Luis Sánchez Sancho [email protected]
En diciembre de 1995, después de viajar a Egipto escribí para La Prensa Literaria el artículo “El Niño Jesús en El Cairo”, sobre una visita que hice al lugar donde se alojó la Sagrada Familia cuando llegó hasta allí huyendo de la matanza de infantes ordenada por el malvado rey Herodes el Grande, y donde ahora hay un templo cristiano considerado como el más antiguo del mundo.
Como es conocido, el Evangelista Mateo narra que cuando nació Jesús llegaron a Jerusalén “unos sabios del Oriente que se dedicaban al estudio de las estrellas, y preguntaron: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos salir su estrella y venimos a adorarlo”. Herodes se inquietó mucho al oír eso y “mandó a matar a todos los niños de dos años para abajo que vivían en Belén y sus alrededores..”. Pero antes de la matanza, “cuando ya los sabios se habían ido, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto’…”. Lamentablemente, el Evangelio de Mateo, que es el único que menciona a los sabios de Oriente, no dice más nada sobre ellos.
En agosto del año pasado, durante un viaje por Alemania visité la ciudad de Colonia y fui a ver su catedral gótica de fama mundial, construida en el siglo IX, en la que según la tradición se guardan los huesos de los sabios de Oriente. En dicha catedral se cuenta a los visitantes que a principios del Siglo IV, Santa Elena, madre de Constantino el Grande —quien desde su conversión se dedicó a buscar reliquias cristianas y se dice de ella que encontró la Cruz de Jesucristo—, halló los restos de los Reyes Magos en tres distintos países, y los llevó a Constantinopla, donde estuvieron durante tres siglos, hasta que fueron trasladados a la iglesia de San Eustorgio, en Milán, donde permanecieron otros quinientos años.
En el Siglo V, el Papa León I pontificó que eran tres los sabios del Evangelio de San Mateo (a los que en el Siglo III el historiador cartaginés Tertuliano los llamó por primera vez como “Reyes Magos”), puesto que fueron tres los regalos que llevaron al Niño Jesús: oro, incienso y mirra. Mucho después, en 1164, el príncipe y arzobispo de Colonia, Reinald von Dassel, se apoderó de los restos de los Reyes Magos cuando las tropas germanas del emperador Federico I, “Barbarroja”, asaltaron y saquearon Milán. Las reliquias fueron llevadas a Colonia y depositadas en un sarcófago, dentro de la Catedral, que desde entonces está a la vista del público.
Pero, ¡atención!, en Suleymanya, una remota ciudad kurda de Irak donde según la tradición oriental nacieron los tres Reyes Magos, hay una tumba que es venerada por los nativos y muy visitada por los turistas, en la que supuestamente también reposan los restos de los tres sabios de Oriente mencionados en el Evangelio de Mateo.
¿Cuál de las dos tumbas es la verdadera? Nadie lo sabe y probablemente nunca se sabrá. Pero lo más importante es el significado del episodio de la adoración de los Reyes Magos, es decir, la difusión del cristianismo a todos los pueblos y culturas, y por todos los tiempos, lo cual constituye la base del ecumenismo y la tolerancia entre las diversas creencias.