La irresponsabilidad de SANSA

El entusiasmo duró poco. A escasos 4 meses de haber iniciado operaciones, la línea aérea de “bandera nacional”, Servicios Aéreos de Nicaragua, S.A. (SANSA), ha interrumpido su servicio de vuelos, en perjuicio de cientos de pasajeros que confiaron en ella para viajar a Nicaragua en los días navideños y de fin de año. Muchos de esos viajeros se encuentran todavía varados en Managua sin poder regresar a Estados Unidos. Algunos podrían, incluso, haber perdido sus empleos por no presentarse a trabajar en la fecha que les correspondía.

Desde hace tiempo se venían escuchando quejas de los usuarios de SANSA respecto a retrasos de hasta 10 horas en los horarios de vuelos, y en cuanto al desastroso manejo del equipaje. El colmo de todo este asunto es que hasta la fecha no se sabe a ciencia cierta a qué se debe la suspensión del servicio que, según se dice, reanudarán el día de hoy. Los ejecutivos de SANSA no han dado la cara para enfrentar los justos reclamos de sus clientes, y se han negado a conceder entrevistas a los medios de comunicación. Por su parte, las autoridades nicaragüenses que regulan y supervisan la operación de las líneas aéreas tampoco han sido capaces de explicar lo sucedido.

De lo ocurrido, sin embargo, ya es posible sacar algunas lecciones. La primera de ellas tiene que ver con la falsa creencia de que la economía de un país se beneficia cuando las empresas nacionales reciben un trato preferencial. Se recordará que SANSA pretendió una autorización de parte del Ministerio de Transporte e Infraestructura (MTI) para ser la única línea aérea que pudiera hacer vuelos sin escalas entre Managua y Miami. Las fuertes protestas de otras líneas y de las personas que viajan con frecuencia a esa ciudad impidieron, afortunadamente, que la pretensión de SANSA se materializara.

No existe ninguna justificación para la concesión de tratos preferenciales a las empresas nacionales. Toda intervención del Estado para discriminar en beneficio de unas compañías y en perjuicio de otras, es un uso indebido del poder estatal que se traduce en malos productos y servicios y en perjuicio para los consumidores. En el caso del transporte aéreo de pasajeros, por ejemplo, hay que estar claros de que a la mayoría de las personas lo que les interesa es poder viajar en una línea aérea confiable que les dé un buen servicio en términos de horarios, puntualidad, precios y atención. Poco les importa la nacionalidad de la empresa. ¿De qué les sirve a ellos saber que se trata de una línea de “bandera nacional” si, como está ocurriendo con SANSA, no pueden lograr su propósito de viajar de acuerdo a sus planes entre Nicaragua y Estados Unidos?

La segunda lección que podemos sacar de este asunto es que sólo la competencia —o sea, la economía de mercado— es la única que puede resolver a favor de los usuarios los problemas como el que SANSA ha planteado. En ausencia de competencia, una empresa puede sobrevivir a costa de los usuarios, ya que éstos no cuentan con otras opciones. Pero cuando la competencia amplía las opciones, los usuarios terminan quedándose con las que más les favorecen. Es conveniente tener en mente que sólo el poder estatal puede limitar la competencia y, por consiguiente, el que puede evitar que los consumidores obtengan los mejores productos y servicios al mejor precio posible.

No obstante, el mito del supuesto beneficio del proteccionismo ha demostrado ser más difícil de erradicar que la roya del café. Y no sólo en Nicaragua, sino en toda América Latina. En la Argentina, por ejemplo, algunos empresarios locales están tomando como excusa el desgobierno de los últimos años para conseguir que el nuevo gobierno erija barreras arancelarias y de otro tipo que los protejan contra la competencia, y poder así hacer rentables sus empresas, pero a costa, claro está, del perjuicio de los consumidores que, al final de cuentas, terminan pagando más caro por productos y servicios de inferior calidad.

En Nicaragua no podemos caer en ese error, especialmente ahora que estamos iniciando una nueva era en la que esperamos atraer el capital extranjero a nuestro país.  

Editorial
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