Iniciemos la civilización del amor

Migdonio Blandón

Desde el principio de los tiempos, Dios ha dado al ser humano, como criatura suya, entre sus mayores dotes, la inteligencia. Por la que también, como Padre amantísimo, de diferentes formas orienta a cada uno de sus hijos al conocimiento de su origen y la razón de su existencia (que sin Él, es difícil de entender); y, la libre opción de forjar su destino, con la potestad de ser creador por excelencia. Lo que bien utilizado, mejora los ambientes.

Pero si desconociendo al Creador de todo lo que existe, llenos de soberbia y egolatría, concentrados en el fuero interno, queremos abarcar cuanto podemos sólo para satisfacción propia, caemos en fatal desviación que destruye la paz interior, asfixia el amor y deteriora más que satisface. Sin embargo, en el mundo ha habido grandes avances que en parte lo han mejorado.

Según la teoría filosófica evolucionista de Darwin y otros, la civilización comenzó cuando el hombre cavernario, dejando el garrote y usando la inteligencia, fue aprendiendo a comunicarse y entenderse con sus congéneres, intercambiando bienes e inquietudes. Aceptar tal hipótesis es desconocer que la específica inteligencia humana es un don divino, que por gracia de Dios ha sido y es exclusiva para nuestra especie.

Esa exclusividad de la que se nos ha hecho depositarios por tiempo determinado, durante el tiempo que utilizamos el estuche corporal que en vida guarda el alma o espíritu, sólo Dios sabe el instante en que habrá de llamarnos a rendirle cuenta de los múltiples atributos que nos dio, haciéndonos a su imagen y semejanza; y que utilizándolos e identificándonos como sus hijos, como Él ha querido, seríamos partícipes de su Gloria.

Pero por desgracia, desconociendo todo lo que le debemos, ese vacío espiritual de la presencia de Dios es llenado por la idólatra egolatría, y el amor que para compartirlo se nos dio lo concentramos todo sólo para nuestro ego, y como el perro o el gato que encuentra un hueso, esta natural actitud que engendra odio y violencia, predispone a coger el sofisticado “garrote”, usando la inteligencia para el mal.

Viendo la intransigencia de siglos en el paso de distintas civilizaciones, Cristo Jesús, el Dios Hombre, que nació de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo, vivió entre nosotros, queriendo enseñarnos la fórmula de la eterna felicidad viviendo el amor, como primer mandamiento del Decálogo; y al dar su vida para redimirnos, haciéndolo nuevo nos manda: “Amaos como yo os he amado”.

El tiempo y las civilizaciones pasan, los arqueólogos descubren sus vestigios, la ciencia avanza y se realizan maravillas tecnológicas, pero la paz y la felicidad frutos del amor no se descubren ni se incuban. Pasan las celebraciones fastuosas de Navidad, pero aún los que nos autollamamos cristianos, no estrenamos el mandamiento nuevo, aún a sabiendas de que es la única fórmula de la paz y la felicidad.

¡Vale la pena que desde nuestro hogar, nuestra Patria y más allá, iniciemos cada uno la civilización del amor, haciendo vital realidad la fórmula cristiana y logrando alcanzar así para siempre la auténtica felicidad! Si lo intentamos, con la ayuda de Dios ¡sí, se puede!

El autor es miembro de EDUQUEMOS.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí