Divididos por la religión

Xavier Argüello [email protected]

Durante una actividad política, ante una asamblea de pastores evangélicos, de uno de los candidatos que participó en la campaña electoral, el partido opuesto se dedicó a repartir octavillas a la salida del acto a fin de desacreditarlo ante su auditorio, acusándolo de ser el candidato del clero católico.

Los tiempos han cambiado. Hasta hace poco el apoyo de la Iglesia Católica era decisiva para el éxito político. Ahora es una ventaja relativa, si tomamos en cuenta que los grupos evangélicos son los que manejan más abiertamente la carta religiosa a la hora de decidir el voto y que en una generación ha pasado de ser una minoría marginada a ser el grupo religioso más beligerante del país y, quizás en poca tiempo, el mayoritario.

El desarrollo de las diferentes denominaciones religiosas evangélicas en nuestro país (y en toda América Latina) es un fenómeno inobjetable. La maquinaria proselitista evangélica es imparable, conectada a la hegemonía política y económica americana y poseedora de fórmulas internas de multiplicación basadas en el individualismo y la relación personal con Dios que le permiten una gran eficiencia en su crecimiento.

No hay duda que el desarrollo evangélico trae muchos valores positivos.

El pueblo quizás encuentre ahora la moderación de sus hábitos que tanto necesita y se promuevan valores universales indispensables para el desarrollo de cualquier sociedad, como los de la familia, el trabajo y la disciplina personal

El peligro radica en promover creencias religiosas en términos demasiado agresivos que resulten en nuevas formas de fanatismo e intolerancia.

La responsabilidad de los líderes nacionales de la Iglesia Evangélica es crecer con tolerancia, a fin de evitar que esta nueva bipolaridad religiosa que vivimos produzca un nuevo motivo de división en nuestra sociedad.

Las diferencias religiosas, que por tantos siglos ha provocado muchas penalidades en el mundo, serían una plaga más sobre nuestro país que vendría a cebarse en nuestro ya débil y moribundo cuerpo social.

Esta tarea no es fácil, pues entre los evangélicos no existe por definición más autoridad que el carisma personal de sus pastores y por su propia naturaleza las denominaciones son muchas, independientes entre sí y, como empresas rivales, compiten recíprocamente por aumentar sus rebaños. Los católicos cimarrones por falta de atención son tantos que pareciera que los templos evangélicos no se construyeran con suficiente rapidez para reintroducirlos en los misterios de las Sagradas Escrituras.

La posibilidad de convivencia es, sin embargo, posible. Alemania, por ejemplo, es un país dividido prácticamente en términos iguales entre católicos y protestantes. En Estados Unidos existe una gran tolerancia religiosa y aunque la Religión Católica pierde también terreno ante la mayoría protestante, debido a la crónica escasez de sacerdotes, su prestigio y estabilidad se mantienen incólumes.

Los católicos también debemos aceptar con resignación esta nueva realidad. Hay siempre algo retorcido en el apego desmedido a una religión.

¿De qué nos sirve una antigua y gloriosa tradición religiosa, si la Iglesia ha ido perdiendo paulatinamente capacidad de llegar a los humildes y a la gente más pobre y sacrificada?

Muchos de nosotros buscábamos en “el heroísmo noble, quijotesco e ideal del pueblo español, con su extraordinaria literatura y su lengua”, como escribe Jorge Eduardo Arellano, y en una vinculación trascendente con la Religión Católica, las raíces de nuestra identidad. Pero ¿cómo puede esperarse lealtad hacia una religión heredada de conquistadores europeos en las masas marginales y pobres que no se sienten parte de ninguna tradición occidental y lo único que necesitan es consuelo y solidaridad?

A todos nos resulta penoso ver esfumarse ante nuestros ojos la influencia política y el prestigio social de la Iglesia, bajo cuya sombra hemos crecido; así como la unidad religiosa del país, a la que nos habíamos acostumbrado.

Nadie puede ir contra los cambios inevitables que genera el paso del tiempo. Las generaciones futuras, que crezcan en una sociedad laica, cuando la Iglesia misma se haya acostumbrado poco a poco a vestiduras más humildes, verán el paso del catolicismo como parte de la evolución de la historia. A lo mejor todos vamos a terminar convertidos en Testigos de Jehová; ojalá que no sea, además, pagando el precio del fanatismo.

El autor es periodista  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí