Un Mundial para la Historia

Tito Rondó[email protected] La batalla del Banco Central. Cuando pienso en ese episodio, así lo titulo en mi mente. Fue lo que hoy día se llama el congresillo técnico. Carlos García quería aprovechar la ocasión para darle una cálida bienvenida oficial a nuestros visitantes; se presentarían credenciales, se aprobaría el cuadro de juegos, y luego de […]

Tito Rondó[email protected]

La batalla del Banco Central.

Cuando pienso en ese episodio, así lo titulo en mi mente. Fue lo que hoy día se llama el congresillo técnico.

Carlos García quería aprovechar la ocasión para darle una cálida bienvenida oficial a nuestros visitantes; se presentarían credenciales, se aprobaría el cuadro de juegos, y luego de unas boquitas y un par de tragos se procedería a los discursos finales, plenos de hermandad y deportivismo.

El auditorio escogido para la función era uno de los más modernos de Nicaragua; ocupaba casi todo el tercer piso del moderno edificio del Banco Central.

Demás está decir que estaba dotado de todas las comodidades: una gran tarima, servicios higiénicos relucientes, asientos tipo cine pero amplios y mullidos, y espacio en los brazos para cuando uno se colocara los audífonos pudiera escoger el idioma de su preferencia para escuchar en vivo o en traducción simultánea.

Así pues, a la hora convenida, desfilaron las autoridades de la Federación Internacional de Béisbol Amateur, la legendaria FIBA de la cual había sido presidente el inolvidable Chale Pereira Ocampo, y todas las delegaciones.

¡Qué grupo más heterogéneo! Ahí estaban los salvadoreños, pero también los japoneses. Los cubanos, pero también los italianos. Los ticos, pero también los estadounidenses. Los mexicanos, los chinos, los alemanes, los hondureños, los brasileños… excepto que para sorpresa general ¡los brasileños eran japoneses también!

En ese tiempo el país sede invitaba a diez pasajes aéreos a cada país que quisiera competir; el resto lo pagaba el visitante. Así que todos los países se hicieron presentes con 20 peloteros cada uno, menos Alemania…

Los alemanes pasaron un año haciendo fiestas, kermeses y rifas y hasta vendiendo de puerta en puerta y al final habían logrado juntar dinero para únicamente seis pasajes. Así que viajaron 16 peloteros, incluidos manager y coaches (ya que a la vez jugaban), y nombraron como delegado a un compatriota residente en Nicaragua, cuyo nombre se me escapa (un señor bajito y rubio, Hans Bendixen se debe acordar).

Comenzó la función. Ahí estaban las supremas autoridades de la FIBA, el presidente Juan Isa, el panameño Fernando Tom, el venezolano Zambrano. Discurso de bienvenida. Empieza la acreditación.

Como vamos en orden alfabético, se empieza por Alemania. En esos tiempos que la pelota no era olímpica, los comités nacionales de los países no beisboleros no reconocían a su federación local, por lo que acostumbraban llevar en vez el aval de la federación continental.

Dos países tenían ese problema, Estados Unidos, cuyos peloteros estaban avalados por la COPABE, y Alemania, por la federación europea CEB.

Cuando terminan los alemanes y llaman a Brasil, se levanta Manolo González Guerra de Cuba y dice en voz estentórea: “¡impugno a Alemania! Los estatutos de la FIBA son claros… en el artículo tal acápite tal se estipula claramente que sin el aval de la federación los peloteros no pueden intervenir…” y así.

Se arma el barullo. La mitad de los observadores incrédulos, la otra mitad alegre de que el ceremonioso protocolo se había interrumpido.

El delegado alemán no sabía lo que pasaba. Alguien (¿Hans?) le explicó. No podía creer lo que pasaba. Después de tremendos sacrificios, y de viajar por medio mundo, no les permitirían participar. La lucha había sido en vano. Grandes lágrimas rodaron por sus mejillas.

Continuará.   

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