Ratos embarazosos

En esta historia encontrarás hoy las anécdotas de personas que como vos, más de alguna vez han pasado por situaciones embarazosas de las que solamente queda aceptarlas con el mejor humor posible, como un moco en sitio visible, gases que pujan por salir en lugares inadecuados, caídas torpes y uno que otro chicle rebelde que […]

En esta historia encontrarás hoy las anécdotas de personas que como vos, más de alguna vez han pasado por situaciones embarazosas de las que solamente queda aceptarlas con el mejor humor posible, como un moco en sitio visible, gases que pujan por salir en lugares inadecuados, caídas torpes y uno que otro chicle rebelde que se pega en nuestro zapato.

En uno que otro momento, uno de nosotros hemos dicho expresiones tales como: “quería que me tragara la tierra”, “me sentí el ser más chiquito del mundo”, “quería desaparecer”, “me puse de todos los colores”, “fue horrible”, o bien, “¡qué vergüenza!”, “¡Me dio una pena!…”. ¿Si o no que lo has dicho?

Y es que no hay persona en este mundo que no haya metido las de caminar, accidentalmente o gracias a más de algún chistoso por ahí. Sea el lugar que sea, estés con quienes estés y a veces hasta cuando estás sólo, puedes pasar un momento incómodo, indecoroso, algo fuera de lugar, vergonzoso y a veces doloroso.

“Estábamos en la piscina de Montelimar. Yo me bañaba de lo más tranquila y feliz del relax. Después de dar mi nadadita, mi novio, que estaba a mi lado, me quedó viendo la cara. Le pregunté qué me miraba, no me dijo nada, pero le pidió a los que nos acompañaban que me miraran. Muy inocentemente yo les volteé a ver. Todos se carcajearon. Pregunté como tres veces de qué se reían. Mi prima se dignó a contestarme y entre risas de lo más burlescas me dijo: “Andás un moco horrible en la nariz”. Esta es la experiencia más vergonzosa que ha vivido Natalia, que nos cuenta la anécdota entre risas, pero que en ese momento se sentía morir de la pena y cólera. Lo único que quería era salir corriendo e irse a un lugar donde nadie la pudiera ver. Le dolió, en el momento, que su novio hiciera de ella el hazmerreír de ese domingo.

Eso fue hace tres meses, sin embargo, recientemente en una reunión familiar, todavía le hacían la burla de lo que pasó. Los primos gozaban el instante como si la estaban viendo nuevamente y ella no tuvo más remedio que reírse de ese momento que se le vino a la mente como una experiencia más de la vida.

Al menos Natalia se dio por enterada de que andaba algo en el rostro que la hacía lucir mal, aunque para ello tuvo que preguntar tres veces de qué se reían. Otros no corren esa suerte y andan en las calles, en clase o en la oficina con alguna cosa parecida, ¿verdad?

GASES QUE LO PUSIERON EN EL ALTAR

Diego Santander, de 24 años de edad, le da gracias a Dios del “trágame tierra” que vivió dos años atrás. Cada vez que puede, narra su experiencia. Cuenta que fue un Miércoles de Ceniza y estaba en la iglesia de la colonia. Él no quería ir a misa porque andaba mal del estómago. Un almíbar le había caído de la patada, pero ni modo, el amor a su abuelita pudo más. A la hora de la eucaristía decidió dar un paseo por el parqueo. Según Diego, muy al disimulo observó muy bien los alrededores, y se cercioró que no hubiera alguien viéndole o que le pudiera escuchar. “Me fui detrás de un carro y ahí me tiré todos los gases que pude. No me aguantaba, pasé media hora socando para que no se me salieran”, recuerda con una risa de oreja a oreja. Pero lo embarazoso fue que cuando terminaba el “concierto” cuando de la parte del conductor de ese carro, donde había ocupado como escondite, salió una joven muy guapa, la que le dijo: “¡A la púchica, clase ráfaga!. Me asustaste. Andá al baño”. En ese momento deseaba hacerse avestruz para poder hacer un hoyo en la tierra y meter la cabeza, también se sintió de todos los colores. “La muchacha era guapa, blanca, ojos azules y hermosa. Me gustó”, explica. Esa son las poderosas razones por las que su ingenio pudo más que la pena y en lugar de hacerse el loco e irse a misa, improvisó una conversación con esa joven. A la semana eran novios y pasado 15 meses de ese Miércoles de Ceniza, Diego y Sofía contraían matrimonio en la misma iglesia en la que se conocieron esa noche. ¿Qué suerte verdad?

UN CICLE EN EL ZAPATO

¿A quién no se le ha pegado un chicle en el zapato?, creo que a más de alguno. Pero esta vez el chicle no sólo se pegó en el zapato, sino también en las medias de Juana Rosa Morales. Esa mañana Morales iba a una entrevista de trabajo. Muy elegante, zapatos recién lustrados, medias nuevas, minifalda, bien perfumada. En fin, iba de lo mejor. Pero algo se le coló en su zapato, un chicle.

Como estaba prácticamente a las puertas de la tienda donde iría a probar suerte, no quiso perder tiempo quitándoselo. Trató de esconderlo en la suela y rápidamente entró a la oficina del gerente, se sentó muy elegantemente, cruzó las piernas, y estaba muy concentrada en la entrevista.

Cuando llegó la hora de retirarse, vio que la alfombra estaba adornada por chicle. El gerente dio unos pasos para abrirle la puerta, lo que le dio oportunidad para ver la mancha. Cuando ella dio el primer paso, el chicle se estiraba más, luego se pegó en una pata de la silla y ahí se le pasó a las medias. “Fue la experiencia más penosa de mi vida. Me quería tirar del último piso del edificio. Sólo sentía que la mirada de ese señor me cobraba la alfombra”, agrega con una cara de aflicción, como si estuviera volviendo a vivir el momento.

CAER EN UNA PISCINA

Tatiana Argüello, de 20 años de edad, también tuvo una experiencia de ésas que te hacen sentir la persona más incómoda del mundo. Fue una vez que estaba en el club de natación las Barracudas. Argüello caminaba elegantemente, pero su vista estaba totalmente concentrada en un muchacho. De repente sintió un golpe. Su frente había impactado con un tubo, cayó y el dolor fue tan fuerte que por un instante sintió desmayarse. Recuerda que todos rieron, pero para ella fue horrible. “No es lo más grave que me ha pasado, pero eso es lo más que puedo contar”, concluye.

Otro que se vio en la penosa situación de caerse dentro de una piscina frente a un grupo de amigos, y peor aún desconocidos, fue Ivo Gutiérrez, estudiante de mercadeo y publicidad de la UAM. Este incidente le ocurrió en Masachapa. Era de noche y él ya iba para su cuarto. Pero decidió dar su último recorrido por la piscina.

“Iba caminando en el borde de la piscina todo creído, y una muchacha estaba acostada en el borde, ella levantó el pie, y yo no me pude equilibrar y caí al agua”, cuenta. Pero en ese momento no le invadió nada parecido a la pena. Su sofoque era salir de lo inmediato, pues su cartera y sus tenis le preocupaban más que las risas burlescas de sus amigos. Pero Gutiérrez andaba con sus traguitos adentro, y nadar le provocó un cansancio de lo inmediato. Salió de la piscina más rojo que un tomate y con el agotamiento que se le notaba a leguas, fue hasta ese momento que sintió que se le venía el mundo encima, pues todos los que estaban afuera se rieron hasta el cansancio. “En ese momento me sentí el hombre más estúpido del mundo”, nos cuenta frente a un grupo de clases que se ríen de esa “metida de pata”.

LO QUE PASÓ A UNA LECTORA

“De la manera más atenta me dirijo a ustedes para contarles mi situación, ya que me gustaría colaborar con el suplemento, siendo fiel lectora de éste.

Mi penosa situación ocurrió en mi casa un día de semana, en presencia de mi novio y actualmente esposo, el cual realizaba su visita.

Ese día, tenía mi período y sin darme cuenta se manchó el short blanco que llevaba puesto. Sentía que él me miraba de forma extraña, pero jamás se me pasó por la mente algo así. Cuando iba a comprar, ya casi salía de la casa, él me tomó de la mano y me dijo: “No es por nada, pero creo te bajó la regla, y no te diste cuenta”, en ese momento me quería hacer humo, fue de lo más bochornoso e incluso me puse a llorar de la pena.

Eso me quedó como experiencia para tener un poco más de cuidado respecto a ese período. Espero y sirva de ayuda mi experiencia, me despido de ustedes”.

FRENTE A UN ENAMORADO

Pero qué horrible es cuando te pasa frente a la persona que te llama la atención o que te gusta ¿cierto, no? Alejandra Selva, de 19 años, estudiante del segundo año de Mercadeo de la UAM, recuerda lo tímida que se sintió en la fiesta de su ex colegio, cuatro meses atrás en la disco Zima, cuando venía muy contenta con su grupo de amigas bajando las escaleras que están por el bar.

Ella no se percató que en los escalones había hielo. Tropezó y rodó tres gradas, sintiendo lo helado por todas sus pompis. “Andaba de falda, fue horrible, el muchacho que me gustaba estaba de frente. Quería que me tragara la tierra”, cuenta Selva con un poco de pena.

Recuerda que esa noche la pasó sentada en el parqueo desde las diez hasta la una de la madrugada, por la pena que sentía por el show que había hecho. Sus amigas no paraban de reírse y de hacer comentarios de la caída. Pero su mente estaba allá, adentro, en la pista, pensando en lo que su enamorado podría estar pensando, y si la había o no visto.

EN SALÓN DE CLASES EQUIVOCADO

Y qué feo cuando todos saben que la estás “regando” cuando sentís que todos te ven y no sabés por qué. Algo así experimentó María Teresa Rodríguez, de 19 años. En esta ocasión la paseada fue en la universidad, en un salón de clases. “Estaba muy desorientada, entré a la clase y a la media hora me di cuenta que ésa no era ni clase ni mi profesor”, narra Rodríguez muy sonriente. Todos los del salón la quedaban viendo como gallina comprada, pues sabían que ella no era del grupo, ya que esa clase era de tercero y ella apenas estaba en primero.

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