León Núñ[email protected]
Los analistas políticos de Acoyapa, citando fuentes cercanas al Vaticano, me revelaron los pormenores de la entrevista que sostuvieron Su Santidad el Papa Juan Pablo Segundo y el doctor Arnoldo Alemán Lacayo.
Me dijeron que don Arnoldo, hincado y con cara de sufrimiento, le manifestó al Papa que ha sido víctima de una sucesión ininterrumpida de calumnias; que todas estas calumnias se debían a la envidia que le tienen algunos nicaragüenses no solamente por el éxito político que ha alcanzado sino también por su extraordinaria habilidad para los negocios.
Después de hablarle de los grandes recursos económicos que en materia de salud pública tendría que gastar el gobierno de Nicaragua si “la envidia fuera tiña…”, el doctor Alemán puso de relieve dos cosas: la primera, su genialidad para hacer dinero y la segunda, su acrisolada honradez.
A este respecto, los analistas políticos acoyapinos me contaron que don Arnoldo había expresado que desde chiquito había sido una persona “honrada a carta cabal”, no sólo por sus arraigadas como profundas convicciones morales y místicas sino por razones físicas, pues los mecanismos eléctricos de su cerebro le impedían enamorarse de lo ajeno; que los intercambios de electrones entre las neuronas y la relación de las funciones de contacto entre las terminaciones nerviosas de su cerebro hacían que su honradez estuviera estrictamente determinada como la de cualquier otro sistema natural. Es más, que hasta podría decirse que su honestidad formaba parte de la función orgánica de su cerebro.
El Papa, poniéndole su mano derecha sobre la mollera, le dijo que se levantara, que “parara de sufrir”; que tenía razón de sentirse dolido ante tanta calumnia. Pero que no se preocupara, porque la Santa Sede cree en su honradez, la cual se le nota a simple vista. “Se le nota a la legua”, diríamos en Chontales.
Dicen los analistas políticos de Acoyapa que en este momento el Papa le pidió al doctor Alemán que le comentara la declaración del Contralor Luis Ángel Montenegro sobre su antigua labor de vendedor de huevos.
Dicen que don Arnoldo poniéndose rápidamente de pie le expresó al Papa que precisamente el señor Montenegro es el nicaragüense que le tiene más envidia, pero que a decir verdad, los que le tienen envidia constituyen una minoría en Nicaragua, minoría que aunque haga mucho ruido no deja de ser una minoría, porque la realidad es que la mayor parte de la población lo ama, lo cual se comprobó limpiamente el pasado cuatro de noviembre, día en que el pueblo nicaragüense, a juicio de don Arnoldo, votó masivamente por el PLC, voto, que según él, debía interpretarse como una “bendición a su comportamiento ejemplar en la Presidencia de la República”.
El doctor Alemán continuó diciéndole al Papa que la “declaración de los huevos” había sido una “bandidencia subliminal” de Luis Ángel Montenegro para que el pueblo relacionara inconscientemente la actividad de vender huevos con el verbo “hueviar”, de tal manera, que por una para-calumniosa asociación de ideas de orden psiconeurolingüístico la gente llegara a pensar que él se había hueviado muchísimos millones de dólares pertenecientes al pueblo nicaragüense.
Don Arnoldo después de haberle demostrado al Papa su honradez con el testimonio de su propia conciencia —la conciencia de don Arnoldo— y con su incapacidad cerebral (y manual) para apropiarse de lo ajeno, le informó al Pontífice que él siempre había sido un hombre adinerado, que había heredado de su padre una gran fortuna, la cual había sabido multiplicar honradamente, y que por esta razón él andaba siempre con la frente en alto y que podía mirar con orgullo —cara a cara— a cualquiera, sin bajarle a nadie la mirada.
Al finalizar la entrevista el doctor Alemán se volvió a conmover, y con la mirada llorosa, pero sin que se le saliera el líquido lagrimoso de las cuencas de sus ojos, le pidió al Pontífice que le diera la bendición —que cuidado se equivocaba con la extremaunción— y que santificara a Sor María Romero. A todo esto el Papa accedió.
Después de esta entrevista y de la reunión del Papa con la familia reinante, don Arnoldo dispuso su retorno a Nicaragua, trayendo entre otras la histórica fotografía de esa reunión que publicó LA PRENSA en primera plana, fotografía que me hizo recordar el cuadro “Carlos IV y su familia” de Goya, el clásico pintor español.
El doctor Alemán regresó con la bendición papal, y para mayor dolor de los envidiosos, regresó con el orgullo de haber conseguido la promesa de Juan Pablo Segundo de hacer santa a una nicaragüense: Sor María Romero.
Un diputado que daría la vida por Alemán comentó a los analistas políticos de Acoyapa que la visita al Vaticano había significado un espaldarazo completo del Sumo Pontífice al Presidente de Nicaragua, pues ahora don Arnoldo, con las bendiciones recibidas, del pueblo y del Papa, se apresta a gobernar este país desde la Presidencia de la Asamblea Nacional para mientras lo hace nuevamente a partir del 10 de enero del año 2007 desde la Presidencia de la República.
El autor es abogado y escritor.