Edgard Rodríguez C. [email protected]
Dice Scott Ostler del San Francisco Chronicle, que si el béisbol es un entretenimiento, los Gigantes han hecho la movida correcta al retener a Barry Bonds, el mejor actor que puede encontrarse en cualquier escenario de las Grandes Ligas.
Y por supuesto, así es.
Pero el talento de los Gigantes, ha sido observado desde hace ya algunos años, cuando tras una crisis, la organización pasó a manos de Peter Magowan y éste extrajo del sistema de los Yanquis a Brian Sabean, el actual gerente.
A partir de ese momento, los Gigantes desistieron de su intención de moverse a la Florida, contrataron a Dusty Baker y firmaron a Barry Bonds. Más adelante construyeron el estadio y con fondos propios, y ahora se preparan para volver a competir.
El gran éxito de este equipo, ha sido mantenerse en la pelea sin excederse de su presupuesto. El mismo acuerdo con Bonds, para mantenerlo por la campaña del 2002, no les hace salirse de los que han previsto en sus proyecciones financieras.
Cada una de esas maniobras han estado íntimamente vinculadas unas con otras. Sin embargo, la más importante en este momento, era retener a Bonds y lo ha conseguido. Es un éxito rotundo, sobre todo cuando se negocia con Scott Boras, el más voraz de los agentes.
Perder a Bonds no sólo era disminuir las posibilidades de avanzar a la postemporada, sino quedar sin el principal atractivo que se poseen. Y no olvidemos que cada jugador tiene un valor de cambio y un valor de uso. En estos momentos, nadie está delante de Bonds en ambos aspectos.
De ser efectivamente así, un año por 20 millones, los Gigantes se han apuntado una raya tremenda. Sólo revisen cuanto gana Alex Rodríguez, 25 millones anuales. Y Bonds, en estos momentos, es claramente mejor jugador que el torpedero de los Rangers de Texas.
Así que San Francisco retiene a su principal figura para jugar el letfielder y prenderle fuego a la liga, mientras el inconforme Tsuyoshi Shinjo entiende como es el negocio y Marvin Benard se faja en el jardín derecho, camino a una temporada en la que las expectativas crecerán.