Germán Cruz [email protected]
Por medio del Diario LA PRENSA quiero manifestar mi puntos de vista sobre un artículo publicado en la página de Opinión del 6 de noviembre titulado (“Divididos por la religión”).
Está muy bien articulado el asunto del fanatismo y el pase de influencia de la Iglesia Católica Romana en la política y la moralidad. Sin embargo es también meritorio notar que la fe en Jesucristo no es un reducto exclusivo de una u otra denominación eclesiástica. Por su naturaleza ecléctica y su permisividad por el sincretismo, la Iglesia Católica Romana perdió vigencia y dinámica que ha sido reemplazada por los evangélicos, los pentecostales, los carismáticos, y los protestantes “clásicos” derivados de las raíces de la Reforma (Presbiterianos, Metodistas y Anglicanos o Episcopales). Todos estos grupos tienen un objetivo común aunque lo buscan por diferentes caminos.
Sería bueno enfocar esta reducción de influencia en la medida de beneficio espiritual y social que la sociedad recibe por la re-dirección de sus miembros a una relación más trascendente. La Iglesia Católica Romana no puede continuar dependiendo de privilegios históricos o convenciones culturales para sostener una hegemonía que en perspectiva no ha sido beneficiosa para sus feligreses y las sociedades donde viven.
En lugar de apodar a otras expresiones de fe cristiana como sectas o herejes y por esto incitar al ataque verbal y físico de otras denominaciones, como sucede en Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia y aun en España y Portugal es contraproducente y habla más de incapacidad que de potencialidad.
Que todos se respeten bajo Cristo y trabajen por representar su evangelio con suficiencia y caridad es una alternativa que puede producir hasta nueva vida en la Iglesia Católica Romana y beneficiar a nuestras sociedades con el resultante tono espiritual más alto y verdadero.