Bush abraza al bombero Bob Beckwith, durante una visita a las ruinas humeantes del World Trade Center de Nueva York, el 14 de septiembre, tres días después de los atentados.

Seguridad absoluta, cosa del pasado

“Puede que EE.UU. nunca recupere ese sentimiento”, afirma un destacado historiador norteamericano María Luisa Azpiazu (EFE) WASHINGTON.- El 11 de septiembre, los terroristas no sólo destruyeron dos símbolos evidentes del poderío estadounidense, las Torres Gemelas y el Pentágono, sino que quebraron la tranquilidad a la que los ciudadanos de este país estaban acostumbrados. Antes de […]

  • “Puede que EE.UU. nunca
    recupere ese sentimiento”, afirma un destacado
    historiador norteamericano

María Luisa Azpiazu (EFE)

WASHINGTON.- El 11 de septiembre, los terroristas no sólo destruyeron dos símbolos evidentes del poderío estadounidense, las Torres Gemelas y el Pentágono, sino que quebraron la tranquilidad a la que los ciudadanos de este país estaban acostumbrados.

Antes de los atentados, Estados Unidos era un territorio casi virgen en materia de terrorismo internacional. Desde entonces, los estadounidenses se sienten vulnerables, saben que no son intocables y conocen mejor de lo que quisieran lo que significa la palabra “miedo”.

El impacto de esos atentados, tal y como reconoce su supuesto responsable, Ossama Bin Laden, en el video que algún día podría servir para inculparle judicialmente, fue mucho más allá de lo que sus propios artífices habían imaginado.

Y probablemente Bin Laden no llegue nunca a saber hasta qué punto esta acción suicida en la que 19 terroristas sembraron de muerte y destrucción Nueva York y Washington, ha afectado la vida cotidiana en Estados Unidos.

ESTO NO ES 1941

Más de 3,000 muertos, miles de familias destrozadas y un todavía incierto alcance del impacto económico son sólo algunas de las consecuencias inmediatas de estos atentados que, por su magnitud, todo el mundo comparó de inmediato con el ataque japonés a la bahía hawaiana de Pearl Harbor en 1941.

Sin embargo, en opinión de Allan Lichtman, profesor de Ciencias Políticas de la American University en Washington y especialista en historia americana, las diferencias entre aquel ataque y estos atentados, son claras y grandes.

Lichtman destaca cómo, tras el bombardeo japonés del 7 de diciembre de 1941, “todo el país se movilizó en una guerra clara y abierta contra un enemigo concreto y conocido: Japón y el fascismo a derrotar durante la II Guerra Mundial”.

Entonces, según ha explicado Lichtman en declaraciones a EFE, “diez millones de hombres ingresaron en las fuerzas armadas, se aplicó un racionamiento a la población y la economía se convirtió en una gigantesca maquinaria militar”.

MUERTE DE UN MITO

Sin embargo, las consecuencias del 11de septiembre son mucho más sutiles. En Estados Unidos, dijo, “se ha destrozado el mito de la invencibilidad, porque se ha puesto de manifiesto, en toda su magnitud, que este país no es inmune a las amenazas exteriores”.

Por ello, este académico cree que “va a pasar mucho tiempo antes de que EE.UU. vuelva a sentirse seguro y, es más, puede que no recupere nunca ese sentimiento”.

Seguridad o no, lo cierto es que el 11de septiembre se ha convertido ya en un hito que como ciertos acontecimientos históricos marcan “un antes y un después”. No faltan quienes insistan en que aquel “martes maldito” marcó el nacimiento del siglo XXI.

POLEMICAS MEDIDAS

El plenipotenciario Bush y sus más directos colaboradores —el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y el fiscal general, John Ashcroft—, no sólo declararon la guerra contra el terror en Afganistán, sino que han arbitrado, por decreto, una amplia gama de decisiones que, en aras de la seguridad, limitan las libertades de los ciudadanos de este país y dificultan sensiblemente la vida de los inmigrantes.

Ahora, en virtud de “la guerra”, Estados Unidos ha revivido los tribunales militares para los extranjeros acusados de terrorismo, permite las detenciones preventivas —hay más de 600 encarcelados—y da pie al Gobierno a interrogar a cientos de ciudadanos que, por razón de raza, religión o procedencia, resultan “sospechosos”.

Estas medidas, que provocaron inmediatas protestas de activistas y grupos de derechos civiles, han sido sin embargo, recibidas con resignación e incluso a grado por la mayoría de los ciudadanos que, según la última encuesta de Gallup al respecto, todavía cree, en una proporción del 25 por ciento, que Bush y Ashcroft no han hecho todo lo necesario para proteger al país.  

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