El Barrio Santo Domingo, en la vieja Managua, donde transcurrió la infancia del doctor Benjamin Pérez, y al que se remontan sus recuerdos.

Personajes del barrio Santo Domingo y los recuerdos de don “Mincho” Pérez

Al evocar las actividades del vecindario que rodeaba la Iglesia de Santo Domingo, el doctor Benjamín Pérez sin duda despertará la sensibilidad de muchos capitalinos que vivieron su edad de oro en esos lugares a mediados del siglo pasado, cuando los sucesos más notables eran los que ocurrían en Europa durante la Segunda Guerra Mundial […]

  • Al evocar las actividades del vecindario que rodeaba la Iglesia de Santo Domingo, el doctor Benjamín Pérez sin duda despertará la sensibilidad de muchos capitalinos que vivieron su edad de oro en esos lugares a mediados del siglo pasado, cuando los sucesos más notables eran los que ocurrían en Europa durante la Segunda Guerra Mundial

Mario Fulvio Espinosa [email protected]

PRIMERA DE DOS PARTES
La casita de Iván y “Mincho” era blanca, de taquezal y tejas de barro. Tenía un alero generoso por lo amplio, que se tendía protector hacia los transeúntes, a los que en verano amparaba del ardiente sol y en invierno guarecía de la persistente lluvia, este detalle arquitectónico desapareció de los edificios de la vieja Managua a medida que se “modernizaron” y cuando los seres humanos encontraron de poca o ninguna importancia favorecer de manera gratuita al prójimo.

Si hemos de ser más precisos, esa vivienda estaba frente a la Casa del Catecismo, que era donde yo vivía. Esquina en diagonal estaba la casa de doña Margarita Centeno de Robelo, aquella dama cuyo niño, Gilbertito, murió a consecuencia de un disparo hecho por un guardia nacional. Al frente, en sentido norte, se encontraba la diminuta librería del hermano de “Tortilla”, que así le decíamos a nuestro querido amiguito Eduardo Mejía.

Cuando a mediados de los años cincuenta me tocó vivir en otro sector de la ciudad y abandonar para siempre mi querido barrio de Santo Domingo, ya no volví a ver ni a saber de mis amiguitos, los hermanitos Pérez Fonseca.

Pero hace pocos meses me encontré con Benjamín. Al vernos lo primero que comprendimos es que el calendario no se deshoja en son de broma, y más al leer mutuamente nuestros rostros… — “¿Vos sos Mario Fulvio?” — “Sí, ¿y vos sos de nuevo Benjamín?”… Y comenzamos a platicar aprisa, como locos, tratando de resumir con frases muchos años y distancias.

En la urgencia de retomar el tiempo omitía decir que hoy me encuentro de nuevo pescando añoranzas con mi amigo de antaño, el doctor Isidro Benjamín Pérez Fonseca, Procurador de Derechos Humanos de Nicaragua.

No sé si llamarle “Mincho” a secas, Benjamín, Doctor o Señor Procurador. Me da un fuerte abrazo y me dice: “Decime como te venga en gana y hablemos de aquellos tiempos tan hermosos que vivimos, y de las cosas de las que no hablamos cuando éramos niños”.

Cuánta razón tiene mi viejo amigo. Siendo cipotes jamás se nos hubiera ocurrido preguntarnos sobre fechas y lugares de nacimiento, cuando lo que importaba era hablar de nuestros juegos, de las películas de Roy Rogers, del Peneca y Patoruzito, o de los libros de aventuras que leíamos y que nos facilitaban en la Biblioteca Americana de Nicaragua.

UN ASESINATO MAGNIFICADO POR EL SILENCIO

Cincuenta años después me toca saber que “Mincho” nació el 15 de mayo de 1934. “Me contaba mi madre, doña Alicia Fonseca, que ese año para ella resultó significativo porque meses antes había ocurrido el asesinato del General de Hombres Libres, y ella consideraba ese suceso como algo tenebroso. En ese tiempo vivíamos de La Voz de Nicaragua, situada en la Calle Momotombo, media cuadra al sur”, explica mi viejo compañero.

“¿Entonces, la muerte del general Sandino influenció tu nacimiento?”

“Sí, porque mi madre me decía que ya se presentía en el aire algo terrible, y que durante la noche del 21 de febrero se oyeron disparos en el sector sur de la ciudad y después ráfagas mortales en el lado oriental. La primera fue cuando asesinaron al General y la segunda cuando masacraron a sus acompañantes allá por el Calvario o cerca del Cerro de Chico Pelón”.

Aquel crimen fue magnificado por el silencio, mi madre sintió que el ser que estaba en su vientre daba un pataleo increíble, y ella dentro de su angustia pensaba que podía tener un parto prematuro. Estaba en compañía de una tía porque mi padre estaba laborando en el famoso Club Azotea, en los altos de la Casa Pellas, y un día salía a las seis de la tarde y al siguiente a las dos, tres de la madrugada, de ahí que al verse sola y preocupada por su marido, aquel tiroteo causó en ella honda impresión, según me contó después.

Aterricé o fui desempacado el día en que se celebra a San Isidro Labrador, y por esa razón mi bisabuela, la abuela de mi madre, casada con don Isidro Fonseca, le dijo a su nieta el trece de mayo cuando empezaron los síntomas del parto: “Mirá, hijá, no te preocupés por ahora, que ese niño tiene que nacer el quince para que se llame como mi marido”. Y así fue realmente.

(Este pasaje trae a nuestro personaje recuerdos de su padre, don Benjamín Párez Aráuz, nacido en Nagarote, quien ya adolescente se fue a vivir a León, después a Corinto y por último se estableció en Managua. Era un barman de gran categoría, sabía todos los secretos de esa profesión y eso le permitió trabajar exclusivamente en centros recreativos de lujo, como el Hotel Lupone, el Club Terraza y el Club Managua).

“Recuerdo que al Club Azotea y a los otros clubes exclusivos sólo entraban los que eran socios y cumplían requisitos como, tener mucho dinero, abolengo, padrinos influyentes y ser hijos de papá y mamá. Quizás esto cause risa a los jóvenes de ahora, porque en realidad lo que cuenta en la persona, no es el nombre sino el hombre.

Mi madre, Alicia Fonseca, fue hija de Carmen Fonseca Mora, y me narraba que su padre fue muchos años tenido como uno de los más prominentes líderes obreros de principios del siglo pasado.

“¿Y qué le contaba su abuelo del periodismo de antaño?”

“No, la que me contaba era mi madre. Mi abuelo tuvo una vida muy agitada a pesar de que sólo vivió treinta años, sin embargo peleó, fue desterrado, sufrió. Del periodismo de aquellos años decía que era un quehacer muy calificado que ejercían intelectuales muy serios. Por otra parte, la familia que tenía en su seno un médico o un abogado se volvía de categoría y se ufanaba de eso. Los periodistas eran muy conocidos, muy respetados y respetables, la mayoría eran bachilleres, y ser bachiller en aquellos años era como tener un título de mérito. Había calidad aunque no quizás cantidad”.

RECUERDOS DEL BARRIO SANTO DOMINGO

Los recuerdos que guarda mi amigo Benjamín del barrio Santo Domingo se remontan a la década de los cuarenta. “Una de las cosas que quedó grabada en mi memoria era lo que leía en el diario La Noticia de don Juan Ramón Avilés, sobre los bombardeos nocturnos de la aviación alemana “Luftwaffe” sobre Londres. Las crónicas de la Segunda Guerra Mundial eran sensacionales, pero también leía los hechos nacionales, que Somoza fue aquí, que hizo por allá”.

“Una escena que nunca olvidaré fue la que contemplé una tarde al pasar por el Campo de Marte y vi a honorables ciudadanos alemanes ser exhibidos como animales por el dictador Anastasio Somoza García. Él, muy simpáticamente, muy campantemente, le declaró la guerra a Alemania para capturar a todos los ilustres ciudadanos alemanes que vivían aquí, gente emprendedora, gente de éxito, a los que confiscó y despojó de sus bienes”.

“También recuerdo que las noticias sobre la guerra se miraban en varios noticieros cinematográficos, el llamado “RKO Pictures”, el “Movietone”, “Pathe” y otros.

“Sí, y también que en la misma calle central, cerca de su casa, llegaba Santos Ramírez con su camioneta a presentar películas. Y eso causaba la algarabía de los chavalos”.

“¡Es correcto! Era el famoso Tex Ramírez, una persona muy conocida y muy popular que tenía unas actividades un poco raras en aquellos años. Él daba los primeros pasos de la publicidad con parlantes y exhibía películas en diferentes barrios, y eso era para nosotros un acontecimiento. Mientras, en los cines pagados admirábamos a Clark Gable, Olivia de Havilland, Dorothy Lamour, Gary Cooper, Lloyd Nolan, Esther Williams, Bette Davis y otras estrellas que reinaban, porque sólo cine había y no existía la televisión.

Recuerdo en lo musical que en esos tiempos de guerra surgió el cantante Daniel Santos Betancourt con su famoso bolero “La Despedida”… ‘Vengo a decirle adiós a los muchachos, porque pronto me voy para la guerra’… Y para no olvidar a nuestro vecindario te diré que esa canción sonaba a gran volumen en la rokonola de “La Puerta del Sol” y también en los billares del Indio Máximo Corea, ambos establecimientos en la Calle 15 de Septiembre, de Santo Domingo una cuadra al Sur. Yo fui compañero en el Rubén Darío de Oscar Corea, un hijo del estimado Máximo”.

Otros recuerdos gratos de mi infancia se relacionan con la Iglesia Santo Domingo, con sus dos hermosas torres y en medio de ellas el enorme Cristo con los brazos abiertos, y a sus pies la leyenda “Venid a mí todos”. Esa imagen dominaba el espacio y se miraba desde siete u ocho cuadras de la Calle de Santo Domingo.

Es importante mencionar a los santos sacerdotes que dejaron su huella en nosotros y que nos hacen pensar a estas alturas de la vida que con tales preceptores uno no tiene más remedio que ser decente, me refiero a aquellos gigantes del sacerdocio, los padres jesuitas Roque Iriarte, José O. Rossi, Antonio Atucha, José María Bengoechea, Ignacio Pinedo, Fernández del Campo, el hermano José Meabe y el inolvidable sacristán Francisco de Asís Marenco “Marenquito”, que organizaba los famosos “pases” dicembrinos de doña Inesita, y que desde que tuve uso de razón, siempre lo vi en la iglesia, al servicio de las cosas santas.  

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