- A diario desafían el misterio del mar que a veces les ocasiona luto
Lucía Vargas C.CORRESPONSAL/[email protected]
Hablar con los pescadores de la zona costera de Carazo, es enrumbarse a historias pasadas llenas de fantasía, colorido y embrujo, pero también esas historias recrean realidades y retos que cada día viven muchas familias, tras enfrentar la bravura de las aguas o bien el misterio mismo que tiene el mar, única fuente de vida y economía familiar que en muchas ocasiones ha dejado luto en los hogares de los pescadores.
Luto que aún con el tiempo oscurece las mentes de estos hombres espaldas morenas que a diario dejan a la deriva sus vidas para lograr hacer el día y llevar el sostén al hogar, cuya fuente de trabajo está en las entrañas del océano, y que para muchos es un reto inseparable e inevitable porque lo llevan en las venas como herencia de generaciones.
RECUERDA QUE VIO LA MUERTE
Don Pedro Baltodano, pescador tradicional de Casares, cuenta que su vida entera la ha dejado en esas aguas, junto a sus seis hermanos, dado que su padre también fue pescador en sus tiempos mozos. Don Pedro dice que un día “miró la muerte” cuando su lanchita se fue a pique, luego que un ventarrón provocara una marejada que terminó volteándola con toda la tripulación.
Asegura que se salvaron porque sabían nadar, y así cruzaron unos 10 kilómetros de mar hasta que por fin los levantó una lancha que andaba en búsqueda de ellos porque ya los daban por muertos. Recordó que en otra ocasión, a bordo de un cayuco de madera, también corrió la misma suerte, pero el saber nadar de nuevo lo salvó de la muerte.
Ahora la tradición es transmitida a su hijo de 18 años, quien decidió dejar las aulas para dedicarse a ese mundo lleno de riesgos, según dijo, en vista que él dedicó más de 30 años a la pesca, de los 42 años que ahora dice tener; pero logró conocer palmo a palmo esas aguas y hasta las piedras, a las que identifica por sus nombres: “el pescadero de las quince, el matapalos, las ballenas y la gringa”, entre otras, son parte de su vida.
La muerte suele ser la eventual compañera para aquellos que se dedican a este oficio, dice don Pedro, tras recordar la última tragedia en aguas de Casares en febrero de 2000, cuando tres pescadores —Carlos Baltodano (su sobrino de 14 años), Gregorio Areas, de 55 años, y Héctor Mojica—, perecieron ahogados.
Así también mencionó otra que cobró la vida de 7 hombres en las aguas de La Boquita hace unos años, y de éstos sólo uno quedó para contar el cuento, únicas tragedias que comentan, y dan gracias a Dios porque no se ha vuelto a repetir esa historia.
De los ahogados en el dos mil sólo a Héctor encontraron amarrado a la lancha, por lo que suponen que fue dejado ahí por los otros dos antes de ser arrastrados por las corrientes, ya que a ellos nunca los encontraron, pese a la intensa búsqueda que emprendieron sus colegas y familiares.
Esta tragedia aún estremece el corazón de don Pedro, quien mostró como recuerdo de ese fatal día la lancha que era propiedad del adolescente Carlos Baltodano y que ahora permanece en la costa de Casares, como único testigo de aquel día que enlutó a la familia de pescadores de esta zona.
Cristina Muñoz, madre del jovencito, nunca más volvió al mar, pese a que habita a pocas cuadras, dijo don Pedro, porque el recuerdo no la deja tranquila. “Este trabajo es duro”, señaló, tras explicar que laboran casi de forma primitiva y se introducen a las aguas a las 5 de la mañana para salir a las diez, y luego volver al mar para salir a las cinco de la tarde.
Mientras conversa no despega los ojos del horizonte, los que esperan con ansias que aparezca la lancha donde viene su hijo, quien entró al mar antes del mediodía y aún a las cinco de la tarde no había salido, situación que pone en vilo a todos los pescadores de vieja data que han delegado en sus vástagos el oficio.