Franklin Gavarrete C.
A partir del 10 de enero próximo, los nicaragüenses tendremos un nuevo líder rigiendo los destinos de nuestra Patria. Don Enrique no va a ser sólo el presidente de los liberales que lo acuerparon sin restricciones, sino que, como él mismo lo dijo, al cambiar su camisa roja por una azul y blanco se convirtió en el presidente de todos nosotros. Por mucho mandato que le hayan dado los resultados de la elección, en adelante no sólo será el presidente de los que votaron por él, sino que estará comprometido a satisfacer las necesidades, aspiraciones y a resolver los problemas de los sandinistas, de los conservadores y de todos los ciudadanos, sean del partido que sean, como si fueran sus propios problemas, sus más delicadas metas como gobernante y sus más fervientes deseos, sobre cuyos hombros descasarán los destinos de la nación.
Pero así como un general es tan bueno como sus soldados, así el gobierno del ingeniero Bolaños será tan bueno como el equipo que lo respalde y como el apoyo que le demos los nicaragüenses con nuestro esfuerzo y trabajo. En estos tiempos de globalización, gran parte del esfuerzo por el bienestar general depende de la cooperación internacional, pues nadie puede estar bien si su vecino no lo está también. Entonces, al nuevo gobierno y a nosotros los ciudadanos nos toca propiciar un ambiente propicio para la inversión nacional y extranjera, y un clima de cordialidad y de normalidad en la vida nacional, que genere confianza en nuestro país, tanto para que el turista se anime a visitarnos, como para que nuestras naciones amigas y aliadas en la lucha mundial por la libertad y la paz, nos sigan ayudando en nuestra guerra contra la pobreza y el subdesarrollo.
Si todos logramos trabajar juntos en paz y por la paz, podremos salir adelante para que don Enrique sea el presidente de todos, por todos y para todos los nicaragüenses, continuando con buen ritmo la construcción de obras públicas, proporcionando un empleo bien remunerado a todos los trabajadores, incluyendo a los que han tenido que buscarlo en el exilio, y dando la posibilidad de obtener una vivienda digna a cada una de las familias nicaragüenses. Para don Enrique no deben haber ni vencedores ni vencidos, sino un solo pueblo nicaragüense, heredero de un mismo pasado muchas veces decepcionante, para que su Administración sea un puente hacia un futuro lleno de esperanzas.