- Donde narramos las peripecias de una conversación con doña Josefa Blandón Cantarero, sanrafaelina de cepa, y de cómo logramos tener un relato interesante sobre la vida y personajes claves de la tierra de Blanca Segovia
Mario Fulvio EspinosaEspecial para LA [email protected]
Acatando la orden de “Creced y multiplicaos” que nos diera el Supremo Hacedor, Wilfredo Blandón Solano y su esposa Carmela Cantarero comenzaron, allá por los años treinta, una asombrosa producción de hijos. Engendraron 24 vástagos que llegaron al mundo “con un pan bajo el brazo”, expresión que da a entender que todos ellos gozaron de amor filial y de las privaciones propias de aquel San Rafael del Norte que por aquellos años era cuartel de Sandino y núcleo de la lucha contra la intervención norteamericana.
El primer retoño fue una mujercita, Josefa, hoy convertida en la honorable dueña del “Comedor Chepita”, donde según afirma, “se come lo mismo que hay en todas las casas del pueblo, pero cocinadas con mucho cariño y buen gusto”.
Afirma con toda simpleza que sus padres fueron prolíficos por pura honestidad. “Entre ellos no hubo marrullas ni el temor a tener hijos. Por otra parte eran muy trabajadores y podían proteger a su prole”. Pero ya hablando con franqueza, señala que hubo un desliz de su papá que floreció en una media hermana “a la que queremos como si fuese de padre y madre”.
“Mi papá era de San Rafael y mi madre de Jinotega. De los 24 hijos que tuvieron, 16 están vivos y cada uno ha buscado la vida en distintos lugares, como Wiwilí, Pantasma y otros lugares, donde poseen fincas y tienen sus hijos”.
«ESAS COSAS SON MUY REMOTAS»
Al principio doña Chepita demostró ser una mujer cautelosa e intentó responder con monosílabos a nuestras interrogantes. “Esas cosas que me pregunta son remotas don, para qué se las voy a contar si son de los años de marras, porque yo soy más vieja que qué, y eso lo estoy contando desde que anduve a gatas”.
Pero poco a poco esta señora blanquita, de cabellos canosos, va entrando en confianza. Apunta que estudió hasta sexto grado en la Escuela Ángela Cisneros, pero hubo un día en que su padre la emplazó. “Me dijo que qué prefería, seguir estudiando o quedarme trabajando en la casa. Yo le dije que prefería quedarme en la casa ayudando, pero tengo hermanos profesionales, pero la mayoría trabaja en la agricultura”.
– ¿Por qué le gustó tanto, entre los trabajos del hogar, el quehacer de la cocina?
– Porque desde mi niñez trabajaba en la cocina con mi mamá. Cocinábamos no sólo para la familia sino para un montón de mozos trabajadores… Y después fue mi gusto quedarme con este comedor para también satisfacer mis necesidades, este quehacer lo he cumplido muy honestamente y con mucho trabajo.
– ¿Eso quiere decir que es usted una persona muy conocedora de la cocina jinotegana?
– De Jinotega no porque no la visito, yo no hago visitas. Yo de aquí no salgo.
– ¿Quién le enseñó el arte de cocinar?
– Eso se aprende en el camino. Ahora hay muchas facilidades, pero cuando yo empecé se cocinaba con yerbas, con la chicoria, con la hierbabuena, con el tomate. Para tener un negocio como éste se debe tener cariño al cliente, saberlo tratar, verle la conformidad y que lo traten bien a uno. Y si es en la cocina uno le busca los laditos. No es necesario que usted tenga galones de una cosa y montones de otra, sepa cocer los frijoles, sepa darle el punto cuando le ponga la sal, sepa hacer las cosas, así se va aprendiendo. Yo no necesito de libros ni de recetas.
– ¿Cómo es la vida en San Rafael?
– Tranquila, pacifica y aburrida. Yo no le sé decir mucho porque no salgo de mi casa.
– ¿Qué añora de aquellos viejo tiempos?
– Añoro aquella tranquilidad de cuando era pequeña. Existían menos comodidades, pero parece mentira, uno vivía mejor aunque fuera muy pobre San Rafael. En la actualidad de trabajar se trabaja, lo que pasa es que ahora hay algunas facilidades, antes no había cocinas eléctricas ni licuadoras, todo se trabajaba rústicamente.
– ¿Era la gente más buena antes que ahora?
– Todo depende. Para mí es igual. Siempre hay buenos y malos, así es la humanidad.
– ¿Se casó usted?
– Pues sí, tengo dos hijas mujeres.
– ¿Por qué no siguió el ejemplo prolífico de sus padres?
– Desagraciadamente me castigó Dios. Porque me castigó, fue un castigo y le reclamo, porque si me hubiera dado siquiera cinco, seis o siete hijos yo me sentiría más acompañada. Porque mis hijas no viven conmigo, viven pendientes de sus trabajos y si nos llamamos por teléfono eso no quiere decir que vivan conmigo.
– De todas maneras chepita, tener muchos hijos ahora resulta más caro que antes.
– Eso si es cierto. Pero yo le digo una cosa, Dios pone la llaga pero también da la medicina. Mi papá nos llevaba en su caballo donde el médico, y eso no costaba nada, ahora vamos en carro y hay que pagar buenos reales. Así es todo, todo es relativo. Mi papá curaba su ganado con medicamentos caseros, ahora no, una “cacastosa” que tenga uno cuesta carísimo curársela.
– ¿Chepita, y no has pensado en agrandar el negocio?
– Pues no, porque así he estado conforme en más de cincuenta años que tengo de estar en esta carambada, y ahora que ya estoy más para allá que para acá, qué gano con hacerlo. Yo deseara mejor irme a vivir afuera, a una finca, a una hacienda…
– ¿A Miami?
– A Miami no, a ésta mi Nicaragua.
EL INFALTABLE SANTO ODORICO DE ANDREA
– ¿Conoció usted al padre Odorico de Andrea?
– Perfectamente. En lo personal era un señor muy respetuoso. Muy cariñoso. Yo lo conocí desde el día en que vino. Era morenito, recio. Vivió muchos años aquí y aquí murió.
– ¿Dicen que realizó aquí muchas obras de progreso?
– Bueno, usted puede palpar. Vaya y pregunte quién hizo las obras una por una. Quién hizo el Centro de Salud, quién hizo el Instituto, él era sacerdote, él era médico, él era el consejero de toditito el pueblo y padre de todos los pobres. Aquí vino bien joven pero no le puedo dar fechas. Era más de Dios que de la tierra.
– ¿De que murió el padre Odorico?
– Podemos decir que de un infarto, empezó mal un día como hoy, pasó mal la noche pero él decía que se sentía bien, a mí no me va a pasar nada, decía. Los hijos del pueblo intentaron llevarlo en brazos donde el doctor, pero el no quería hasta que aceptó a eso de las cinco de la mañana, a esa hora ya habían venido otros sacerdotes compañeros de él que se lo llevaron a Matagalpa, al Convento de San José, ahí falleció como a las nueve de la mañana del mismo día.
– ¿Que sintió San Rafael cuando supo la muerte del padre Odorico?
– ¡Ay! Eso no se lo puedo decir porque no quiero recordarlo ahorita que estoy un poquito nerviosita y recordar eso no tiene nombre, dicen las leyendas que uno lee en los viejos libros, que sólo cuando murió el Señor se sintió lo que sentimos en San Rafael con la muerte del padre Odorico. Créamelo que así fue y el pueblo lo demostró cuando se supo la muerte del Padre. Hay crónicas sobre lo solemne de los funerales, eso no puede narrarse. Cómo fue la concurrencia, cómo fue el dolor de la gente, cómo fueron los lagos de lágrimas que derramó y derrama todavía nuestro pueblo.
UNA DAMA DE ABOLENGO
¿Dónde sirven la comida más sabrosa y más barata en este pueblo? Preguntamos a varias personas
-Aquí lo mejor es el comedor de doña Chepita, allá en la calle real, casi al final, nos contestaron
-Y henos aquí frente a esta dama de abolengo culinario, cuyos secretos son difíciles de entender precisamente por su sencillez