Don Medardo Alonso, el farero de El Cardón, regula las celdas del panel de energía solar que hace funcionar el faro.

Historias de don Medardo, el farero de El Cardón

Fue Tolomeo II Filadelfo quien ordenó construir un faro de 135 metros de altura en la isla de Pharos, cerca de Alejandría. Esta construcción fue considerada como una de las Siete Maravillas del Mundo, pero se derrumbó en 1302, aunque el nombre de “Faro” trascendió el tiempo y hoy sirve para designar este tipo de […]

  • Fue Tolomeo II Filadelfo quien ordenó construir un faro de 135 metros de altura en la isla de Pharos, cerca de Alejandría. Esta construcción fue considerada como una de las Siete Maravillas del Mundo, pero se derrumbó en 1302, aunque el nombre de “Faro” trascendió el tiempo y hoy sirve para designar este tipo de instalaciones portuarias

Mario Fulvio Espinosa [email protected]

“Yo le voy a decir una cosa, tengo un hijo al que le puse Medmar. ¿Por qué? Porque yo me llamo Medardo; las primeras tres letras de mi nombre son MED, a las que añadí MAR en honor a ese elemento, porque del mar han comido mis hijos, y además es un reconocimiento a ese océano que admiro, al que tanto respeto y tanto quiero”.

Vicente Medardo Alonso Velásquez habla con la sencilla vehemencia que caracteriza a la gente de nuestro pueblo. El mar es su adoración, pero él no es de los que andan pregonando sus afectos a los cuatro vientos, porque “es mejor hablar con el silencio”.

Nació Medardo en Chinandega, el 28 de diciembre de 1939. Tiene, pues, 61 años, de los cuales más de cuarenta ha pasado trabajando en el mar como buzo, estibador, marinero, pescador… y alrededor de treinta como responsable del Faro instalado en la Isla de El Cardón, la más bella, romántica e histórica facilidad portuaria de Nicaragua.

Desde el puerto el faro parece una diminuta mota de nieve, o una perla incrustada en el extremo occidental de la Isla, que es alargada y angosta como el dedo de un pianista. Contrasta la blanca castidad de lirio que tiene el faro con el verde esmeralda que exhibe la vegetación de la isla ante el manto celeste infinito del cielo.

EN UNA BARCAZA DE LA ENP

A bordo de una barcaza de la ENP navegamos hacia el faro. Con el ronronear del motor como fondo Medardo me cuenta su vida ligada intensamente a la vida del fanal. “Dicen que lo construyeron hace 116 años bajo el gobierno de don Adán Cárdenas, tiene 14 metros de altura y es la ayuda principal de la rada para los barcos que entran al puerto que ahora cuenta con otras 18 ayudas modernas, todas bajo mi supervisión”, dice con orgullo este hombre del mar.

Una familia de pelícanos que ha hecho su nido en una boya nos ve con indiferencia pasar en la barcaza, mientras la plática gira en torno al guardafaros clásico, desde aquel egipcio anciano que subía centenares de escalones para encender el fuego y mover los espejos que estaban en la cima del Faro de Alejandría, que tenía 135 metros de altura, hasta los héroes míticos del francés Julio Verne que defendieron el Faro del Fin del Mundo, allá en el Cabo de Hornos, contra una banda de crueles piratas contrabandistas.

“Todavía en el siglo pasado los faros necesitaban del cuido personal, pero en la actualidad sus sistemas son automatizados, de modo que mi presencia es necesaria cuando hay que supervisar los sistemas y darles mantenimiento. Este faro nuestro ahora funciona con colectores solares que son los que proporcionan una luz que es visible más allá de las 28 millas náuticas”, dice Medardo.

¿Pero hubo un momento en que necesitó estar ahí por semanas o días?, le pregunto.

Hace más de quince años, cuando se necesitaba una reparación o probar el funcionamiento, yo viajaba y permanecía ahí. Con los avances técnicos eso ya no es necesario. Pero recuerdo que hace muchos años ahí vivió un farero muy famoso que procreó una gran familia, le decían “El Pichón”, y fue un hombre muy querido en Corinto. Sus hijos actualmente trabajan en la Portuaria. También trabajó de farero don Antonio Romero, y el último fue don Timoteo Romero, que ahí enfermó y fue a morir a Chinandega.

AHÍ ESTABA LA CASONA

Por otra parte, hay que recordar que en la Isla estaba La Casona, que era una especie de residencia veraniega a la que acudía en temporadas las mejores familias de Chinandega y León. Era una casa de adobes que tenía cuatro amplios corredores y varios dormitorios, fuera de amplias y confortables salas, cocina, refrigeradora de gas, nítidos servicios higiénicos y tanque recolectores de agua.

Se cuenta que ahí estuvo nuestro poeta Rubén Darío invitado por distinguidas familias de Chinandega y León, como eran los Debayle, Sacasa, Molieri, Darbelles, Montealegre… y que ahí en un momento de inspiración escribió el poema “A Margarita”, que dedicó a Margarita Debayle.

También a esa casona llegaba el último de los Somoza con sus mujeres y allegados, por cierto tenía su balneario exclusivo que es aquella ensenada de costa arenosa que se divisa hacia el Este y que está rodeada de peñascos.

¿Por qué desapareció La Casona?

En 1980 la isla fue ocupada por el Ejército Popular Sandinista, y cuando las lanchas pirañas de la Contra incendiaron los tanques de petróleo de Corinto, ellos decidieron demoler el edificio para no llamar la atención del enemigo. Fue una decisión castrense lamentable.

De esa Casona, ¿qué otras cosas se dicen?

Decían que durante algún tiempo fue cuartel militar y cárcel. Incluso, dicen que durante las guerras intestinas entre liberales y conservadores sirvió como centro de torturas y de muerte. Unos afirman que existieron túneles y cárceles subterráneas, y que de repente por las noches se escuchaban llantos y lamentos en la isla. No faltaron quienes vieran fantasmas arrastrando enormes cadenas.

Yo no creo eso. Primero porque la Isla es de roca durísima y no se puede perforar si no es con dinamita. ¡Si viera lo que costó abrir con dinamita un pequeño pozo!

SOBRE FANTASMAS DEL MAR

Y sobre barcos derrelictos y apariciones marítimas, ¿qué se sabe?

Se cuenta que a mediados del siglo XVII venía un bergantín con destino a El Realejo. En su cargamento figuraban varias campanas que habían sido encargadas para un templo, no recuerdo cuál. Pues ocurrió que al entrar al puerto el bergantín naufragó y con todo y campanas se fue a pique. Desde entonces dicen que en cada aniversario de ese suceso las campanas suenan desde el fondo del mar, y los corinteños organizan una procesión en pangas que llega hasta el supuesto lugar del naufragio para lanzar coronas y guirnaldas de flores en el mar.

Yo no creo en esa leyenda. Si ahí hubieran campanas las dragas que viven escarbando el lecho del mar ya las hubieran sacado, y yo que he participado como buzo en todos los dragados ya las hubiera visto.

También en tantos años jamás he visto barcos que desaparecen, ni escuchado lamentos de tripulaciones ni canciones o ruidos que salen de las naves derrelictas.

¿Hasta cuándo trabajará como farero?

Hay una cosa muy cierta, la edad del retiro ya me llegó. Lo he pensado bien, porque si bien mi pasión es el mar, el médico me prohibió bucear y eso es lo que más me gusta. De manera que me tocará, junto con mi esposa Maritza Brenes, seguir criando nietos y de vez en cuando, quizás todas las tardes o todas las mañanas, venir con ellos a contemplar y a platicar con el mar que tanto quiero.  

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