Víctor Hugo Murillo S.
Le ocurrió al ex ministro costarricense Juan José Echeverría Brealey, recientemente, en La Habana. La historia, sólo que en otra ocasión y en Managua, la relató también el periodista nicaragüense Carlos Fernando Chamorro.
En ambos casos, el guión es el mismo: llegaron a tomar un vuelo del Grupo Taca —reconfirmado, previsión que con esta empresa es más que una necesidad—, y en el mostrador del aeropuerto simplemente les dijeron que había sido cancelado.
En ambos casos, de nada valieron los reclamos. Salados, Taca manda.
Las quejas de quienes tienen que viajar en alguna de las aerolíneas de esa corporación abundan y en todas ellas hay un común denominador: el desprecio para con los viajeros, cuyos derechos —a juzgar por las denuncias— son sólo papel mojado.
Ese desinterés lo viví en carne propia, hace tres meses, cuando tuve que ir a Tegucigalpa. Mi experiencia, eso sí, es nada a la par de la que vivieron aquellos señores, pero pudo haberme ocasionado un disgusto mayúsculo.
Al abordar otra nave en San Salvador, me encontré con la sorpresita de que el asiento que me habían asignado también estaba adjudicado a otro viajero (quien ya estaba sentado). Expuse mi situación a los sobrecargos, quienes prometieron consultar para arreglar el asunto. Pasó el tiempo… y nada.
Para mi buena suerte, el avión no se llenó y pude seguir rumbo a Honduras. Pero, en ningún momento, el personal de cabina mostró mayor interés en mi problema, cuyo origen y responsabilidad era de Taca. Por supuesto, terminó el corto vuelo y no hubo ninguna explicación ni, mucho menos, una excusa.
Desgraciadamente, los pasajeros están ante Taca como el burro amarrado frente al tigre suelto. Y ninguna autoridad en Centroamérica es capaz de poner coto a estos abusos.
¡Qué bello es el cuasimonopolio, verdad doña Claudia Arenas!
Jefe de Información. La Nación. Costa Rica