María José Zamora
A través de este medio quisiera felicitar al Sr. Jaime Montealegre por su artículo publicado en LA PRENSA el 16 de octubre, titulado: “No repitamos el pasado”. En el que él presenta con mucha sabiduría y claridad la radiografía de nuestra realidad actual, en materia de opciones electorales.
Respecto a la pregunta que él dirige a un psiquiatra, y que textualmente dice: ¿puede alguien dejar de ser él, y casi convertirse en otra persona?; mi opinión es que si la persona realmente así lo quiere, sí es posible. Sin embargo, cuando esta pregunta se refiere al caso Daniel Ortega, la respuesta de toda persona sensata debería ser un rotundo ¡no!
Cuando una persona quiere cambiar de verdad, primero tiene que hacerse una autocrítica y reconocer sus errores, en segundo lugar soportar con humildad los justos reclamos que estos errores provoquen, y finalmente enmendarlos demostrando con hechos que la persona, efectivamente, ya no es la misma de antes.
Pero Daniel Ortega no ha pasado este proceso; sigue siendo el mismo de siempre. Como en los años ochenta, manipulando la información, ofendiendo a la empresa privada, ofreciendo el país a los vecinos, echándole las turbas a sus opositores, y mintiendo sistemáticamente a través de discursos, mantas y sus ridículos “compromisos” y “cartas” publicadas en los diarios.
Daniel Ortega, aun estratégicamente, no puede cambiar, no puede salir de la casa piñateada en la que vive, no puede enfrentar el juicio de su hijastra, no puede elogiar a la empresa privada, no puede dejar de ser amigo de los enemigos de Estados Unidos, no puede ni siquiera enfrentarse a un debate con el Ing. Enrique Bolaños; simple y sencillamente ¡no puede!, porque hacer cualquiera de estas cosas sería un signo de debilidad ante sus simpatizantes, dejaría de ser él, “El gallo ennavajado”, y perdería su “envidiable” liderazgo.