Cristiana Chamorro [email protected]
En un entorno político definido por las malicias del “güegüensismo”, Arnoldo Alemán deja la Presidencia hoy recibiendo honores de instituciones y personalidades como las del designado Ministro de Agricultura, en representación de Upanic, el Presidente de la Corte Suprema, y otros representantes de las “fuerzas vivas”, al mismo tiempo que le dicen al Presidente electo Enrique Bolaños “estamos con usted, pero salga de Alemán, que es una amenaza para el futuro de Nicaragua”.
A pesar del “güegüense”, lo cierto es que el fin de la Presidencia de Alemán se siente como un gran alivio de Año Nuevo, y el traspaso del mando presidencial a don Enrique Bolaños lo celebramos con el optimismo de su legitimidad, un logro importante para cumplir el ofrecido vasto programa de reformas políticas, sociales y económicas, una esperanza que nos permite colocar nuestra mirada en el 2006 y preguntarnos desde ahora, ¿por cuáles realizaciones quisiera el presidente Bolaños ser recordado?.
No es una pregunta prematura porque don Enrique tiene más de diez años de luchar por la Presidencia de la República. Primero, como precandidato de la UNO en 1989, y segundo, porque su reciente candidatura en el 2001 fue la condición que puso en el 96 para aceptar la jefatura de Campaña de Alemán y ser su compañero de gobierno durante los últimos cinco años. Desde entonces, don Enrique ha evidenciado una visión de la Nicaragua que sueña, pero es hasta ahora que podrá contrastar sus soluciones ideales o promesas electorales con las realidades concretas de Nicaragua y su gente.
Su discurso promete transformar el sistema de corrupción impuesto por Alemán, cambiar el rumbo político, despartidizar el gobierno, reconstruir la institucionalidad, es decir, desmontar lo andado en la Vicepresidencia junto al ex presidente Alemán y volver al camino de consolidar una sociedad democrática emprendido por la ex presidenta Violeta Chamorro en 1990 que le entregó el poder en enero de 1997.
Por su trayectoria y sus palabras asumimos que el cambio más drástico va a ser la transición de un estilo de gobierno autoritario, corruptísimo, sectarista y represivo, como fue el de Alemán, a uno más abierto a la pluralidad, la transparencia, el respeto de la Ley y los derechos ciudadanos. La vigencia de Alemán en la Asamblea Nacional, con un notorio poder político y económico confrontando al del nuevo Presidente, es sólo una expresión de esa lucha de liderazgo que va a marcar los ánimos sobre el futuro del país, del presidente Bolaños y su gobierno.
Don Enrique, por ser originario de la empresa privada, un ingeniero y no un político de profesión, mantiene un prestigio de buenas intenciones y aires de inocencia a su alrededor. Es éste un activo valioso pero a riesgo de ser percibido con un limitado don de mando y ambigüedad en el ejercicio de su autoridad; una percepción que por otra parte, contrasta según sus más allegados, con un carácter fuerte de terquedades e intransigencias que compensa su aparente debilidad. Otros pensamos que su convivencia con Alemán durante cinco años le dio la medida de su autoridad moral frente al poder barbárico del ex presidente, y con ese aprendizaje podrá manejar el conflicto, aunque no evitarlo porque es una condición del cambio ofrecido.
Por ahora, sólo la acción diaria del presidente Bolaños nos va a revelar otras interrogantes sobre el nuevo liderazgo presidencial y entre éstas nos preguntamos: ¿cómo es que el nuevo Presidente va a manejar las relaciones entre el Poder y la sociedad? ¿su acción gubernamental va obedecer a un plan nacional articulado con los miembros de su gabinete, a improvisaciones o a la suma de varios proyectos individuales? ¿de qué manera se va a poner de acuerdo con sus electores y la oposición sobre las prioridades de la acción estatal? ¿piensa reconstruir la institucionalidad con una visión de dos a uno? ¿cómo va a rendir cuentas y comunicarse con su pueblo? En síntesis, ¿cuál va a ser su arte de magia política para mantener el consenso alrededor de su gobierno y terminar en el 2006 con un legado importante?
Para hablar de un posible legado del presidente Bolaños hay que reconocer los dos elementos condicionantes del electorado que le dieron la victoria en los comicios. Primero, el de impedir que Daniel Ortega volviera al poder, y segundo el voto de confianza que se le dio después de abjurar en privado y en público la vergüenza que sentía por Arnoldo Alemán. En conclusión, las elecciones fueron un diagnóstico en contra de los dos caudillos y el señalamiento de una responsabilidad histórica para un Presidente al que quisiéramos recordar como un estadista que corta de raíz la cultura caudillista en Nicaragua.
Desde ahora es necesario una toma de posición clara sobre ese mandato mayoritario del electorado nicaragüense. Pensar en la no reelección de quienes han sido presidentes bien puede ser una reforma a la Constitución y a la Ley Electoral para abrirle paso a la modernización política. No es simplemente llamar a la lucha contra la reelección de Alemán, que además implicaría la no reelección de Ortega, de don Enrique o doña Violeta, quien ya es una referencia. Se trata de ponerle fin al continuismo de un sistema político agotado en el culto al “hombre”, el clientelismo, la prebenda, la impunidad y la amenaza permanente.
Naturalmente es un tema que puede alinear a Ortega y Alemán frente a Bolaños, pero como dijo una vez mi padre, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, asesinado hoy hace veinticuatro años, en quien pienso al escribir este artículo: “La no reelección de presidentes puede juntar en su seno diversas corrientes de opinión pública, unas por historia y otras por la urgencia del presente que necesita urgentemente debilitar el poder caudillista”.
Hagamos un trato, don Enrique, se remanga las mangas y nosotros lo apoyamos en la construcción del legado político que le confió el pueblo de Nicaragua.
La autora es periodista .