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BARCELONA.— Escuché una frase esta semana que me hizo pensar en el dilema que vive hoy Nicaragua. “Las ideas siempre llegan más lejos que las pedradas”, dijo el alcalde de Barcelona, Joan Clos, lo que me parece un razonamiento muy importante para sumarlo a los principios que deberían guiar el futuro de la sociedad nicaragüense.
Las últimas horas, llenas de tensión y expectativas debido a las elecciones, podrían desencadenar en un salu-dable debate de ideas o en un lamentable conflicto de pedradas, depen-diendo de la madurez con que los líderes de los partidos y sus seguidores, sandi-nistas o liberales, asuman los resultados de los comicios.
Estas elecciones presidenciales, por ser las primeras del siglo XXI, deberían pasar a la historia por instaurar en Nicaragua un sistema político equilibrado, donde predominen las ideas y desaparezcan las pedradas, para poner fin a un largo período de violencia y sabotajes que han dañado más a la población que a los mismos grupos contrincantes.
La guerra terminó en 1990, al asumir la Presidencia doña Violeta Barrios de Chamorro, pero comenzó el acoso de las pedradas, organizado por el partido sandinista, que en distintos momentos paralizó el país y le provocó muchos malestares a la ciudadanía en general, además de los daños a la economía nacional.
Esa cultura de la imposición me-diante la pedrada, es la misma que suelen enarbolar las cooperativas de transportistas que, a pesar de brindarle un mal servicio a la población, han obstruido el servicio público y dañado las calles, cada vez que el gobierno se niega a incrementar el precio del pasaje urbano de Managua y a darle más concesiones a los dueños de los buses.
Pero también hay que considerar como pedradas contra la ciudadanía los actos de corrupción de funciona-rios del gobierno que, aprovechando sus cargos, desvían fondos a su favor, trafican con influencias o favorecen negocios personales, quitándole al país el poco dinero que tiene o impidiéndole percibir más al alejarle inversiones importantes.
Nicaragua, que ha entrado en una etapa económica más crítica, necesita ya pasar de la violencia al pensamiento, de la confrontación física a la discusión de ideas, porque tampoco el pensamiento único ni la indiferencia podrán sacar al país del atraso. ¿Qué es el país? Sus ciudadanos, por supuesto. Los que han sido víctimas de la violencia incubada por quienes han creído que su pensamiento es el único con valor. Necesitamos ideas nuevas y debatirlas, para llegar más largo.
Joan Clos, quien se refería al nuevo conflicto mundial, señalaba que “podemos plantearnos otra globa-lización, al lado de la globalización automática de los mercados mun-diales, y buscar la extensión paralela de la justicia y los Derechos Humanos, y la dignidad para todos”.