Gabriela Roa [email protected]
“Fui madre buena, no buena madre”, dijo una de las trabajadoras de la maquila, quien a sus 36 años labora diariamente de siete de la mañana a diez de la noche, para dar de comer y mantener a sus cinco hijos.
“Dicen que la buena madre es la que vela por la educación y bienestar de los hijos, y la madre buena es la que trabaja duro para que no les falte el pan de cada día”, explicó.
Ella se levanta a la cinco de la mañana para hacer las labores del hogar, luego se dirige a la Zona Franca Industrial Las Mercedes, con su hijo menor de ocho años, a quien deja en el CDI mientras trabaja.
En tanto, su niña de 12 años estudia en un colegio cercano a su vivienda en Tipitapa, pero el resto de sus hijos que ahora tienen 19, 17 y 14 años no pudieron completar la primaria.
“Por muy barato que un colegio cobre, para mí es muy difícil pagarles a todos uniformes, zapatos, útiles, comida, etc.”, lamentó.
Agregó que “nunca estoy presente en una reunión de padres de familia del colegio, porque pedir un permiso en la Zona Franca es difícil, y al faltar un día pierdo incentivos y el salario se me hace menos, y así menos como”.
Si otra hija, una adolescente que ahora tiene 17 años, quedó embarazada cuando apenas tenía 15, y ahora la “madre buena” debe velar por el bebé y el marido de su hija también.
“Trabajar como que no le deja a uno el tiempo para cuidar a los hijos, para educarlos, casi no los veo, y cuando llego del trabajo los encuentro dormidos”, relató.
Para mantener a su gran familia ella trabaja duro seis días a la semana, haciendo horas extras hasta altas horas de la noche “y a veces amanezco”.
El domingo por lo general es el único día que le queda libre y lo aprovecha para capacitarse en el Movimiento de Mujeres María Elena Cuadra (MEC).
Recuerda cómo en 1994 vino a la capital desde Chinandega en busca de una vida mejor. Desde entonces ha trabajado en cinco empresas maquiladoras, “porque yo voy buscando mejores condiciones laborales y mejores salarios”, dice.
Del campo a la maquila
Según ella, las maquilas son la única fuente de empleo que hay en la ciudad. “Yo trabajé en el campo cortando algodón, de doméstica, de vendedora de agua helada, y venir a una empresa fue un cambio radical, donde sentí presión, maltrato, pero aun así es un trabajo”, comentó.
Recuerda que una vez la despidieron de una de las fábricas porque se fue al baño sin su “pase” para poder entrar “un día domingo que bien podía estar en mi casa”, pero demandó a la empresa y logró que le pagaran su indemnización.
Asegura que en las maquilas ha sentido en carne propia lo que es la presión del trabajo, el maltrato verbal y las humillaciones.
“Muchas veces el mismo trabajador permite que te utilicen por la escasez, yo siempre pido que me dejen trabajar horas extras para ganar más”, admitió.
Ella comenzó a trabajar desde los doce años, y con sacrificio logró estudiar hasta cuarto año de secundaria, porque donde creció le decían que estudiar era vagancia.
“Me gustaría que toda Nicaragua fuera una Zona Franca para que ‘hayan’ puestos de empleo para todas, y tengamos alternativas de escoger, pero que nos traten como humanos y no como máquinas que usan sólo para que produzcan”, concluyó.