Información asimétrica y la poltrona oficial

Alberto Carrasquilla Uno de los primeros economistas que estudió el problema de la información fue F. A. Hayek. Este Nobel estudia el hecho de que cada una de las personas que participan en los mercados —laborales, crediticios, de bienes y de servicios— llega no sólo con sus respectivos talentos, capitales e ingenio, sino también con […]

Alberto Carrasquilla

Uno de los primeros economistas que estudió el problema de la información fue F. A. Hayek. Este Nobel estudia el hecho de que cada una de las personas que participan en los mercados —laborales, crediticios, de bienes y de servicios— llega no sólo con sus respectivos talentos, capitales e ingenio, sino también con su particular conjunto de bits de información. Tratar de centralizar estos bits —sus gustos y resabios individuales— a través de la planeación computarizada, ocasionaría un equilibrio social altamente imperfecto. El mejor juez acerca de lo que le conviene al ciudadano es el ciudadano mismo y lo importante es notar que los países que partieron de esta premisa están hoy día mucho mejor dotados para enfrentar el futuro que aquellos que piensan que los problemas se arreglan cuando la burocracia mete su mano talentosa.

El acto de “velar” por el bienestar ajeno —con plata ajena— nos trajo los descalabros comunistas y los mediocres nadaditos de perro —su pariente cercano— que el mundo, infortunadamente, introdujo en el siglo pasado, en arrebatos plenos de las mejores intenciones. Aún hay amplias regiones del mundo que insisten en que los burócratas saben bien lo que nos conviene y aún recibe aplausos furibundos el político que, rasgándose la vestidura, sale a echarle la culpa al “neoliberalismo” por lo que sucede gracias a los iluminados que manejan los mil tentáculos y empresas del Estado.

Interesante, en esta línea informática, la lectura de algunos analistas sobre las ideas de tres destacados economistas que han recibido el Premio Nobel este año. Para muchos, el trabajo sobre teoría de la información asimétrica que mereció el más alto galardón que hay en nuestra profesión gris, prueba que el gobierno tiene que meterles mano a los mercados en los cuales uno de los participantes tenga mejor información que los demás. Este requerimiento demuestra, de paso y según ellos, lo iluso y tonto que resultan las ideas “neoliberales”, según las cuales el gobierno casi siempre estorba y —horror de los horrores— el mercado mismo es perfectamente capaz de inventar maneras de lidiar con asimetrías informáticas.

El Dr. Eduardo Sarmiento ha planteado un presunto ejemplo: la oferta de servicios sociales tales como la salud. Según él, es tonto meterle competencia a la provisión de estos servicios porque hay asimetría entre lo que sabe el paciente y lo que sabe la entidad privada que ofrece el servicio. El pobre consumidor no sabe cuál de los diferentes oferentes de planes de salud es el mejor, así que es vilmente explotado por unos desalmados que se enriquecen con las transferencias del gobierno. Lo óptimo es que todos los servicios sociales sean provistos monopólicamente por el Estado, asegurándose así que los pobrecitos ciudadanos se vean liberados de tener que escoger entre varias alternativas.

Para Sarmiento, los problemas de información asimétrica no existen en los despachos oficiales, pues un burócrata —nunca un empresario, ni mucho menos un usuario de los servicios de salud— sí es capaz de conocer las verdaderas necesidades del pueblo, especialmente los pobres. El usuario, en el imaginario de Sarmiento y de quienes piensan como él, es un pobre tonto que no puede decidir por sí mismo. Por ende, es necesario que alguien lo lleve de la mano hacia la vida y hacia el futuro que le conviene.

Lo increíble es que esta postura paternalista y, francamente, irrespetuosa tenga tanta acogida en el debate nacional y sea tildada de socialmente inspirada. Admiro la maquinaria propagandística que hace posible defenderla sin sonrojarse y convierte en perversos “neoliberales insensibles” a quienes, al contrario, sí respetan la libertad, la inteligencia y la capacidad de decisión de todos los ciudadanos, y desconfían, por aquello de la asimetría informática, del criterio de los iluminados que quieren “ayudarnos” desde sus cómodas poltronas oficiales. Bogotá/(AIPE)

Decano, Facultad de Economía, Universidad de Los Andes, Bogotá.

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