un jurado de conciencia decidiera absolver al asesino de Cinthya Scarlata López Blanco, con la historia malsana de que había una relación entre ellos y que él actuó por celos.
Los jurados de conciencia al igual que los indultos a violadores repartidos por la Asamblea Nacional, constituyen una prueba contundente de que es urgente un proceso de revisión y reflexión de toda la sociedad, pues todos nos estamos convirtiendo en cómplices —por acción u omisión— de delitos en contra de la dignidad y la vida de mujeres, niños y niñas.
Una noche de éstas un reportero de un noticiero nacional presentó la historia de una joven empleada doméstica que ocultó el embarazo del hijo de su patrón, y aunque dieron con lujo de detalle la procedencia e identidad de la joven, “por ética” omitieron el nombre del aludido. ¿Por qué no se aplicó el mismo criterio “ético” con ella?
Hasta ahora las mujeres agredidas siguen siendo víctimas no sólo de sus agresores directos, sino también de la opinión pública que como el jurado de conciencia de Somoto no sólo no escuchó las palabras de la niña víctima, sino que también cerró sus ojos y oídos ante las pruebas del delito.
Siendo así, lo primero que deberíamos aclarar es de qué conciencia hablamos.
La autora es periodista.