- La historia del más grande boxeador de todos los tiempos
Agencias
Érase una vez un boxeador de piel morena, de ancestros esclavos, que desafió al país más poderoso del mundo… y salió con la mano en alto.
Pareciera el inicio de una fábula o de un cuento de hadas.
Pero, al existir Cassius Clay o Muhammad Alí, se trata de un caso real.
Ese reto cobra dimensiones fantásticas proviniendo de un individuo de color, contra los Estados Unidos de América, especialmente en una época —década de los sesenta— en que el racismo campeaba en cada población de ese país.
Posiblemente nada sería igual para Alí de no ser porque, todavía con la gloria olímpica fresca, comprobó en carne propia la segregación racial.
Luego de ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1960, en Roma, el mito señala que la arrojó al río Ohio en señal de protesta porque le negaron servicio en un restaurante “para blancos” apenas dos semanas después de recibir un homenaje.
LA PELÍCULA
Flotaba como mariposa, picaba como abeja; inteligente, calculador, rápido, contundente, valiente. Así era en el ring.
Nació el 17 de enero de 1942, en Louisville, Kentucky. Sus padres: Cassius Marcellus Clay, quien le heredó el nombre que 22 años después el controvertido púgil abandonaría al calificarlo como “de esclavo”. Su madre: Odessa Lee Grady Clay.
Su ingreso al boxeo fue circunstancial y ocurrió cuando a sus 12 años de edad sufrió el robo de una bicicleta y, en pos del ladrón a quien ansiaba poner las manos encima, se encontró con Joe Martin, un gendarme de Louisville, quien administraba un gimnasio. De ahí saldría a ganar los Guantes de Oro.
Tenía la boca tan floja que le llamarían “The Louisville Lip” (Labio Grande).
Era natural que obtuviera su pase a los Juegos Olímpicos de Roma de 1960, donde causó asombro al hablar como enervado y confirmar sus frases con una combinación de danza y fulgurantes ataques en el ring que lo llevaron a la captura del oro en peso semi completo.
En octubre de ese mismo año debutó como profesional. Su primer entrenador en ese terreno lo fue Fred Stoner, pero el verdadero mago en su esquina lo sería Angelo Dundee, quien le pulió cada una de sus cualidades.
Pronto Alí causó nueva sensación al vaticinar el round en que noquearía a sus rivales, además de reiterar que era “el más guapo”.
Aunque ganó, sus visitas a la lona en sus peleas contra Sonny Banks y Henry Cooper fueron quizá debido a sus desplantes de bajar las manos hasta sus muslos (en 1973, en una demostración de coraje, soportó los 12 rounds completos contra Ken Norton, pese a tener la mandíbula fracturada). La pelea con Norton la perdió por puntos, pero meses después se cobraría la afrenta.
Desde su etapa de novato profesional simpatizaba con el Islam, inspirado por el líder negro Malcom X, asesinado después de su coronación como rey pesado.
Era tan popular, que el mismísimo inmortal cuarteto de Liverpool, Los Beatles, fueron a verle entrenar una semana antes de su hazaña contra Sonny Liston, el entonces rey de peso pesado que era súper favorito. Desde el pesaje, ante rostros incrédulos que le presagiaban una cita con el nocaut, Clay gritó locura y media. Entre tantas otras cosas llamó “Oso feo” a su rival.
“¡Soy el más grande!”, reclamó, después de que Liston, humillado e impotente, abandonó la pelea al arranque del séptimo round, el 25 de febrero de 1964, en Miami.
El 6 de marzo del mismo año anunció ante el mundo que dejaba el nombre de Cassius Clay para adoptar el musulmán de Muhammad Alí.
El 25 de mayo de 1965, en Lewiston, Maine, tuvo lugar la revancha contra Sonny Liston, al que volvió a derrotar, ahora con un nocaut tan fulminante apenas al primer minuto de acción, que durante un tiempo se habló de un golpe fantasma.
Después de eso, aceptó el reto del ex campeón Floyd Patterson, al que castigó por continuarle llamando Cassius Clay. Fue un golpeo cruel, sistemático para no noquearlo prematuramente, durante 12 episodios.
EL “NO” FAMOSO
El “no” más famoso en la historia del reclutamiento de Estados Unidos tuvo efecto el 25 de abril de 1967, en Houston.
El llamado del Ejército era algo que nadie se atrevía a desafiar. Y el hacerlo le costaría perder lo que los expertos consideran que pudieron ser los tres mejores años de su vida como deportista, lo mismo que sueldos que hubiesen sumado millones.
La condena fue de cinco años de prisión y aunque no los pasó tras las rejas, el retiro de su licencia le marginó de la práctica del boxeo y por ende le hizo perder su título mundial.
Victoria un tanto pírrica, con pérdidas severas en lo personal, pero que le alzó como el único desafiante del poderío estadounidense que sobrevivió para contarlo.
Fue el 28 de junio de 1970 cuando, con los estragos causados en la economía y en vidas humanas en esa nación por el conflicto en Vietnam y con miles de voces pidiendo el retiro de Estados Unidos de esa guerra, la Suprema Corte de Justicia resolvió absolverle de todos los cargos. ¡Podía volver a pelear!
Boxísticamente hablando, sus facultades físicas podrían haber sufrido oxidación, pero su lengua continuaba tan rápida y ocurrente como siempre.
Además tenía en contra aquella frase críptica de “Ellos nunca vuelven”, en referencia a que ningún campeón mundial pesado había podido recuperar el trono luego de haberlo perdido.
REGRESO ESPECTACULAR
Su regreso fue espectacular. El 26 de octubre de 1970 liquidó en tres asaltos a Jerry Quarry y enseguida procedió a tumbar al argentino Ringo Bonavena, con lo que quedó listo para desafiar al campeón reinante Joe Frazier, el 8 de marzo de 1971, en Nueva York. Fue la primera de tres peleas clásicas entre ambos guerreros y en esa cita inicial todo se decidió en el round 15, cuando Alí fue a la lona, lo que le costó perder por puntos.
Para quien esto escribe, eso fue solamente para probar que Alí era un ser terrenal (luego asestaría dos rotundos reveses a Frazier), porque el 30 de octubre de 1974, en Kinshaha, Zaire, consumó la hazaña de destronar al gigante George Foreman, al que noqueó en ocho rounds en una pelea que, paralelamente, dio comienzo a la increíble trayectoria de Don King como promotor.
Se afirma que Alí cedió el título “a voluntad” contra Leon Spinks, al que venció en un segundo pleito para convertirse por tercera vez en monarca pesado.
Lo cierto es que, aun retirado (en 1986 se le detectó el mal de Parkinson), continúa como símbolo sagrado del deporte en Estados Unidos. En Atlanta-96, además de ser el último portador de la flama olímpica, recibió una medalla “como reposición” a aquella de Roma-60, que según él, no sabe dónde quedó.