- Nos habían contado muchas maravillas del matagalpino Francisco Leiva Flores, creíamos que eran exageraciones, pero tuvimos que aceptar que si bien Chico Leiva no ha hecho milagros, ha llevado una vida que envidiarían Tom Swayer y Huckleberry Finn, los célebres personajes de Mark Twain
Mario Fulvio Espinosa [email protected]
Fue por los años cincuenta, cuando Matagalpa era un pueblo sin pavimento ni adoquines, con calles que subían y bajaban entre enormes charcos, socavones y lodazales que el carajillo de Chico Leiva cruzaba encajado en unos zancos de cuatro metros de altura.
Porque, en realidad, el chavalo Francisco Leiva Flores era un as en eso de andar en zancos, y para subirse a ellos tenía que llegar hasta la casa de don Ambrosio Parodi, cuya acera era altísima y le permitía la maniobra. Andar arriba de los palos también era un negocio para Chico, ya que le tocaba representar, convenientemente disfrazado, a la más grande “Gigantona” que salía a bailar por las calles de la ciudad.
También aprovechaba Francisco la altura de los zancos para hacer sus travesuras. “Por pura bandidencia pasaba por la casa de don Remigio Buitrago —un señor que fumaba puros—, para desenroscar el bombillo del poste de luz bajo el cual el susodicho acostumbraba leer. Lo dejaba a oscuras, todo para ver las rabietas que hacía el buen señor”, dice en medio de carcajadas el famoso Chico Leiva.
Llegamos a Matagalpa atraídos por la fama de este barbero, armero, lustrador, equilibrista, conversador, sobreviviente al ántrax, maquillador y vestidor de muertos y, sobre todo, amigo de infancia de Carlos Fonseca y de otros personajes notables de la Perla del Septentrión.
PERSIGIENDO LUCIERNAGAS
“Nací en la calle de Los Mangos, en 1933, y aprendí barbería a la fuerza, porque mi papá era barbero, pero yo quería ser aviador, y para eso puse mi solicitud en la Fuerza Aérea de Nicaragua (FAN), pero me preguntaron qué partido tenía, y como les dije ‘conservador’, no me aceptaron. En ese tiempo para ser piloto necesitabas ser somocista, y eso era mi amigo Mario Humberto Ascani, que me acompañó hasta Managua a solicitar el cupo, y que pereció posteriormente en un accidente de aviación.
Después de aquel fracaso, ¿qué fue lo que pasó?
Me quedé cortando pelos con mi papá, aunque por un lapso trabajé en Managua, en una barbería propiedad del dueño del Hotel Roosevelt. Después estuve trabajando con don Julián Espinosa, al que le decían el Indio Julián.
Parece que tuvo usted una infancia muy traviesa.
Era la única manera de gozar la niñez. Recuerdo que mi carnal era un tal Chamorrito, que es guitarrista y que también dominaba los zancos altos. Una vez andábamos por el río recogiendo luciérnagas, el juego consistía en echar esos insectos dentro de un vaso de cristal para alumbrarnos en la oscurana. Por andar en esas vagancias por nada dejo tuerto a Pepe Reyes Manzano. Porque resulta que a las “quiebraplata” les dábamos con una toalla para atontarlas, y en una de esas yo que tiro el toallazo y Pepe que mete la cabeza, le di en pleno ojo con la punta del trapo, y aquello fue un desastre, porque Pepe era sobrino del general de la plaza, el coronel Rigoberto Reyes. Me mandaron a traer y mi papá fue conmigo, por dicha se arregló el asunto.
CON LA BOTICA EN PAMPAS
Recuerdo también que andábamos con las portañuelas en pampas, “con la farmacia abierta” decía la gente, porque les arrancábamos los botones para jugar la Moncla, que consistía en echar los botones en un hoyo para adivinar si eran “pares o nones”. También jugábamos la pirinola y al mago, nos metíamos frijoles en las narices y los oídos para hacer prestidigitación, recuerdo que una vez se me infectó la nariz porque no me pude sacar el frijol. Vagancia pura de chavalos. Por poco me operan.
También me dio ántrax, aquí cerca del hombro. Me operaron los forúnculos con un termocauterio. Haga de cuenta que le meten en la carne un ‘cautil’ eléctrico para quemar las raíces de los diviesos que eran sin boca. Me operó el doctor Méndez Tijerino. Ese ántrax es enfermedad de animales, de ganado, pero se le pasa a la gente.
Para ese tiempo el tétanos se combatía con unas gotas de liquidámbar en el café, para el ántrax el doctor me recetó “una pastilla de acero”, es decir, una operación, pero lo dijo así para que yo no me “chiviara”.
EN LA ESCUELA CON CARLOS FONSECA
Cuénteme de la escuela… ¿Dónde hizo la primaria?
Estudié en el Instituto Nacional del Norte y fui compañero de colegio y de aula de Carlos Fonseca. Una vez yo le rompí los cuadernos y mi amigo Manuel Baldizón lo golpeó. Este Baldizón murió en El Chaparral peleando al lado de Carlos. Resulta que Baldizón estaba en Nueva Orleans, y se vino a Nicaragua para integrarse a la guerrilla. Con Carlos también murieron los matagalpinos, el arquitecto Fanor Osorio y Klaus Kühl Leiva. En esa ocasión Carlos resultó con un pulmón perforado por una bala de la guardia catracha.
¿Cómo fue esa amistad con Carlos Fonseca?
Por mí le dieron los primeros anteojos, porque mi papá peleaba a don Fausto Amador, el papá de Carlos que vivía a cuadra y media de mi casa. Don Fausto era contador y le administraba los bienes a Tacho Somoza. Como Carlos era hijo de una empleada de don Fausto, le capeaba el bulto al viejo para no tener que pedirle nada.
Pero yo fui con Manuel Baldizón donde don Fausto a pedirle unos anteojos para Carlos. Porque él no miraba ni las letras que escribía nuestra profesora, doña Lucía Mantilla, en el pizarrón. Era miope, y por eso nosotros a veces le decíamos “Bizcotela”. A mí me decían “El Zorro”.
Carlos era un muchacho humilde pero estudioso. Eso fue en tercer grado. En quinto grado nos dio clase el profesor Francisco Muñoz, que está vivo aunque muy viejito. El que nos dio el sexto ya murió en Honduras, se llamaba Alfonso Darío Cruz.
¿Y cuáles eran los juegos de Carlos?
Yo lo llegaba a “sonsacar” a la casa y por eso no me quería la tía. A él lo mandaban a dejar pan, entonces yo lo esperaba en la calle y lo convencía, él ponía la batea en el suelo y nos poníamos a jugar chibola, y en ese caso el pan llegaba frío a la venta.
Yo vivía frente a la casa de Carlos. Cuando salíamos a vagar juntos a él le daban buenas tundas, y la tía me mandaba a acusar para que me “penquearan”.
Pero, ¿por qué golpearon a Carlos?
En uno de tantos recreos, Baldizón dibujó en el pizarrón a la maestra Lucía, y entonces yo le agregué una escoba en el gancho y le puse “La Bruja Lucía”. Carlos se quedó estudiando en el aula y vio todo. Cuando entraron del recreo la maestra preguntó quién la había pintado y como nadie dijo nada castigó a todo el grado. Nos puso como zopilotes en el patio bajo el sol y hasta con libros en los brazos. Carlos estaba castigado con nosotros, la maestra que nos cuidaba se llamaba Conchita Valdés. De repente Carlos se le acercó a la profesora y le dijo quién había pintado el pizarrón, “porque no podían pagar justos por pecadores”, dijo. Eso nos dio cólera y por tanto yo le rompí un cuaderno y Baldizón lo golpeó. Después nos arrepentimos.
CASTIGOS CRUELES
Pero es que los castigos que aplicaba la profesora Conchita eran crueles, nos hacía hincar sobre granos de trigo millón, y nos quebraba reglas en la espalda. Eso era antipedagógico.
Una vez hice un poema a la madre y me gané un galón de sorbete, me sacaron hasta en el periódico y me llevaron a declamarlo.
En cierta ocasión vagando por el río me encontré a Tomás Borge que estaba bañándose en la presa. La guardia nos cayó y nos llevó presos, pero yo les enseñé la factura del sorbete y les conté que andaba gozando del premio, así nos dejaron libres.
Carlos, repito, era estudioso, compraba libros con su propio dinero. En esos tiempos utilizábamos los libros de G. M. Bruño. También mirábamos la Moral y Civismo, que ahora ni por referencias conocen los estudiantes.
Después de la barbería, ¿qué otro oficio desempeñó?
Estudié electricidad por correspondencia, pero cuando me pidieron dólares ya no pude seguir. Entonces me dediqué a lustrar a la gente que llegaba a pelarse a la barbería de mi papá, don Pedro Leiva, lo que me pagaban lo metía en una burrucha que tenía como con cuarenta candados para que no me robaran.
¿Se echaba tragos usted?
Nunca me eché un trago en la vida porque miraba a mi papá bebiendo y yo siempre andaba detrás de él cuidándolo y comiéndome las bocas que le daban en las cantinas. Con mi mamá él era muy grosero, tenía un guaro malo, peleaban mucho, pero después que me puso una madrastra cambió de carácter y tuve mejor vida.
¿Es cierto que usted vestía a los muertos de Matagalpa?
Eso se relaciona con algunos muertos que fueron amigos míos. Aquí ocurrió la vendetta entre los Pérez y los Gutiérrez, los Gutiérrez son medio parientes, entonces cuando mataban a uno de ellos yo llegaba con un taxi, recogíamos el cuerpo y lo llevábamos a la casa y lo vestíamos. Hubo un montón de muertos de esas familias. Era peligroso andar en la calle y que se encontraran los Pérez y los Gutiérrez porque comenzaban una balacera dentro de la cual llevaban su parte los inocentes que por ahí pasaban.
Tenían mala puntería los benditos.
Pues sí. Las vendettas fueron terminando porque mataron al papá de los Pérez y después murieron como dos más. Todo terminó porque los muchachos se fueron a la Costa para evitar más muertes. Ahora ese ambiente ya no existe.
VISITELO EN MATAGALPA
Quedamos “a medio palo” en la platicadera con Chico Leiva, pero siempre ocurre así por el bendito espacio que siempre limita nuestros cuentos.
No sería mala idea que usted, amigo lector, se diera una vuelta por la Colonia Rubén Darío de Matagalpa, para escuchar las aventuras de nuestro amigo.
Estaba feliz nuestro personaje porque al fin adoquinarán su calle, pero según vimos, “falta caña que moler”.
UNA INVITACION
Vaya un día a Matagalpa, amigo lector, porque si es bueno conocer las numerosas bellezas naturales de nuestra tierra, es mucho mejor y más interesante estudiar el alma de NUESTRA GENTE.