Brenda Riley
BRIDGEPORT, CALIFORNIA, EE.UU.- En montañas escarpadas que semejan Afganistán, los infantes de marina se entrenan descendiendo de acantilados de 120 metros de alto, cruzando gargantas montañosas, caminando kilómetros a elevada altura y alimentándose con insectos, reptiles y plantas silvestres.
Nadie asegura que los graduados del Centro de Entrenamiento para la Guerra en la Montaña, de la infantería de marina, a 34 kilómetros al norte de Bridgeport, serán enviados a la guerra en las antípodas. Pero afirman que si los convocan, están listos. “Si me llaman para ir allí por cualquier motivo, iré sin ningún problema”, afirmó el sargento Alan Quartararo, de 26 años, cuando se prepara para deslizarse por una soga de 30 metros que pendía a unos 20 metros sobre un río.
“Es bueno saber que tengo el entrenamiento necesario, en el caso de que tuviera que ir”, agregó el cabo Elías González, de 23, cuando junto con otros compañeros —en ropa de fajina, con fusiles M-16, mochilas de 20 kilogramos y las caras pintarrajeadas como camuflaje— aguardaban su turno para usar la soga. “No tengo la menor duda de que llegado el caso, podremos hacerlo”.
Unos 10,000 efectivos por año se someten al entrenamiento regular de cuatro semanas en la única base de instrucción militar a elevada altura en Estados Unidos. Los infantes de marina escalan acantilados, improvisan puentes con cuerdas, marchan a elevada altura o aprenden a pelear en esquíes durante los meses de invierno.
Varios centenares se someten a un entrenamiento aún más severo en el que aprenden a dirigir tropas en cualquier terreno y clima, alimentarse con lo que puedan aprovechar de la naturaleza y eludir a los soldados enemigos.