Rosa Delfina con su familia.

Saudades diriambinas de Rosa Delfina Mora

Se dice que en 1990 comenzaron a abrirse las puertas de la libertad de expresión en Nicaragua, sin embargo, como contraparte, a partir de ese año centenares de fuentes de trabajo se han ido cerrando para los periodistas. “El desempleo es un grave peligro para la libre expresión”, dice esta muchacha que “desertó” y a […]

  • Se dice que en 1990 comenzaron a abrirse las puertas de la libertad de expresión en Nicaragua, sin embargo, como contraparte, a partir de ese año centenares de fuentes de trabajo se han ido cerrando para los periodistas. “El desempleo es un grave peligro para la libre expresión”, dice esta muchacha que “desertó” y a la que, por dicha, no le fue mal

Mario Fulvio Espinoza [email protected]

Alguien, no sé quién, llegó a destapar la “Caja de Pandora” por esos andurriales de Carazo, y salieron a toda zumba los males de la humanidad buscando a quien desgraciar, pero las bondades y las gracias se quedaron en una casita humilde del Barrio “Trini González” en la ronda norte de Diriamba, donde estaba abriéndose a la vida una diminuta rosa: Rosa Delfina Mora.

Como era del signo Géminis, las gracias se le concedieron a doble ración. Serás amante del arte de la comunicación social y tú misma elocuente y convincente comunicadora, le dijo Polimnia, e incluso le otorgó un ipegüe, pues le colocó en la naricita un diminuto lunar que, según los entendidos, en ese lugar del rostro significa talento y coquetería.

Sin embargo, Rosa Delfina no recuerda muy bien a la tal Polimnia, sino otras cosas más amorosas de su niñez, “la casa de mis padres quedaba de la Inmaculada cuadra y media abajo, y frente a ese colegio sólo monte había, a pesar de que muy cerca estaba situado también el Instituto Pedagógico La Salle, al cual acudían estudiantes de toda Centroamérica e incluso de Latinoamérica.

LOS BULLICIOSOS CORTES DEL ROJITO

“Mas allá de nuestra casa eran pocas las viviendas que quedaban en ese camino, pero sí algunos beneficios de café, entre ellos el de los González… Durante la temporada de corte aquel camino se transformaba en un desfile madrugador de gente bulliciosa, y yo como niña me despertaba y me escapaba de la cama para ver y escuchar esa algarabía, y me daban ganas de participar en esa aventura en medio de aquella tropa entusiasta, alegre e interminable.

Diriamba era un pueblo muy pobre, y sigue siéndolo. Cuando llegaba la temporada de los cortes —entre octubre, noviembre y diciembre— la gente decía que llegaba “el tiempo de las vacas gordas”, generalmente lo que ganaban lo invertían en comprar estrenos para lucirlos en las fiestas patronales.

Cuando el Frente Sandinista organizó a la juventud para que participara en los “cortes del rojito”, aquella alegría se multiplicó… Ya no me aguanté, y aunque era una niña, participé en ellos a escondidas de mi papá, porque él, don Ernesto Mora, que era un hombre supertrabajador y muy honrado, poseía todas las mañas de un rico… menos los reales.

Yo no miraba nada de malo en ir a cortar café, y más que veía que mis amigas y vecinas, Carmen, Socorro y Tere, iban muy felices, así que aproveché una vez que mi padre estuvo fuera una temporada y con la aprobación de mi madre, doña María Teresa Narváez, corté “rojitos” en la hacienda de los González.

Todas las familias de mis compañeritas pasaban esperando el corte todo el año, porque al llegar la temporada había cierta prosperidad y alivio a las penurias. Era un tiempo para estrenar, tiempo de comer bien… y tiempo para hacer los tres tiempos.

¡Qué feliz me sentí cuando me dieron mi equipo! Los cortadores llaman “equipo” al saco y al canasto, y a veces a alguna otra cosa, como un calabazo o una cantimplora. Los sábados llegaban a pagarse y entregaban el “equipo”… Mi equipo fue una pana, un tarro de pintura vacío… Y yo recuerdo que era rápida para cortar, me fascinaba, sobre todo, la hora del almuerzo, no sólo por el hambre… sino por el ambiente fraterno que se formaba. Nos sentábamos en el suelo en rueda, se platicaba, se cantaba, se chileaba y se compartían sin ninguna mezquindad los alimentos, en tarros de avena, en huacales o en platos combos de barro… De vez en cuando se oía a alguien gritar, ¡Hoy Carmén, por aquí quieren más gallo pinto!

Yo no recuerdo haber llevado comida, a lo mejor me la alistaban, pero nunca pasé hambre, siempre comí a satisfacción… A lo mejor fue porque doña Carmen, la madre de mis amiguitas, a mí me trataba con mucha especialidad, porque ella pensaba que yo tenía otro nivel… Y a mí me admiraba la unidad familiar que había en el hogar de mis vecinas, porque a lo mejor económicamente mi padre ganaba más que el de ellas, que era jardinero, pero ese señor le daba más atención a su familia que mi padre a la suya, porque a pesar de ser muy honrado y trabajador, como ya te dije, tenía el defecto de ser bacanal.

¿Cómo era la vida en la Diriamba de tu juventud?

Para los años sesenta Diriamba era el dormitorio de Nicaragua, había pocas fuentes de trabajo, mucha miseria, sueldos irrisorios, casi no llegaban vehículos, si te acostabas en la acera lo que te podía despertar era el machucón de un buey… Si un carro llegaba a determinada casa del barrio aquello ya era novedad… Mirá, hay un carro donde la fulanita, y si ese carro tal vez llegaba con frecuencia ya todo el mundo sabía dónde llegaba y a qué llegaba. Diriamba era una ciudad de acostarse temprano y de levantarse antes de la madrugada, ahora hay iniciativas bonitas, mi madre impulsa proyectos en conjunto con Adeca, organismo no gubernamental que trabaja con alemanes, españoles y otras gentes.

¿Y dónde estudiaste?

Aprendí a leer solita. Fue allá por el año 64 ó 65 cuando el Diario LA PRENSA del doctor Pedro Joaquín Chamorro impulsó una campaña de alfabetización a través de las páginas del periódico. Se repartieron cartillas y además unas tarjetitas con dibujos y palabras, que se iban juntado para formar pensamientos más completos… Mi madre se entusiasmó con eso y por iniciativa propia formó su grupo con campesinos adultos y algunos niños para enseñarles a leer. Ahí aprendí a leer cuando tenía aproximadamente 5 años, y admiro a mi madre, que también aprendió a leer leyendo, y sus lecturas eran, “La Dama de las Camelias”, de Alejandro Dumas, y “María”, de Jorge Isaacs, contando con la guía de un señor famoso de Diriamba que se llama Toto Zapata, que tenía una gran venta… Recuerdo que mi mamá andaba pidiéndole a la gente enseñada: “Ponéme tarea, pipitó… Ponéme tarea”… Y llegó a tener una letra preciosa que en ese tiempo trazaba suavemente en cuadernos de papel de envolver”.

Estudié mi primer grado con notas excelentes en la Escuela Pública “Ester Selva”, pero terminé la primaria en el Colegio San Antonio… A finales de 1971 mi padre decidió trasladarse a Managua y me matriculó en el “Primero de Febrero”, que después se llamó “Rigoberto López Pérez”, aquí en Managua nos sorprendió el terremoto y tuvimos que regresar a Diriamba donde al fin me bachilleré.

En el ejército de periodistas desempleados

¿Y el periodismo?.. ¿Cómo te inicias en ese quehacer?

Entré a trabajar en el Ministerio de la Construcción, allí me hice secretaria a la fuerza… Me corrieron tres veces porque no aceptaban mujeres, pero a tenacidad pura me fui quedando, pues me preocupaba ganar para continuar mi carrera en periodismo, allí conocí a mi futuro marido, el ingeniero Rigoberto Ramos, tenemos dos niños, uno de 12 y otro de 10 años.

Estaba en tercer año de Periodismo cuando me dieron un chance en La Voz de Nicaragua donde laboré 5 años como responsable informativa de la onda internacional… Pero mi hijito contrajo una septicemia, y tuve que dedicarme a su cuido, porque sólo la leche materna lo salvaba, sin embargo, posteriormente, trabajé con los observadores electorales de la ONU, en el organismo llamado Onuven, que supervisó las elecciones de 1990.

Cuando Onuven cumplió sus funciones me quedé otra vez en el aire, busqué por doquier pero fue inútil, los dueños de medios estaban recortando personal, comenzaron a desaparecer los radioperiódicos, se cerraron varios diarios, algunos canales de TV cancelaron, después se politizó la publicidad… Así que fui a engrosar el enorme ejército de desempleados de mi gremio… Hasta que un amigo me dio a vender unos zapatos taiwaneses y me ofreció en alquiler un módulo en Bello Horizonte.

Acepté. Al principio me sentía mal, pero le apliqué mis conocimientos de comunicación y me fui sintiendo bien, adquirí el local y ahora me satisface sobre todo sentirme dueña de mi vida, siento que si me voy a trabajar con horario ya no podré ver a mis hijos… Por eso también, en mi caso se plasma la fragmentación que ha sufrido el periodismo a consecuencia de la crisis de empleo que padece el gremio.

ENTRE SORBOS DE CAFÉ

La niñez de Rosa Delfina estuvo amorosamente ligada a los cortes de café y a la vida pueblerina que ocurría en el Barrio “Trini González” de Diriamba

En aquel tiempo si un carro se estacionaba por mucho tiempo en alguna casa del barrio, eso despertaba sospechas, rumores y más de alguna aventurada afirmación temeraria

El relato de Rosa Delfina se entreteje entre sorbos de delicioso café, y toma en cuenta que este grano de oro definitivamente decide las épocas de vacas flacas y de vacas gordas en la meseta de Carazo.  

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