Joaquín Absalón Pastora
La intolerancia deteriora a la felicidad humana. Se siente la prisa evolutiva en el mundo pero aún así el fanatismo religioso ejerce su dominio.
La obstinación se siente más en las sectas que en las religiones derivadas de los troncos milenarios. El acto impositivo se realiza “en nombre de Dios” y está justificado por una sola palabra: Dogma.
Las severidades han invadido a Occidente. La penetración lleva en su ropaje los áridos tonos del dolor del sacrificio proyectados en la inocencia y en el desabrigo de los países pobres. La tragedia avasalla a los derechos humanos.
No hace mucho una de tantas sectas preñadas de utopía usó el Internet, agente moderno del bien y del mal, para hacer un ejercicio colectivamente mortal: un líder diabólico de cuyo nombre nadie quiere acordarse consiguió a casi un centenar de discípulos para llenar su templo de sacrificios. Alquiló una aislada mansión en las montañas de California. Los convenció de su verdad absoluta. Los fue mentalmente preparando para que le diera a la estancia de la vida la abreviada categoría de “una escala técnica”. Vivir equivalía a estar unos minutos en el Aeropuerto esperando el vuelo definitivo. Había que morir rápido dejando la existencia en plena juventud porque los astros estaban desesperados.
El encerramiento logró su objetivo: todos se suicidaron con la complicidad de una sábana estrictamente blanca tendida sobre los cuerpos inertes. Todos dejaron mensajes con membretes despachados desde el misterioso espacio donde por fin iban a estar juntos.
El sentimiento religioso no desaparece de la criatura humana. La libertad individual, esencia del liberalismo, valora la trascendencia de ese sentimiento. Si el prójimo quiere pertenecer a una organización religiosa, que lo haga en armonía con su criterio.
Apelamos a la razón cuando concordamos con los parámetros morales, con una conducta afectuosa con el bienestar general sobre todo en el territorio de la marginalidad, aunque la excitación espiritual vea todo eso como un resorte de la materialidad.
Toda esa libertina conclusión no conduce a que los muchos o los pocos tengan derecho a imponer sus creencias radicales, entendiéndose que lo religioso está más allá de la trivialidad pagana.
Llega el momento de comprender con todo lo ocurrido, la necesidad de limitar o cortar a los estados teocráticos cuyos abusos deforman al amor propio y desmantelan a la dignidad.
El autor es periodista.