El despertar de la piel

Por más que me esforzaba por mantener a la vista las inquietas manos del muchacho que llevaba arremolinada a la que supongo era su novia, a veces se me perdían y como por arte de magia aparecían en la parte menos imaginada del cuerpo de la joven.“Eso no lo hice yo, besarme así en público, […]

Por más que me esforzaba por mantener a la vista las inquietas manos del muchacho que llevaba arremolinada a la que supongo era su novia, a veces se me perdían y como por arte de magia aparecían en la parte menos imaginada del cuerpo de la joven.
“Eso no lo hice yo, besarme así en público, ¿y vos?” me preguntó una amiga, mientras miraba de reojo a la pareja.
Lo inconcebible para mi compañera de viaje es que esta escena —cuyo fondo musical era el chasquido de los besos— la estábamos presenciando mientras el microbús expreso rodaba hacia Masaya, los rayos del sol ni siquiera se habían ocultado, ¡era de día!.

Además, las caricias de estos desinhibidos chavalos iban y venían aún cuando llevaban otros pasajeros a la par.

Lo cierto es que las caricias, muchas de ellas candentes, cada vez son más comunes en los noviazgos. “¡Uuuuuh!, eso ahora lo hacen las chavalitas desde que tienen doce años, algunas desde que tienen los diez”, me comentó una joven.

AL SUR

Dos de las respuestas más comunes obtenidas en un rápido sondeo realizado al azar entre varones y mujeres de diversas edades, fueron que la popularidad de los muchachos sigue atrayendo a las chavalas de todas las edades como miel a las moscas y, contra todo pronóstico —por coincidir con los mayores—, reconocieron que la minúscula ropa femenina da su ayudadita en todo esto.

Pero, las preguntas del millón para los adultos o aquellos que simplemente se resisten a aceptar esta situación son ¿qué pasa?, ¿por qué lo hacen?, o al menos por qué empiezan a hacerlo cada vez más jóvenes.

Una respuesta sencilla es que ahora los muchachos son más “despabilados”. En otras palabras, ya vienen de vuelta. Al igual que los dinosaurios, ya se extinguieron los seres que llegaron a pensar que por darse un beso iban a perder la virginidad o peor aún, iban a embarazar a la vecina.

Por el contrario, los chavalos ya descubrieron que “esos cinco” no sólo sirven para saludar, sino para lograr una experiencia a través de una exploración que va “hacia el sur, al suuuuuur”, según cantó el extinto grupo Magneto.

Actualmente lo más común es que cualquier adolescente, a los 12 ó 13 años inicie un noviazgo “formal”, que incluye caricias. Podrían mencionarse un sin fín de causas, para que esto suceda, pero elementos obvios podrían ser que gente que ha ido y venido del extranjero, ha traído nuevos tipos de comportamiento, la televisión, las películas, la pérdida de valores, el hecho de que los padres cada vez permanecen menos en la casa, etc. Todo ello acompañado de lo de casi siempre: falta de comunicación entre padres e hijos.

¿HORMONAS?

La explicación sicológica del asunto que nos brinda la licenciada Ledia Gutiérrez es que tras esa conducta juvenil de experimentar una y otra vez, existe una búsqueda de afecto que no se obtiene en la casa.

Los extremos caen en los abusos: cuando los padres son muy estrictos o cuando son demasiados indiferentes. “Hay cantidad de mujeres que se casan prematuramente, para huir de ese tipo de hogares y los demás dicen que les endulzaron el oído. ¡Claro! A cualquiera le gusta que lo escuchen, que lo toquen, que lo tomen en cuenta”, comenta la especialista.

A su juicio ese constante ir y venir en las relaciones, que pueden ser con novios o con simples conocidos, con los que se compartieron ratos de caricias, generalmente revela que algo no anda bien con la familia, es decir, “que los padres tienen problemas, que hay pleitos, que hay riñas, que no se quieren, que se desprecian”.

No obstante, cada vez con mayor frecuencia se encuentran casos de jóvenes que aseguran haberse iniciado en el juego de las caricias debido a una simple explosión de hormonas propia de la edad o bien, por curiosidad. Este último es el caso de una muchacha que asegura tener 17 años, aunque en realidad aparenta un poco menos.

Se reservó su nombre para evitar que su madre se enoje con ella, aunque sí compartió su experiencia con algunas amistades. Recientemente fue acariciada por primera vez y lo permitió de alguien que ni siquiera era su novio, “fue una aventura”, dice, tras aclarar enfática que “no pasó nada más”.

“(El muchacho) no me gustaba para nada, fue por curiosidad. Las caricias son buenas, porque permiten experimentar; yo experimenté, pero de allí no pasé. Yo me dejé porque sabía que de allí no iba a pasar”.

DAR TIEMPO Y SEGURIDAD

“Lo conocí ese día” dice. “Me dio pena, pero después se me fue quitando y me dejé. Mis novios no me han acariciado, porque no me dejo y ellos me respetan. Con un novio, uno primero tiene que conocerse, pero con él no, tal vez no lo iba a volver a ver, por eso accedí”, comentó visiblemente apenada, quizás por los jocosos comentarios de algunos de sus compañeros.

Con un año más que nuestra anterior entrevistada, María José Escobar expresa que antes que nada, una debe fijarse si el varón es de los que se jactan ante sus amigos. “Llevo tres años y medio con mi novio y a la vez no me ha tocado. Si algún día permito que me toque estaría completamente segura, porque lo conozco y sé que no es de los que comentan”, dice.

Esta joven, pese a no creer que las caricias necesariamente lleven a las relaciones sexuales asegura que las caricias no deben darse de la noche a la mañana, pero “se tienen que dar espontáneo. Yo no permitiría una caricia de novio a un mes o los dos meses, porque lo estoy conociendo, tal vez cuando lo conozca bien y sepa con qué tipo de hombre me estoy relacionando”.

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