¿Por qué hay tanta corrupción?

Sergio Vélez Astacio

“No has de aceptar un soborno, porque el soborno ciega a hombres de vista clara y puede torcer las palabras de hombres justos” (Exodo 21:08).

Hace tres mil quinientos años, la ley de moisés condenó el soborno. A partir de entonces, se han multiplicado a lo largo de los siglos las leyes contra la corrupción, si bien no han logrado ponerle freno. Todos los días se pagan millones de sobornos, y miles de millones de personas sufren las consecuencias. La corrupción está tan extendida y es tan compleja que amenaza con socavar la misma estructura de la sociedad. En algunos países casi no se puede hacer nada a menos que se dé dinero bajo mano. Entregar un soborno a la persona indicada permitirá aprobar un examen, obtener el permiso de conducir, conseguir un contrato o ganar un juicio. “La corrupción es como una densa niebla de contaminación que desmoraliza a la gente”. Inevitablemente, quienes más sufren la corrupción y los estragos económicos a que ésta da lugar son los pobres; que casi nunca están en condiciones de sobornar a nadie. Como dijo sucintamente The Economist “la corrupción no es más que una forma de opresión”.

¿Cuáles son las causas de la corrupción?

¿Por qué deciden las personas ser corruptas, en lugar de honradas? Para algunos quizá sea la manera más fácil de conseguir lo que quieren, si no la única. El soborno puede ser a veces una manera cómoda de eludir el castigo. Mucha gente observa que los políticos, los policías y los jueces parecen pasar por alto la corrupción o hasta practicarla, por lo que sencillamente siguen su ejemplo.

Al aumentar la corrupción, se hace más aceptable, hasta que al final se convierte en un modo de vida. La gente que cobra salarios muy bajos llega a creer que no les queda otra opción. Tienen que pedir sobornos si quieren vivir decentemente. Y cuando no se castiga a quienes obtienen o pagan sobornos para conseguir una injusta situación de ventaja, son pocos los que están dispuestos a ir contra la corriente. “Por cuanto la sentencia contra una obra mala no se ha ejecutado velozmente, por eso el corazón de los hijos de los hombres ha quedado plenamente resuelto en ellos a hacer lo malo”.

Hay dos fuerzas poderosas que siguen alimentando el fuego de la corrupción: el egoísmo y la avaricia. Como consecuencia del egoísmo, los corruptos pasan por alto el sufrimiento que causa la corrupción a otras personas, y justifican los sobornos sencillamente porque les benefician. Cuántos más beneficios materiales obtienen más avariciosos se vuelven. “Un simple amador de la plata no estará satisfecho con la plata —observó Salomón— ningún amador de la riqueza con los ingresos”. Cierto: la avaricia puede ser buena para ganar dinero, pero siempre cierra los ojos a la corrupción y la ilegalidad.

Otro factor que no debe pasarse por alto es el papel del gobernante invisible del mundo, a quien la Biblia identifica como Satanás el Diablo. Este fomenta activamente la corrupción. El mayor soborno del que hay constancia fue el que él ofreció a Cristo. “Te daré todos los reinos del mundo si caes y me rindes un acto de adoración”.

Sin embargo, era imposible corromper a Jesús y él enseño a sus seguidores a imitarle. Quienes adoran a Dios con sinceridad tienen más razones para rechazar la corrupción. “El rey con la justicia afianza la tierra — escribió Salomón—, pero el hombre que acepta soborno la destruye.”

La justicia afianza el país, en especial cuando la practican desde el funcionario más elevado hasta él más bajo, mientras que la corrupción la empobrece.

Es digno de mención que la revista Newsweek señaló lo siguiente: “En un sistema en el que todo el mundo desea un pedazo del pastel de la corrupción y sabe cómo conseguirlo, la economía sencillamente se derrumba”.

Cada uno de nosotros puede sembrar la semilla de la rectitud negándose a tolerar o practicar la corrupción.

Todos reconocemos que el costo del soborno es alto. Los sobornos debilitan el buen gobierno, dañan la buena marcha y el desarrollo de la economía, distorsionan el comercio y perjudican a todos los ciudadanos de este país. Por lo tanto, debemos los nicaragüenses combatir sin tregua para erradicar la corrupción que tanto daño últimamente nos ha hecho a funcionarios muy caracterizados y típicos representantes, de ese germen maligno.

El autor es Especialista Tributario

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Editorial
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