José Antonio Peraza Collado
Estoy seguro que la muerte de pablo antonio Cuadra a va desatar múltiples comentarios sobre su obra literaria, sus posiciones políticas a lo largo de nuestra turbulenta vida política, así como sus diferentes facetas en su rica y productiva vida. Sin embargo, yo quiero destacar no al Pablo Antonio que fue, sino su guía espiritual durante mis años de exilio a través de su lectura casi sin conocerle personalmente.
Él fue para muchos de nuestra generación inspiración ante la adversidad y un faro de esperanza y confianza ante las duras realidades que hemos tenido que vivir. Aquí destaco mis preferencias no la trascendencia literaria de su obra.
Una de las vertientes que más me fascinaron del poeta fue su profundo amor a Nicaragua pero principalmente su vena crítica sobre nuestro actuar político. Ya desde sus primeros escritos nos advertía de nuestros involucramientos fratricidas: “Yo pelié con don Gil en la primera guerra nicaragüense. De muchacho era indio, y español y al unísono me herían” (…) Más tarde…el Orden con el Rey, y fui colgado; la Aventura —demócrata— a empellones de alegre libertad y …¡fusilado!. […] ¡Bicéfalo ataúd llena mis restos, pues cuando quiero libertad me mato y cuando tengo libertad me muero!”.
De la misma manera, nos advertía como la dictadura quiso apresar sus sueños confundiendo el orden con el temor: “injurias me despertaron a la orilla de la cama. Mirad —dijeron— allí duerme el soñador, matémosle, así veremos de que le sirven sus sueños”. Pero el poeta definió nuestros sueños evocando sus filias botánica en el poema la Ceiba y precisó dos actitudes fundamentales en los nicaragüenses: unos “tomaron la ruta de los buitres y quebrantahuesos que viven de la carroña y desde la altura sólo ven la muerte” y otros incluido él “tomaron la ruta de las águilas y cóndores, la más alta, la que sólo es cruzada por las mariposas y por los pensamientos de los pensadores. Porque para él donde este árbol nace “es el centro del mundo. Lo que tú ves desde su copa es lo que tu corazón anhela” y “con el algodón liviano y sedoso de su fruto tu pueblo fabricó sus almohadas donde reclina su descanso y elabora sus sueños”
En la década de los ochentas el poeta está triste ante tanta barbarie y calla ante la mentira, mientras reflexiona, pues sabe que le mienten. “Necrófilos volvieron de la guerra convirtiendo a sus caídos en astros. ¡Ya no son como antaño! Y elevándose sobre la Ceiba como un chinchiltote pregunta: ¿Por qué han hecho que la Patria pese como un féretro? Y con voz de abuelo sabio contestó: “No escucharon a Hesiodo, el labrador. No trajeron los alisios la prudente voz de los trabajos y los días”; por lo tanto, hemos permitido “a los voraces peces, a las fieras feroces y a las aves de rapiña devorarse entre sí porque carecen de justicia”.
Sin embargo, el poeta también cantó al amor, al amor nicaragüense en su poema Jocote. ¿Por qué amor con nacionalidad?. Porque la nicaraguanidad está compuesta, al igual que el Jocote, por la dualidad. “En el principio eran dos árboles: el uno creado por el sol y el otro por la luna el uno extraía del sol el secreto de la acidez y el otro extraía de la luna el misterio de la dulzura. … Por eso el amor nace en esta tierra cuando los jocotes dan sus frutos…” y el poeta nos recomendaba que lo sembráramos en nuestros caminos, en nuestra historia porque abre y cierra heridas: “Las cierra con su corteza cuando son heridas de guerra. Las abre con sus frutos cuando son heridas de amor”.