Un rincón paradisíaco del “Centro Turístico, Recreativo y Balneario de Tomatoya”.

Jinotega, Blanca Onelia, y el esplendor de Tomatoya

Donde intentamos esbozar, con poca fortuna, un perfil del departamento más bello de Nicaragua, tarea que concluimos al conversar con la Dama de los valles de Saraguasca y de los Tomates, y con la historia del italiano Aliprando Dallatorre y su antiguo molino movido por las aguas del Río San Rafael Mario Fulvio [email protected] Se […]

  • Donde intentamos esbozar, con poca fortuna, un perfil del departamento más bello de Nicaragua, tarea que concluimos al conversar con la Dama de los valles de Saraguasca y de los Tomates, y con la historia del italiano Aliprando Dallatorre y su antiguo molino movido por las aguas del Río San Rafael

Mario Fulvio [email protected]

Se atribuye al viajero inglés Thomas Gage el haber llamado a Nicaragua “El Paraíso de Mahoma”, en un arranque de emoción estética ante las bellezas naturales que descubrió en nuestro país, las que le parecieron únicamente comparables con las visiones idílicas del edén musulmán, rebosante en paisajes paradisíacos, montes, bosques, praderas, ríos, fuentes y lagos iridiscentes, donde las huríes (mujeres de belleza infinita) danzan y se desviven por complacer los deseos de los bienaventurados creyentes que allí residen.

Otro explorador y arqueólogo, el norteamericano John L. Stephens, también emitió frases de admiración por lo que vio y estudió en nuestra tierra, aunque las expresiones más bellas, esmeradas y descriptivas fueron las del diplomático y periodista Ephraim George Squier, que en su libro “Nicaragua, its people, scenary, monuments, and the proposed canal”, relata las peripecias del viaje que realizó por nuestra tierra desde junio de 1849 hasta junio de 1850.

Se dice que como viajero, Squier conoció más de la geografía de Nicaragua, El Salvador y Honduras que los mismos nicas, pipiles y catrachos de aquella época, aunque en lo referente a Nicaragua se puede afirmar que en su mayor parte las descripciones de estos viajeros se refieren a la zona de la costa del Pacífico, dejando casi olvidada la que yo considero es la región divina, el verdadero Paraíso de Mahoma que es Jinotega en su totalidad, aunque puedo conceder en integrar a ese edén la extensa región montañosa de Isabelia, al norte de Matagalpa.

¿CÓMO DESCRIBIR TANTA BELLEZA?

Tendría que ser tarea de otro Squier, de un elocuente Carlos A. Bravo, del sensible Luis Avilés Ramírez o del cantor de Las Sierras, Ramón Sáenz Morales, describir cómo se desvanecen sobre las imponentes montañas jinoteganas todas las gamas del verde; tonos de esmeralda Irlanda cuando el deslumbrante sol cae sobre los bosques y pastos, destacando, allá en las alquerías, las vaquitas blancas que pastan en sosegada quietud y las miriadas de flores y florecillas multicolores que perfuman el purísimo aire.

Si las nubes en su inefable tránsito ocultan por momento al rubicundo Apolo, los rudos picachos y monolitos de piedra, que a pleno sol son de pizarra y cobre, adquieren por instantes tonos de acerado azul que se deslíen al gris cuando son acariciados en sus grietas y ciclópeas protuberancias por los velos desgarrados de la niebla.

Es sublime contemplar el anhelo de los pinos que en competencia con los riscos luchan por alcanzar más altura, o cuando sobre ellos soportan los embates del viento que al atravesar los flecos y pestañas de la gran variedad de coníferas, sale con perfume de resina fresca y vivificante.

Por el fondo de las quebradas, los ríos se deslizan trazando caprichosos arabescos, semejan senderos de azogue que se estrechan o ensanchan entre montes y sabanas, enriqueciendo a su paso las tierras labrantías por donde pululan los campesinos cultivando sus eras de remolacha, repollos, lechugas, brócoli, zanahorias y cualquier otra clase de verduras y legumbres.

En las faldas de los montes florecen los cafetales al amparo de la sombra amiga de robles, caobas y encinas de las que penden blanquecinas cortinas de musgo que bailan suavemente al compás de la brisa, a veces estos árboles se juntan y desde sus copas los helechos dan la sensación de catedrales góticas con columnas adornadas de orquídeas e infinita variedad de flores de colorido y formas exóticas.

Por la noche se escuchan en ese paraíso los infinitos sonidos del silencio, el viento contribuye a esa sinfonía con tonadas y silbos extraños, bajo el cielo azul tachonado de estrellas los hombres duermen en paz acariciados por cálidas frazadas que los protegen de un frío delicioso y proclive al amor.

BLANCA ONELIA, LA DAMA DE TOMATOYA

Era en esta ocasión nuestro interés registrar las bellezas que existen en los 21 kilómetros de carretera que separan a Jinotega de San Rafael del Norte, sin embargo, el pequeño valle de Tomatoya, situado en el kilómetro 176, llamó poderosamente nuestra atención. Ya habíamos bajado del vehículo cuando penetró en nuestros oídos una música delicada y rítmica. Era una mazurquita jinotegana que interpretaban “Los “Soñadores de Saraguasca” y que brotaba deliciosa de un lugar paradisíaco que está a la derecha y que lleva el nombre de Centro Turístico, Recreativo y Balneario de Tomatoya.

Este pequeño complejo turístico aprovecha la belleza del Río San Gabriel para hacerlo pasar por una represa donde los visitantes, sobre todo en el verano, se divierten y bañan al tiempo que degustan platillos típicos de la región.

Entre los jardines y las edificaciones sencillas con que cuenta el local, se mueve habilidosa una hermosa dama, doña Blanca Onelia Dallatorre Herrera, dueña del local.

“Esta propiedad —explica—, era de mi padre, el italiano Aliprando Dallatorre, y de mi madre, doña Santos Herrera, que procrearon doce hijos diez de los cuales aún viven.

El bueno de mi progenitor instaló aquí unos trigales y un molino de trigo que era movido por la corriente del río. La harina era comercializada aquí en Nicaragua y en Honduras, pero la competencia era fuerte y la industria decayó.

“Con el tiempo todos mis hermanos buscaron diferentes destinos y quehaceres, yo me quedé en Tomatoya con el sueño de hacer de este lugar un paraíso turístico, y aquí he trabajado, aquí he puesto esfuerzos y sudores hasta ver estas instalaciones, por cierto no acabadas, que están bajo el amparo de la bandera verde, blanco y rojo de mi amada Jinotega”.

Al caminar desde el Centro Turístico por las riberas del Río San Gabriel el visitante va descubriendo una gran variedad de esplendentes mariposas y flores, un salto de agua de singular belleza y verdes prados que invitan al reposo. El comedor es sencillo pero límpido y hay un pequeño auditorio… ¿y la música?

“Aquí, en esta partecita de Tomatoya, o Valle de los Tomates, damos respetuoso culto a la música vernácula jinotegana interpretada por sus mejores exponentes. En estos prados el diletante escuchará sones, rompecercos, mazurcas, jamaquellos, polcas, sobaqueados, valsecitos, mazurquitas y otros ritmos que pertenecen a la historia y al gusto tradicional de nuestra gente”, puntualiza Blanca Onelia.

Al paisaje que es de ensueño y que hemos intentado describir, Jinotega agrega otro tesoro mayor, la hospitalidad sincera y cariñosa de sus gentes que lo primero que te dicen es lo siguiente:

“Pase usted adelante, ésta es su casa… ¿Quiere usted un cafecito con rosquillas?

Y hay que decir “Sí”, porque tanto cariño espontáneo y tantas bondades no deben ser menospreciadas en estos tiempos donde hasta el amor tiende a ser privatizado.

MUJER “DE ÑEQUES”

Buscando captar las bellas ensenadas y las múltiples isletas del Lago de Apanás, llegamos a un lugar de ensueño fundado y creado por una jinotegana “de ñeques”.

Los hermanos Dallatorre se distinguen por ser inteligentes y creativos y por poseer un amor indoblegable por la bella Jinotega.

La música que ahí se escucha es la recopilada durante varios años en diferentes lugares jinoteganos por Cedric Dallatorre y otros folcloristas del departamento.  

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