Mario Fulvio Espinosa [email protected]
Allá por el siglo XVIII, cuando los Fiebres y los Chapetones comenzaban a halarse de los pelos y a odiarse con tenebrosa pasión, se me ocurre pensar que sólo las excelentes confituras que confeccionaban leoneses y granadinos lograban ponderar y endulzar los ánimos. Claro que el tiempo mejor para conseguir esa deliciosa paz, era a la hora de los postres, o mejor dicho de “la sobremesa” como siempre se ha dicho y se debe decir en buen nicaragüense.
Pienso que el más ortodoxo de los Calandracas y el más cavernícola de los Timbucos, a la hora de saborear un curbasá, un dulce de chocolate, un alfajor, o mencionados en serie, huevo chimbo, coyolito, garrapiñado, bien me sabes, manjar, atol duro y lecheburras, dejaban al menos durante varios minutos olvidados los odios, para refocilarse el paladar con aquellas exquisiteces.
Y ésta no es una idea traída de los cabellos, si no miremos cómo los jugadores de béisbol yanquis calman sus nervios rumiando con supina vulgaridad enormes pelotas de chicle, cuantimás lo harían con una lecheburra los democráticos y legitimistas más ortodoxos de la época independentista.
Con el tiempo, y más ahora en épocas de globalización, nuestros dulces han tenido que replegarse para dar su espacio a las golosinas de exportación, que son una mezcolanza de sabores artificiales con componentes químicos dañinos para la salud y a lo mejor contraproducentes para la tolerancia y la fraterna paz.
Pero no todo se ha perdido, existen familias, como la de los Bolaños-Caballero, que desde hace 18 años, allá en León, se empecinan en producir una lecheburra de superior calidad en su Fábrica “El Paladar”, en el mero barrio de El Coyolar.
Ramón Bolaños se llama él, y Yadira Antonia Caballero, ella, y mientras baten la miel revuelta con leche que palpita en un comal, nosotros le metemos endulzada plática.
Si en realidad esa leche no es de burra, sino de vaca, ¿a qué viene el nombre de lecheburra para esa delicia que están haciendo?
¡Averígüelo, Vargas! —dice don Ramón—. Lo que sé es que cuando aún vivía mi tatarabuelo este dulce ya se llamaba así.
¿Qué ingredientes lleva y cómo se hace?
Pues lleva leche de vaca, dulce de rapadura, clavo y canela. La calidad de estos ingredientes es muy importante para lograr el mejor sabor. Nosotros usamos una proporción de cuatro atados y medio de excelente dulce por cada veinte litros de leche. El dulce se raspa y echa junto con la leche. Se mueve con un cucharón de manera permanente hasta que hierva, se sigue esa operación hasta que la leche se consume y en el fondo del comal queda el dulce derretido o lecheburra, dice doña Yadira.
¿Y para dónde envían este producto?
Parte se vende en Chinandega, otra aquí mismo en León. A veces sale para Managua y también, en ocasiones, cumplimos encargos que nos llegan del exterior. La libra vale 35 córdobas y la bolsita la damos a dos y tres córdobas.
¿De quién fue la idea de fabricar lecheburras y confites?
De todos, y más que de todos de la necesidad de tener un trabajo para defendernos en la vida.
¿Y les ha dado resultado este asunto?
Pues viera que sí, pues aunque con muchos sacrificios hemos sacado adelante a nuestros hijos, Benito el mayor ya es abogado, Jéssica del Carmen estudia medicina, Jorge Luis es ingeniero en alimentos, y la menor, Maricruz, estudia el básico.
Pues ni hablar, todo está fríamente calculado, como dice el Chapulín Colorado. Sólo nos queda desearles más éxitos.