- Donde se cuenta la historia de Charles y Alexander, hermanos ingleses que llegaron
a Nicaragua en 1890, arrastrando tras sí el abolengo y las costumbres refinadas de la Inglaterra victoriana
Mario Fulvio EspinosaEspecial para LA [email protected]
Cómo poder describir el ambiente de alegría que invadía a los matagalpinos aquel cinco de abril de 1905, júbilo popular no exento de una gran dosis de suspenso, pues se sabía que un animal negro de enormes dimensiones entraría a la ciudad por el viejo camino que llevaba a La Paz Centro.
“¡Loado sea el Santísimo! ¿No será el mesmo Lucifer que viene a apersogarnos por nuestras malas obras y los pensares perversos?”, preguntaba el excéntrico maitro Nicho dentro de un corrillo de ciudadanos que se había formado en la esquina del Hotel Haslam.
“Malaya sella compadre, que si algún castigo viene, es por la obra de Zelaya”, se metió diligente en la plática el trompudo don “Chu” Pineda, apodado “Sanamambich”, y que se ufanaba de hablar versificado.
“No sean sus mercedes tan brutos”, les reprendía el poeta y maestro don Samuel Meza. “El que viene es un artefacto mecánico, algo así como el ingenio despulpador de café que tiene don Otto Kühl en la Alsacia.
La controversia no exenta de albures, burradas y pronósticos en su mayoría nefastos, venía alentada desde muy temprano de la mañana por el estallido de cohetes y también por la diana y los “toques” de la Filarmónica del Septentrión, los “chicheros” de aquel tiempo, donde más de uno se preciaba de tocar en la Banda de los Supremos poderes del General Zelaya.
Los promotores de aquel festejo eran los miembros de la Compañía de Transporte de Matagalpa, fundada en 1899 por un grupo selecto de cafetaleros y comerciantes alemanes, británicos, norteamericanos y nicas —por cierto la minoría—, que habían comprado en Inglaterra una locomotora a vapor provista de ruedas dentadas, la que sin necesidad de rieles podía rodar sobre la tierra halando ocho vagones de carga.
Este artefacto había sido desembarcado en Corinto y traído en ferrocarril hasta La Paz Centro, allí los ingenieros alemanes Otto Kühl y Gus Frauenberger terminaron de armarlo y lo conducían a Matagalpa, por el camino antes mencionado, que había sido acondicionado de antemano.
Esta jornada del “Terrocarril” duró cinco días, y entre pitazos y resoplidos el artefacto hizo su entrada triunfal a Matagalpa a eso de las doce del día del cinco de abril, en pleno verano de 1905. Los matagalpinos miraban huraños la máquina y los vagones, los más osados la tocaban ante la condescendencia feliz de los dueños del proyecto.
En los vagones llegaron algunos muebles y artículos de lujo traídos de Europa para adornar las residencias de los extranjeros, entre ellos dos objetos que causaron mucho asombro… Un gran bloque de hielo preservado entre aserrín y bramantes, y un hermosísimo y negrísimo piano de cola.
Ese día los buenos lugareños e indígenas matagalpinos se asombraron al ver que los extranjeros “comían vidrio humeante”, en tanto el piano estaba destinado a ser acariciado por unas manos de marfil de largos dedos, las de Allison Potter, la esposa del inglés Alexander Potter, dueño de la haciendas Aranjuez y hermano de Charles Potter, propietario del beneficio de café La Fundadora.
Fue toda una odisea trasladar el pesado instrumento hasta la hacienda de Alex Potter. Algunos dicen que se usó una carreta especial halada por bueyes, y que el piano iba encima de un camastro de colchones de algodón diseñado por la bella Allison. Lo cierto es que la misma tarde en que fue depositado en la elegante sala de la casa de los Potter las lánguidas notas de los preludios, improntus, scherzos y polonesas de Federico Chopin salieron de la casa como espíritus etéreos para acariciar con ternura los bosques de las bellas montañas de las cordilleras Dariense e Isabelia, a más de 1,500 metros sobre el nivel del mar.
Aquel efluvio de música divina vino a ser un misterio gozoso entre los indios matagalpas, ulwas y sumus que vivían en regiones cercanas y lejanas a Aranjuez, los que llegaban a las cercanías de la hacienda “siquiera a escuchar de lejos” aquella música romántica que después silbaban y trataban de interpretar con sus quijongos y flautas.
Sobra decir que los cortadores y trabajadores de los Po- tter se deleitaban cuando en sus horas de reposo escuchaban salir de la casona aquellas melodías mágicas de Mozart, List, Vivaldi, Bach y Shubert.
UNA FAMILIA DE ABOLENGO
Según cita don Eddy Kühl Aráuz en su libro “Matagalpa y sus gentes”, los Potter eran ingleses de gran abolengo. Se sabe que eran tres hermanos, Edward, el mayor, poseía un castillo en Londres, y además enormes rebaños en la lejana Australia. Los dos menores, Charles y Alexander, decidieron muy jóvenes correr aventuras, escucharon que en Nicaragua existían facilidades para la industria del café, llegaron a Granada en 1890 y se instalaron en Matagalpa en 1892 tras adquirir las fincas La Fundadora y Aranjuez, respectivamente.
Trajeron estos hermanos a Nicaragua no solamente sus grandes capitales, sino también sus refinadas costumbres. Nunca dejaron de vestir chaleco y chistera, usaban tarjetas de lino para sus puntuales citas, eran servidos por mayordomos de frac, y para sus hijos contrataban institutrices cultas y profesionales.
Charles Potter fue casado con una enfermera británica y no tuvo descendencia. Alexander, como ya dijimos, se casó con la bella Allison, a la que declaró reina y soberana de Aranjuez. De acuerdo con ese rango, Allison vestía amplios polisones y blusas de corpiño, usaba diferentes, elegantes y vistosos sombreros, portaba siempre un manguito o bien una sombrilla hecha con finos encajes.
Ese matrimonio tuvo tres hijas, tan lindas como la madre, sus nombres eran Allison (la mayor), Doris y Sheyla. Las dos primeras regresaron a Inglaterra, Sheyla se casó con el colono norteamericano Blair De Savigny, con quien procreó cuatro hijos al quedarse a vivir en Nicaragua.
Las tres hijas de Alex y Allison fueron educadas por una institutriz nicaragüense, una profesora llamada Tomasita, que sin duda alguna fue la que enseñó español a la familia, según le contaron a Eddy Kühl las señoras Corina y María Pineda.
EL «DISPARATE» DEL SEGUNDO POTTER
Charles Pannell Cuthberson Potter, el segundo de los Potter, fue conocido por sus costumbre pulcras y sus excentricidades. Siempre lució elegante con sus trajes de lino blanco o de legítimo casimir inglés. En las fotografías de la época aparece siempre con finos sombreros y al lado de su perro predilecto. Fue parco al hablar y exacto en sus compromisos, usaba barba y bigotes perfectamente afeitados y delineados.
En su afán de conservar las costumbres de su país, impuso en su hacienda La Fundadora un régimen de trabajo, tradición y buen gusto. Los sábados invitaba a sus amigos a tomar “el té de las cinco” que se degustaba en vajillas de plata y que él personalmente servía en la terraza usando guantes blancos y corbatín de satín. En estas reuniones se intercambiaban pareceres o se conversaba sobre diversos temas, desde los más frívolos hasta los más serios, pero el que llegaba a ellas tenía que atenerse a la costumbre elegante del anfitrión, de lo contrario no se le permitía entrar.
Para dar mayor prestancia al ritual del té se le ocurrió construir un palacete sobre el risco de una montaña donde se contemplaba una panorámica maravillosa de la región del Pacífico nicaragüense. Hasta allí conducía a sus invitados que gozaban del clima delicioso y con el paisaje de ensoñación.
Se cuenta que preocupado por sacar su café hacia el Pacífico, se propuso construir un camino hasta Matagalpa, para eso utilizó un raro procedimiento, hizo arrear sus mulas por entre las montañas para que ellas por instinto buscaran la mejor ruta. Pero la trocha marcada por los animales cortaba parte del risco donde Potter tenía su mirador, de modo que no hubo otro remedio que cortar la montaña porque el británico nunca dio a torcer su brazo.
Aquella puntada de Charles Potter fue catalogada como un disparate vial, y de ahí que cuando los viajeros preguntaba por qué se había cortado la montaña en lugar de bordearla, los matagalpinos respondían: “Ese es el disparate de mister Potter”. Pero no era un disparate, pues cuando en 1950 el Ministerio del Transporte comenzó la construcción de la carretera Matagalpa-Jinotega, los ingenieros siguieron la misma trocha que había trazado Potter. El “Disparate” aún existe a la altura del kilómetro 142, donde una bella joven llamada Virginia Matus atiende gentil a los viajeros en el cafetín que se ha construido en tal sitio.
Otra puntada de Charles Potter fue su amor por los perros, y esto se confirma en las fotografías antiguas donde siempre aparece acariciando un can. Se cuenta que tenía 29 perros de raza, y que una noche, al quedar la perrera mal cerrada, todos los canes huyeron hacia las montañas.
Potter desplegó a todos sus trabajadores y amigos en busca de sus fieles animales, pero éstos nunca aparecieron, y la gente decía que se habían devorado entre ellos mismos o que el Demonio los había llevado hacia el infierno. Pasó mucho tiempo para que el inglés se recuperara de aquel golpe emocional, y poco después corrió el rumor de que en medio de las montañas, en horas de la noche, se escuchaba los aullidos lánguidos de los perros de Potter.
Cuando Charles Potter falleció heredó sus bienes a los hijos de su hermano mayor que vivían en Inglaterra, pero a éstos no les interesó vivir en Nicaragua y vendieron las propiedades que al final pasaron a manos del dictador Anastasio Somoza García.
No existe un dato cierto sobre el paradero de Alexander Potter y de su bella esposa Allison, aunque parece que regresaron a Inglaterra dejando aquí a su hija Sheyla que casada con Blair De Savigny. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Chester, Bill, una niña y un varoncito que murió al nacer.
Fueron tiempos de esplendor que también tuvieron su ocaso. Todavía ahora algunos campesinos matagalpinos aseguran escuchar durante ciertas noches la música romántica del piano de Allison Potter, o los angustiosos aullidos de los 29 perros del tío Charles el “disparatero”.
LA FUNDADORA Y ARANJUEZ
En el palacete de Charles, en La Fundadora, había una antesala donde la institutriz Miss Paty Naylor se encargaba de acicalar a los invitados que debían participar en “El té de las cinco”.
-Por su parte Alexander Potter construyó un imperio de lujo en la hacienda Aranjuez que posteriormente fue convertida en sanatorio para los enfermos de tuberculosis, de aquel esplendor hoy sólo quedan ruinas
-Desde el mirador de El Disparate –kilómetro 142 de la carretera Matagalpa/Jinotega- los matagalpinos divisaron por la noche la soberbia erupción del Cerro Negro.