- En medio de una gran tensión, el Ejército ha asegurado el traslado del material electoral a cada municipio de Las Segovias. Y aunque los
militares confían en que no se
producirán escenarios violentos, el mecanismo está listo a activarse tan pronto suene el primer disparo.
Fabián Medina [email protected]
“¡¡Vamos, vamos, vamos…!!” El teniente coronel Javier Martínez, un hombrote chele de unas 250 libras apura a gritos a los soldados que corren por las calles con todo el equipaje militar sobre sus hombros. Son poco más de las seis de la mañana en Somoto. La ciudad no termina de despertarse todavía y tres camionetas esperan, motor encendido, que suban los soldados.
No sé qué leyes de la Física se habrán roto para que alcanzara tanto soldado, con fusiles, ametralladoras, y lanzacohetes en las tinas de las camionetas que ya estaban llenas por bultos tapados con plástico negro.
Poco antes, en esas camionetas se había cargado en un ambiente casi religioso el material electoral que utilizarán el cuatro de noviembre los municipios de San Lucas, Las Sabanas y San José de Cusmapa.
A las 6:30 de la mañana salen las camionetas con el material de Palacagüina, Telpaneca y San Juan del Río Coco. Esta vez, los militares siguen el material en un camión Zil y una camioneta. Una caravana de unos diez vehículos que sólo se detendrá en los centros de cómputos de cada municipio. Fiscales, funcionarios electorales y policías, acompañan las muy cuidadas boletas.
La custodia militar, aunque es de rigor, cobra mayor importancia ahora por la tensión que ha originado la posibilidad de que estas elecciones se decidan por un margen muy estrecho, según lo pronostican las encuestas.
“Para hablarte a calzón quitado, no se sabe qué putas va a pasar”, dice el teniente coronel Juan Alberto Molinares, jefe de la Primera Región Militar, quien, sin embargo, descarta que en esa región operen grupos armados que puedan enfrentar al Ejército. “Ni siquiera bandas de delincuentes hay”, dice.
¿Cuál va a ser la función del Ejercito, entonces?
“Apoyar a la Policía”.
¿Si hay disturbios, si se enfrentan grupos políticos?
“No es ese nuestro trabajo. La gente puede estar matándose con palos y piedras y nosotros tenemos que estar al margen. Si hay balas de por medio ya es otra cosa. Ahí entra el Ejército”.
La misión del Ejército, dice Molinares, es dar seguridad al proceso electoral. Y lo hacen de varias formas. La más obvia, custodiando el material electoral en su viaje de ida, almacenamiento y regreso. También patrullado y cuidando los centros electorales, y, menos visible, activando sus órganos de inteligencia para detectar planes de sabotaje. “Tenemos a inteligencia ojo, pestaña y ceja”, dice el militar.
DEBATE ELECTORAL
“Van a llorar los sandinistas cuando pierdan. Van a llorar”, sentencia Carlos Martínez, subdirector del Centro Electoral Departamental de Somoto, como para que lo oiga una fiscal sandinista que descansa sentada sobre una mesa mientras se bajaba el material en San Juan del Río Coco.
“Usted no debería hablar así, porque es funcionario electoral —le reclama la fiscal. “¡Que clase de funcionario!”
“Mi lengua es mía para decir lo que quiera”.
En esas estaban cuando se acerca una observadora de la OEA:
“¿Qué es lo que pasa aquí?”
Silencio. Ni uno de los dos habla.
“Ustedes deberían evitar discusiones como éstas, porque si ustedes se comportan así, ¿cómo esperan que se comporte el resto de la gente?”, sermonea a ambos, y luego dirigiéndose a la fiscal: “¿Usted me puede decir lo que pasaba aquí?”
“No, aquí sólo conversábamos con el compañero”, salva la situación la fiscal.
“Mire que usted puede poner una denuncia si quiere. Estoy la orden” —dice la funcionaria de la OEA mientras se retira molesta del espontáneo debate electoral que se formó entre personas inadecuadas y en el lugar inadecuado.